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¿Cómo conocí al Beato Álvaro del Portillo?

El próximo sábado 27 de septiembre será beatificado, en Madrid (España), el Venerable Álvaro del Portillo (1914-2014). En 1935 se incorporó al Opus Dei, fundado por San Josemaría Escrivá de Balaguer el 2 de octubre de 1928, Institución en la que –por una especial luz del Señor– comprendió que todos los laicos y sacerdotes; mujeres y hombres; casados y solteros están llamados a la santidad a través de su trabajo ordinario y a la vida contemplativa en la entraña misma del mundo, para recristianizarlo.


La Obra del Opus Dei


El 25 de junio de 1944, Don Álvaro fue ordenado sacerdote y, desde 1946, fijó su residencia en Roma, como colaborador inseparable de San Josemaría. Tuvo una activa participación en el Concilio Vaticano II, a raíz del cual publicó sus libros: “Fieles y Laicos en la Iglesia” y “Escritos sobre el Sacerdocio”.

Al fallecer, Mons. Escrivá de Balaguer, el 26 de junio de 1975, fue elegido como su primer sucesor el 15 de septiembre de ese mismo año. Los rasgos de su personalidad que más grabados tengo son su humildad y fidelidad al Fundador. Solía decir, por ejemplo: “Yo soy sólo como ‘la batuta’ en manos del director, que sigue siendo Mons. Escrivá, y ‘donde manda capitán, no gobierna marinero’”.

Era un hombre de una intensa vida de piedad, que trataba con constancia al Espíritu Santo y celebraba la Santa Misa con un gran amor a la Eucaristía. En cierta ocasión comentó: “Si somos almas de Eucaristía, el Opus Dei está hecho”. Dicho en otras palabras, si vivimos pendientes, a toda hora, de la Sagrada Hostia, dejaremos que Jesucristo gobierne esta Obra de Dios”.

Traté personalmente a este próximo beato, cuando visitó la Ciudad de México, en mayo de 1983. Vino a dar gracias a la Santísima Virgen de Guadalupe  -entre otras intenciones- porque el entonces Papa Juan Pablo II había erigido en Prelatura personal a esta Institución de la Iglesia, unos meses antes: el 28 de noviembre de 1982.

En ese entonces, vivía en un Centro del Opus Dei ubicado en la colonia Polanco. Una mañana sonó el teléfono en mi oficina y me dijo el Vicario del Opus Dei en México que Don Álvaro tendría un encuentro con un numeroso grupo de personas y que, a continuación, tendría otra reunión, y, por lo tanto, necesitaba tener un rato de descanso en mi casa, y que si podría ofrecerle algunos jugos frescos o diversos refrigerios para que se recuperara, tanto para él como para los sacerdotes que le acompañaban.

Respondí que por supuesto. Aunque, en el camino de mi oficina a mi casa, pensaba: -Yo nunca he tratado al Prelado del Opus Dei. ¿Cómo debo de saludarlo y comportarme? Por fortuna, al llegar ya estaba el sacerdote del Centro, Don Pedro Casciaro, quien me serenó, diciéndome: “Ya verás que es una persona sumamente sencilla en el trato y se dirigirá a ti como si te conociera de toda la vida. No te preocupes”. Y así fue. En cuanto llegó, quiso pasar de inmediato al Oratorio donde se encontraba Jesús Sacramentado y estuvo un largo rato rezando.

Cuando salió, me saludó con mucho afecto, me preguntó mi nombre y de inmediato se preocupó por un lunar rojo que tengo en mi oreja izquierda. -¿Te ocurrió un accidente, hijo mío? –No, Padre –le respondí- es un lunar hereditario que todos los varones en mi familia tenemos. ¿Y te duele? -volvió a preguntarme. ¡En absoluto! -le respondí. ¡Ah, entonces es parte característica de tu personalidad! -añadió con gracia. ¿Y a qué te dedicas? -me preguntó interesado. “Soy director de la Oficina de Prensa de la Obra en México. -¡Qué afortunado eres! -me dijo sonriente. Porque desde ese trabajo puedes hacer mucho bien, difundiendo con claridad la naturaleza y los fines del Opus Dei, la doctrina de la Iglesia y del Papa y haciendo buenas amistades con los periodistas. Te animo a que te intereses auténticamente por ellos y por sus familias; tanto en los tiempos de bonanza como de enfermedad o de particular dolor moral; bríndales la información que necesiten cuando estén escribiendo sobre temas en los que  se requiere más criterio e información especializada; interésate auténticamente por ellos; haz amistades verdaderas y profundas y, entonces, podrás acercarlos a Dios. No te quedes en la mera gestión externa y superficial, procura dejar siempre un ‘plus’ que les remueva y que capten que realmente eres amigo de ellos, ¿me entiendes?

-Sí, Padre. Está muy claro. Mil gracias.

Y le añadí: -Por cierto, mañana voy a ver a un funcionario público de cierta relevancia porque me pidió que le explique el Opus Dei, ¿qué le digo?

-Explícale lo que es una Prelatura personal. Dile que somos una porción del Pueblo de Dios muy unidos al Papa y a los Obispos de cada diócesis donde trabajamos -me comentó. Y voy a rezar en la Santa Misa de mañana temprano para que esa gestión te salga muy bien. ¿De acuerdo?

-Muchas gracias, Padre.

En efecto, me llevó más de un par de horas explicarle a esta figura pública los fines y las labores apostólicas, sociales y asistenciales del Opus Dei. Y, en resumen, el encuentro resultó grato y cordial. Al regresar a mi oficina, que era la misma casa donde se alojaba Don Álvaro del Portillo, iba saliendo del Oratorio, y de inmediato, me preguntó por el resultado de esa gestión. Le dije que había salido mucho mejor de lo que esperaba y que nos seguiríamos frecuentando. Y Mons. Del Portillo mostró su agrado y me sugirió también llevarle algún libro de San Josemaría, en el momento oportuno.

El último día de su estancia en la capital de México, quiso pasar a despedirse de María Santísima de Guadalupe. Eran las ocho de la noche, hora en que La Villa ya está vacía y a punto de cerrar sus puertas. Como había potentes reflectores junto al Altar, pensó que sólo estábamos un puñado de hijas e hijos suyos. Y dijo unas palabras llenas de cariño a “La Morenita del Tepeyac” que me conmovieron bastante y en las que reflejaba su gran amor por Ella. Junto a mí estaba un obrero de unos cuarenta años. Al terminar, Don Álvaro se puso de pie, nos dio su bendición y fue entonces que se percató que había en el Santuario mucha más gente de la que originalmente pensaba.

El obrero que estaba junto a mí, me comentó: -Me doy cuenta que era una reunión familiar de ustedes con este Padrecito. ¡Qué cosas tan bellas y cariñosas le dijo! ¡Me emocioné muchísimo! –Yo también, le comenté. Vino desde Roma a darle gracias a  Nuestra Señora de Guadalupe por varias intenciones. –Oiga, permítame darle un abrazo porque me ha dejado que esté con ustedes, ¡No sabe cuánto se lo agradezco! Y si puede, dígale a ese Padrecito que ¡muchas gracias porque me ha enseñado a querer a mi Madre del Cielo con un gran cariño y que llegando a mi casa se lo voy a comentar a mi esposa y a mis hijos! Y así, nos despedimos cordialmente.

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