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Las dos caras de la maravillosa revolución cibernética

Cuántas veces no terminamos de asimilar los avances tecnológicos que nos presenta un nuevo celular, un reciente programa de computación, un “i-pod” de una determinada marca, cuando en un par de meses otra marca nos ofrece algo mucho más innovador, creativo y a un precio más asequible para el público, gracias a esa saludable competencia del mercado.


 

La tecnología debe estar al servicio del hombre


Descubrimos las innumerables ventajas de vivir en este mundo tan bien comunicado y globalizado. Un par de adolescentes me preguntaban con candidez: “¿Pero cómo le hacían ustedes, años atrás, cuando no existían los celulares? ¿No sentían desesperación por no poder estar enlazados permanentemente a las redes sociales?”

Hay algo de lo que en forma sistemática se quejan los padres de familia en nuestros días y piden mucha orientación: “¿Cómo puedo educar a mis hijos, si les interesa más el celular que conversar con sus hermanos y con nosotros, sus padres, en las comidas de familia?” Si hay reuniones periódicas con los abuelos, tíos y primos mayores, no “resisten” mucho tiempo “el tormento de estar conversando” porque dicen que se aburren soberanamente y, en cuanto pueden, echar una mirada a su celular (discretamente y por debajo de la mesa) para chatear o intercambiar videos.

Pero este fenómeno social no es exclusivo de niños o adolescentes (de ambos sexos), sino que rápidamente ha escalado diferentes edades y actividades sociales. Me he encontrado con profesionistas de 40 ó 55 años que les sucede exactamente lo mismo. Les parece mucho más interesante cualquier cosa que ocurra en su celular, por intrascendente que sea, que otro diálogo que se sostenga en una reunión de trabajo o en la convivencia familiar, por interesante y novedosa que resulte la temática que se esté abordando.

¿Estamos ante una “ciberadicción”? Sin duda. Algunos psiquiatras han escrito ya ensayos, libros, y atienden a pacientes con esta co-dependencia. Dicho en otras palabras, es una adicción como cualquier otra: compulsiva, obsesiva y se convierte en una verdadera necesidad de la que no pueden vivir sin su aparato de comunicación.

Me hizo gracia la reacción de unos novios, cuando estaban charlando en una conocida librería y cafetería. Se fue la energía eléctrica por un largo rato. El chico se quejaba de haber extraviado su celular por la mañana y su novia, de haberse olvidado de cargarle la pila. ¡Se encontraban incomunicados y ante una “tragedia”! Y salieron presurosos del lugar para decidir qué iban a hacer. Observé sus semblantes y se encontraban realmente desconcertados, angustiados y muy preocupados.

Me comentaba otro joven universitario que sufría de tremendos insomnios. Cuando le pregunté la razón, me dijo: “Estoy en continua comunicación con mis amigos de Madrid. Y de  noche dejo, sobre mi mesita junto a la cama, mi celular encendido. También me llaman otros amigos de Londres y una chica de Milán”. –“¿Pero de qué hablan? Supongo que no será de negocios porque apenas estás en el primer semestre de tu Facultad”. –“No -me contestó- simplemente lo dejo encendido, por si ocurriera algo importante”. –“¿Y no crees que deberías de apagar tu celular para dormir bien y estar lúcido en clase?”-le volví a cuestionar. –“Sí, -me respondió- me lo he planteado muchas veces, pero no me atrevo a hacerlo…”.

Estamos ante una problemática compleja y de difícil solución inmediata. Unos profesores  recomiendan a sus alumnos “la abstinencia cibernética” por dos o tres días; otros, les animan a escalar montes para admirar la naturaleza: la belleza de los pinos, las cumbres nevadas o escuchar los sonidos del aparente silencio: el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo, el silbido del viento… También se les invita a exposiciones de pintura, escultura; a conciertos de música clásica para que entren en contacto con la belleza. De la misma forma, hay psiquiatras que acompañan a sus pacientes a estar en silencio, un largo rato, conociendo a su propio yo, su intimidad, y al final, les pide que pongan por escrito, a modo de ejemplo, cuál es su principal virtud y su defecto predominante.

Hay humanistas que conversan, durante un fin de semana en el campo, con un grupo pequeño de alumnos sobre la grandeza de la persona humana, la importancia del diálogo, de saber escuchar e interesarse auténticamente por los demás, de la dignidad que cada ser humano tiene y posee por naturaleza…

Alguien podría preguntar: ¿se trata de volver a lo básico? En efecto, se trata de animarles a que comprendan que la convivencia humana es más enriquecedora que la mera información tecnológica; que comprender profundamente a la mujer o al hombre es más importante que dejarse llevar por lo pasajero y efímero; que el silencio interior ayuda enormemente al autoanálisis, a plantearse adecuada y acertadamente las problemáticas individuales, laborales, familiares o sociales y pensar en posibles soluciones. Es decir, que comprendan que el razonar, captar la belleza que nos rodea y convivir son actos propios de la naturaleza humana. Y, además, auxiliarles a que salgan de “su esfera de confort” para enterarse de las tremendas necesidades materiales y espirituales del prójimo y que se planteen en qué pueden ayudarles.

 

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