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¿Qué tanto cuesta ser amables?

Estoy pasando unos días de vacaciones con mi familia en el Valle de Amilpas, al sur de Cuautla.


Siempre alegres


Conocí esta región de Morelos hace cuatro décadas. Es una zona con poca agua y, por lo tanto, en la agricultura se aprovecha el tiempo de lluvias, y es sólo una vez al año; tiene ganadería y algunos pequeños comercios. Recuerdo que había mucha pobreza y falta de formación humana y profesional. En esa época los pobladores vivían y vestían modestamente. Aunque siempre los morelenses se han caracterizado por su temperamento decidido, valiente y su gran fortaleza, capaces de soportar sequías, altas temperaturas y la crudeza de las noches frías invernales.

Ahora que he visitado Cuautla, me ha dado mucho gusto ver con detenimiento que la ciudad ha crecido en forma notable y tiene mucho más vida comercial. Visité uno de los modernos centros de tiendas elegantemente montadas que tiene, construido al norte de la ciudad, que afortunadamente ha dado empleo a cientos de habitantes.

Entré a una enorme tienda y lo que más me llamó la atención fue la amabilidad de sus empleados. Nos sonreían al entrar, y nos decían a un amigo y a mí: “-¡Bienvenidos!” Le pregunté a uno de ellos, que daba la impresión de ser uno de los coordinadores, dónde podía localizar una maleta pequeña. De inmediato llamó a otro empleado y me dijo: “-Con gusto le atenderá mi compañero”. Nos condujo diligentemente hasta ese sitio y la encargada del departamento nos dijo con afabilidad: “-¿En qué les puedo servir?” Una vez elegida la maleta, mi amigo traía el encargo de comprar unas medicinas para un enfermo y le preguntó a la señorita por la farmacia, y nos respondió:”-Con gusto los acompaño hasta ese lugar”. Luego le dijimos gratamente sorprendidos: “¡No se hubiera molestado! ¡Qué amable!” Y nos contestó: “¡No es ninguna molestia, estamos para servirles!”

Y son esos mismos habitantes, en su mayoría apiñonados o morenos, de cabello castaño oscuro, con su acento típico de esa región sureña de la que muchos jóvenes salieron a la capital o a Puebla a estudiar carreras universitarias y ahora muchos de ellos son destacados profesionistas, o si son empleados, están haciendo su mejor esfuerzo por trabajar bien, van dignamente vestidos y son educados en su forma de actuar y de expresarse. Me dio una alegría enorme palpar ese progreso tan importante.

También en la Ciudad de México, particularmente de unos años a la fecha, he observado que en las tiendas departamentales, de artículos de computación, farmacias, restaurantes… quizá sea por la competencia comercial, pero el hecho es que se nota el empeño de miles de personas en ser amables, serviciales, cordiales y procuran que el cliente quede satisfecho y con ganas de volver. Recientemente, en una de esas grandes tiendas, un gerente me preguntó cortésmente: “-¿Podría usted proporcionarnos alguna observación para que podamos mejorar en nuestro servicio?” “-Más bien los felicito –le respondí– por la esmerada atención que brindan a los clientes. Muchas gracias”.

Y después me quedé pensando: ¿Qué tanto nos cuesta a cada uno de nosotros ser amables? Me refiero a esos breves encuentros que tenemos habitualmente con el peluquero, con el que nos carga de gasolina al coche, con el policía de la seguridad del edificio donde vivimos, con el que nos atiende en la farmacia o la señorita cajera del supermercado, con el joven que nos cuida el coche…

¿Qué tanto cuesta saludar de manera amable y sonreír a todas esas personas con las que normalmente coincidimos? Por ejemplo, con un alegre “buenos días”; “¿cómo ha estado?”; “lo veo muy resfriado, atiéndase bien“; “¿cómo se encuentra su familia?”… Es decir, se trata, además de ser corteses y cordiales, de interesarnos auténticamente por los demás.

Alguien podría preguntar: -¿Y por qué yo tengo que interesarme y ser amable con los demás? Porque las personas con las que convivimos no son “robots ni máquinas”, como ésas que nos cobran el estacionamiento del coche en que introducimos el boleto, metemos un billete y recibimos las monedas con el cambio exacto. Y no hay propiamente ninguna relación humana en ese dar y recibir.

Dicho en otras palabras, hemos de evitar el anonimato, los modales bruscos, agresivos, o el trato indiferente, porque todas las personas tienen una gran dignidad humana, no importa si su trabajo es modesto, ni el color de su piel, ni su forma de hablar, de vestir, o si pertenecen a otro estrato socioeconómico.

Porque todos tienen los mismos sentimientos y necesidades que nosotros y agradecen infinitamente que los tratemos con amabilidad y solidariamente ante sus problemas. Unas palabras de ánimo o un buen consejo, les puede cambiar el modo de enfocar un problema que tenían, por ejemplo, sobre cómo formar a un hijo adolescente rebelde.

Dice el proverbio: “Es de bien nacidos, ser agradecidos”. Si tuvimos la suerte de tener buena formación en nuestros hogares y centros de estudios, hemos de transmitir esa riqueza, con naturalidad, a los demás. Así es como se construye un tejido social fuerte, grato y cordial en la sociedad en que vivimos.

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