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“¡Tiene la caballerosidad de un mexicano!”

Estudié un Posgrado en Comunicación en la Universidad de Navarra (España). Fue un periodo de intensa convivencia con otros periodistas provenientes de diversos países de América Latina y en un original entorno: en Pamplona, al norte de España, cerca de los Montes Pirineos y de la frontera con Francia.


Urbanismo


El pueblo navarro tiene un carácter franco, fuerte y abierto. Y eso me dio oportunidad de entablar numerosas amistades y conocer más a fondo su vida y sus costumbres. Y, a su vez, ellos me preguntaban con interés sobre distintos aspectos sobre México.

A menudo, conversábamos en las cafeterías sobre diversos tópicos: algunas veces relacionados sobre comunicación, literatura, música, periodismo, economía, facetas sociológicas de las diversas regiones de la Península Ibérica o de otros países. Esas tertulias tenían cierta altura temática debido a que teníamos la suerte de que, a menudo, nos acompañaban nuestros maestros de la Facultad.

En cierta ocasión, mientras esperaba en una céntrica y populosa cafetería a algunos de mis compañeros de Posgrado, se me quedó muy grabada en mi memoria la conversación de un grupo de profesionistas que se encontraban junto a mi mesa. Cambiaban impresiones acerca de un afamado cirujano sobre su profesionalismo y su prestigio como médico, su amable personalidad, y su categoría humana como padre y como esposo. Uno de ellos, a voz en cuello, concluyó:

-En resumen, tiene la caballerosidad de un mexicano.

Y el resto de los contertulios, comentó:

-¡Con eso, está dicho todo!

Me impresionaron aquellos comentarios laudatorios sobre México y mis paisanos. Esto viene a colación, porque el pasado fin de año realicé algunas compras para conseguir algunos regalos navideños en varias plazas comerciales.

En cierta ocasión, al subirme a un elevador, como es mi costumbre, observé que se acercaba un matrimonio de personas mayores. Les cedí el paso, y a continuación les pregunté a qué piso se dirigían, y apreté el botón de ese piso en el elevador. El matrimonio me dio las gracias y la señora –un poco más comunicativa– me dijo:

-¡Cómo se nota que usted es de otra generación! Porque estos detalles de amabilidad ya casi nadie los vive. Más bien, si los que entran al elevador son adolescentes o jóvenes, mi marido y yo somos materialmente arrollados, empujados, e incluso no han faltado ocasiones en que nos quedamos fuera, sin poder lograr subirnos al elevador. ¡Es una pena que, poco a poco, se vayan perdiendo esas normas de urbanidad! –comentaba la señora, con un dejo de tristeza.

Entonces, le respondí:

-A mí me parece que es cuestión de educación. Cuando a mí me ocurre lo mismo, me pregunto: ¿Pero es que sus padres no se ocuparon de ellos para que aprendieran las normas de urbanidad? Bueno, si ellos no tuvieron tiempo o no les dieron la debida formación, yo haré lo que esté de mi parte por explicarles la importancia de los buenos modales. Pienso que hay que formar a las nuevas generaciones, pero con paciencia, de buen modo y amablemente; hay que insistir –con una sonrisa– una y otra vez hasta que calen a fondo sobre su importancia. Pero considero que no hay porqué desanimarse, ni verlo como “una batalla perdida”. Es cuestión de brindarles una formación que tal vez nunca han tenido; por ello, ¡no hay que quitar el dedo del renglón! –concluí, con optimismo.

Entonces, la señora me contestó:

-Me ha dado usted una buena sugerencia. Sucede que toda mi vida he sido maestra de secundaria. Les he “informado” sobre Literatura, Historia, Inglés, Matemáticas, Física, Química... Pero nunca se me había ocurrido abrir espacios –en mis horas de clase– para abordar estos temas y “formarlos” en estas normas de cortesía y urbanidad.

-Es verdad -añadí-; si todos ponemos “nuestro granito de arena”, por ejemplo, cediendo el asiento en un transporte público a otra persona enferma, embarazada o mayor; respetando los lugares de estacionamiento para las personas con discapacidad; o bien, el espacio de los transeúntes y bicicletas en las calles, dando el tiempo necesario para que las personas mayores puedan cruzar, a su paso, la amplia avenida... Entonces, entre todos los habitantes, convertimos a la ciudad, y a toda convivencia, en una ocasión de mantener un trato cada vez más humano y cordial.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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