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Trabajo y dedicación: La fuerza que sostiene a una patria

En fecha reciente, me cambié a vivir al sur de la ciudad, cerca de una estación del Metro. Me sorprende, por una parte, el empuje y espíritu emprendedor de muchas jóvenes profesionales y de varones que, igualmente, tienen estudios universitarios y se dedican con esmero a desempeñar bien su trabajo. En su mayoría proceden de clase media y tienen el enorme deseo de mejorar, de triunfar en su quehacer profesional.


El papel de los jóvenes


Observo que no tienen automóvil para trasladarse y acuden a medios de transporte colectivo. Se levantan a las 4 ó 5 de la madrugada; unos para ir a la universidad, a tomar las materias de su carrera, y posteriormente se dirigen a sus lugares de trabajo. Otros, que no tienen estudios de licenciatura, se desempeñan con la misma seriedad por llegar puntualmente a su trabajo y hacer las cosas bien, lo mejor posible.

Así se están laborando con empeño a lo largo del día y, ya tarde, salen de sus respectivos trabajos. Otros, todavía regresan a la universidad a tomar algunas clases. Llegan a sus hogares al filo de las diez, once o más de la noche, y todavía, los universitarios tienen que dedicar tiempo al estudio y a sacar sus tareas escolares. Las madres y los padres que trabajan continúan laborando para dedicarles lo mejor de su tiempo a sus hijos y ayudarles en las tareas escolares, además de cumplir con sus tareas propias del hogar.

Me gusta conversar con ellos porque considero que nos dan una lección de vida admirable, pero vividas con naturalidad, sin llamar la atención.

Estos jóvenes tienen el anhelo de lograr una estabilidad profesional que les permita adquirir una casa propia, un pequeño coche y, más adelante, estar en condiciones de ofrecerles estudios de licenciatura a sus hijos.

Sueñan noblemente en tener los medios económicos suficientes para comprarles una casa o un departamento a sus padres para que puedan vivir con dignidad su ancianidad y así retribuirles -de algún modo- lo mucho que han hecho por ellos.

Me comentaba una comunicadora que su padre es taxista y, con muchos esfuerzos, le pagó sus estudios universitarios. Lo mismo me comentaba, hace poco, un destacado abogado que acaba de estrenar elegantes oficinas en un prestigiado despacho. “Mi padre -me comenta- tuvo que desempeñar dos trabajos para pagar mis estudios en la universidad. Con frecuencia, cruzaba la ciudad de un extremo a otro e hizo miles de sacrificios por sacar adelante a mi familia. Verdaderamente 'se partió el alma' por costearnos las carreras a mi hermano y a mí. Así que él fue el invitado de honor para cortar el listón en estas nuevas oficinas. Mi 'viejo' -lo dice con cariño- se lo merece todo”.

El Rector de una reconocida universidad que atiende a este sector poblacional, me comenta que se siente edificado porque, con el sistema de “becas-préstamo” con que funciona su Instituto de Enseñanza Superior, los alumnos van pagando sus carreras. O mejor dicho, son sus padres (ambos trabajan) los que -con toda puntualidad- acuden a pagar los estudios de sus hijos.

-”Profesor, aquí tiene el pago del trimestre pasado de mi hijo y, de una buena vez, le pago el que está por concluir”-le dicen. Y me añadía este directivo: “Llevo más de 20 años al frente de la universidad y te podría decir que prácticamente la mayoría pagan el crédito que se les dio a sus hijos para estudiar. Y los que se  retrasan, después me buscan, me piden una disculpa, y me entregan el monto total de la cantidad invertida en sus hijos; pero todos acaban pagando porque funcionamos con base en la confianza, en la palabra empeñada. ¡Ésa es la riqueza de nuestro pueblo mexicano; y conste que mi universidad es privada, aquí no se les regala nada y todo lo valoran y lo agradecen!”

Y continuaba con su relato:

-”A la vuelta de los años, vienen algunos de esos padres acompañados de sus hijos, profesionales egresados de mi universidad, para que conozca a sus nietos y a comentarme con sencillez los logros obtenidos por sus hijos en el desempeño de su quehacer profesional. Me dan nuevamente las gracias; y yo invariablemente les respondo que a su debido tiempo espero que también me envíen a sus pequeños a estudiar, porque con el ejemplo que ellos mismos les han dado, ya hay mucho terreno ganado.

“Y que, además, los agradecidos somos todos los profesores del plantel, porque nos muestran que cuando hay empeño y dedicación por sacar unas metas de vida adelante, en medio de múltiples dificultades que nunca faltan, actúan como buenos ciudadanos y como admirables padres e hijos con gran sentido de responsabilidad y, sin duda, ésa es la fuerza que sostiene a nuestra Patria”.

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