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Las ventajas de cultivar el hábito de las buenas lecturas

Durante la Semana Santa, en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México, se llevó a cabo una singular “Feria del Libro”. Se trataba de libros que se ofrecieron al público en remate, debido a que resulta económicamente más provechoso para las casas editoriales el venderlos a precios de regalo, en vez de pagar el alto costo de las bodegas.


Leer es lo mejor


Me dio un gusto enorme observar que se dieron cita miles de jóvenes interesados en adquirir libros. Casi en el primer puesto de venta, me encontré con un universitario que, jadeante pero entusiasmado, llevaba cinco gruesos tomos de una colección. Era tal su cara de satisfacción, que no me resistí, y le pregunté:

-¿Qué colección de libros llevas contigo?

-¡Las obras completas del “Diccionario de Términos Jurídicos” y a 10 pesos cada tomo!-me respondió con una amplia sonrisa, que concluyó en una risa, como de quien todavía no se lo creía.

-¡Muchas felicidades; qué suerte has tenido! -le comenté.

No había terminado la frase, cuando varios compañeros suyos se le acercaron con gran interés y le cuestionaron dónde había más de esos ejemplares.

-Los saqué de allí –dijo, mirando una gran pila de libros. Y sus colegas de Leyes se lanzaron presurosos a conseguirlos también.

Más adelante, me encontré, también, a precios de regalo obras clásicas de autores de la Literatura Universal: de Cervantes, de Shakespeare, de Tolstoi, de Calderón de la Barca, del inglés G. K. Chesterton, de Dickens, de Chéjov…

Pregunté por un ejemplar de “Los Hermanos Karamazov” de Fiodor Dostoievsky al encargado de ventas en ese stand:

-¡Acaban de comprar el último ejemplar que me quedaba y ya no tengo más! -me comentó con cara de “lo siento”.

Pero pude comprar cuentos selectos de Tolstoi, de Chéjov, de Óscar Wilde; algunas novelas del literato francés Antoine de Saint-Exupéry; conocidos ensayos de Gilbert K. Chesterton y la obra de teatro “La Cantante Calva”, de Eugéne Ionesco.

Frente a mí estaba una universitaria que ojeaba con interés el clásico “Crimen y Castigo” del escritor ruso Dostoievsky, y noté que titubeaba sobre si comprarlo o no:

-No lo dudes -le dije. Es una obra magnífica que te hará meditar acerca del Bien y del Mal. Vale la pena que lo adquieras.

-Mil gracias, necesitaba de alguien que me asesorara sobre si era una buena compra -me sonrió, pagó y enseguida se marchó.

Junto se encontraban dos universitarias materialmente escarbando dentro de una montaña de libros y, de pronto, una de ellas gritó con sorpresa a su amiga:

-¡Mira lo que me encontré: “Orgullo y Prejuicio” de Jane Austen!

-¡Sepárame dos! Porque mi prima va a querer también otro ejemplar! -le respondió con agilidad, mientras que otros estudiantes se acercaban interesados, y metían sus manos para ver si corrían con la misma suerte.

Tuve que abandonar esa “Feria del Libro”, no por falta de ganas de continuar mirando, sino porque se me antojaba comprar muchas más obras clásicas.

De regreso en mi coche, reflexionaba sobre la importancia de que se brinde esa oportunidad, particularmente a los estudiantes, para que puedan adquirir las obras inmortales de la Literatura, de la Historia, de libros de Arte (Pintura, Escultura, Arquitectura, Dibujos, etc.), de biografías de grandes personajes, de investigaciones sociológicas y antropológicas…

Porque la televisión, las películas, los videos y lo que podemos ver por Internet o a través de las redes sociales, pueden resultar interesantes, pero las facultades intelectuales que ponemos en juego son sumamente limitadas. Basta con mirar, poner cierta concentración y no se requiere de mayor esfuerzo…

En cambio, el fomentar el hábito de la lectura, desde temprana edad, ayuda a desarrollar muchas facultades intelectuales: la capacidad de razonar, de meditar, de sintetizar, de resumir conceptos y hacer esquemas, de comparar ideas y sacar conclusiones, de elaborar los propios juicios y formarse un criterio; la capacidad de imaginar, de desarrollar la inventiva y el que sus mentes se abran a otros mundos fascinantes… todo eso y más, no tiene comparación y es infinitamente valioso, porque el razonar es el alimento del intelecto humano.

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