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El tiempo es un tesoro que hay que saber aprovecharlo bien

Este fin de año pasé unos días con mis familiares en mi natal Sonora. La noticia que a todos nos impresionó es que había fallecido Jorge, hermano de mi amigo Armando. Me llevaba por tres años de edad. Recuerdo a Jorge con una gran vitalidad y alegría. Le gustaba cantar música ranchera y participó en varios concursos. Tenía don de gentes; con todos los amigos y compañeros del colegio era cordial, amable, simpático y divertido. Era célebre su talento para contar chistes porque los actuaba muy bien y podría pasarse largos ratos relatando uno tras otro, por su buena memoria.


Feliz año 2015


Destacó profesionalmente como Ingeniero civil. Se casó con una joven de la localidad y tuvieron varios hijos. Tenía facilidad para las relaciones públicas, buena salud, era bastante deportista y todo le presagiaba una larga vida. Pero Dios le tenía preparada una vida relativamente corta. Le surgió una enfermedad y al poco tiempo murió.

-¿Pero, cómo es posible que haya fallecido, si estaba lleno de vigor, fortaleza y empuje para los negocios y era jovial padre y cariñoso esposo?, se preguntaban sus amigos. Como dice el proverbio: “El hombre posee su tiempo y Dios su eternidad”.

En la cafetería de la funeraria, me comentaba su hermano Armando: -“Todavía no asimilo la muerte de Jorge. Me parece increíble. ¿Te acuerdas que cuando estábamos en la Primaria decíamos con frecuencia: 'Cuando sea grande haré tal o cual cosa?’, y ahora más bien solemos decir: '¿Te acuerdas de aquel profesor de la Secundaria tan estricto con la ortografía que nos reprobó a todos en un examen mensual?' ‘¿Y recuerdas esta otra cosa...?’ Tengo la impresión de haber vivido un sueño, como una película en cámara rápida”.

En realidad, la vida de las personas sobre la tierra no son sino un puñado de días que pasan vertiginosamente, como agua entre los dedos. “Y al volver la vista atrás, / se ve la senda que nunca más se ha de volver a pisar”, decía el inolvidable poeta de Castilla, Antonio Machado.

El amor a Cristo y a los demás -escribía San Pablo- nos debe de urgir, porque el tiempo es muy breve.

Tenemos que aprender la sabiduría de saber aprovechar bien nuestro tiempo. Cuántas veces no nos encontramos, en el rodar de nuestra existencia, con personas que pierden miserablemente el tiempo y que no producen los frutos profesionales esperados, por desidia, pereza, desorden y tantas otras excusas.

Me parece una buena ocasión, ahora que comienza un nuevo año, que hagamos examen -yo me incluyo, también- y fijar propósitos concretos: ¿Cómo vivo los detalles de amabilidad y cariño con la esposa y los hijos? ¿Cómo trato a mis colegas y subalternos? ¿Me dejo llevar por el egoísmo y la soberbia? ¿Cómo puedo mejorar en el orden diario y semanal en mis actividades profesionales? ¿Hago obras de caridad para con el prójimo? ¿Cómo es mi relación con Dios?, ¿fría y distante?, o por el contrario, ¿me esfuerzo por buscarlo en cada jornada? ¿Soy comprensivo, paciente y tolerante con los defectos de los demás?

Me parece que con estas preguntas, a modo de algunos ejemplos, nos pueden ayudar a precisar esos propósitos para que aprovechemos muy bien ese valioso tesoro del tiempo. Al final del camino, nos encontraremos con Nuestro Padre Dios; pero, como me decía aquel amigo, “tenemos que llegar ante su Presencia con los morrales bien cargados de buenas obras”.

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