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Despertar del egoísmo

Rendirle “culto”, o basar su vida en cosas tan efímeras como el dinero, la ropa, el sexo, hacían que sin darse cuenta sus ojos estuviesen cada vez más cubiertos por velos, que no le permitían ver lo más importante; sin darse cuenta, era cada vez más lejana su relación con su alma, Felipe era un hombre que sólo vivía para complacerse a él mismo.


Reflexión


Todo le aburría, todo lo tenía, nada lo llenaba. Cansado de la misma rutina y con un vacío que sólo él entendía, decidió hacer algo que nunca había hecho, con gente que jamás había visto, en un lugar que pocas veces había escuchado. Felipe decidió dejar toda su comodidad e irse a las famosas misiones de las que tanto le hablaban todos sus amigos. No tenía nada que perder, ya que todo lo que consideraba como “necesario”  se había desvanecido junto a su esperanza.

En día muy caluroso, Felipe se encontraba caminando por una montaña con mucha sed; él y su equipo de misioneros iban en busca de una casa en la que vivía una señora que hace mucho tiempo los habitantes del pueblo no veían. Pasaron dos horas y los misioneros muertos de sed estaban a punto de darse por vencidos. Cuando se estaban devolviendo, alguien grito:

-¡Miren, es ésa!

Como si hubiesen encontrado un tesoro, todos salieron a correr hacía la casa. Felipe sólo pensaba en el error que había cometido por aceptar haber ido y en los días que restaban para volver a su vida normal.

Cuando tocaron la puerta de la casa, una mujer salió empapada con una mirada muy desolada. Sin pensarlo dos veces, se lanzó encima de Felipe y rompió en llanto. Nadie entendía lo que sucedía, mucho menos Felipe. Siguiendo su instinto la abrazó fuertemente y el también comenzó a llorar.

Resulta que la mujer estaba empapada en gasolina, a punto de prenderse a sí misma junto a su casa. Ella sentía que para nadie era valiosa su vida, era una más, una menos del montón. Pero justo antes de prender el fuego, ellos, los misioneros, tocaron a la puerta.

La señora lo miraba con ojos de agradecimiento.

-¡Usted me salvó, me salvó la vida!, dijo ella.

El darse cuenta que gente de la ciudad se había tomado el tiempo para ir al pueblo y además buscar su casa, la hacía sentir valiosa, querida, importante.

Algo despertó en el corazón de Felipe, era como si otra vez volviera a palpitar. Sintió que su vida era útil para algo y experimentó algo que  nunca había sentido: felicidad.

Él había ido a servir y terminó siendo servido. ¿Cómo era posible que en todos los años que había gastado su dinero y tiempo jamás había sentido algo así? Desde ese momento su vida nunca fue la misma; entendía que si salía de su egoísmo y veía hacia los demás, su vida cobraba sentido.

En las personas que aparentemente no tenían nada, Felipe fue recobrando a través de sus sonrisas, abrazos, historias, su todo.

Cuando se conoce la alegría de servir, se va convirtiendo poco a poco en un “vicio” que se necesita para vivir; la vida cobra sentido al darse cuenta que no es en vano la existencia en este planeta; la vida cobra sentido cuando se recibe todo de alguien que nada tiene. Se sabe que el “vicio” ha comenzado porque ya no se puede parar, quieres que todo tu alrededor sienta este despertar.

En la sonrisa de un niño, en el agradecimiento de un abuelo, hasta en el abrazo de un amigo, se van reconstruyendo los pedazos de los corazones que ya no le encuentran sentido a la vida.

Aspirar a algo más trascendente ayuda a que la mirada este en algo más grande que tú mismo.

¿Que es difícil? Lo es. Pero que vale la pena, ¡la vale esta vida y la otra!

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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