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Te amaré más allá de la vida, porque el alma nunca muere

Todo había sido gracias a ella, todo se lo debía a ella, todo se resumía en ella.

Por muchos años había buscado respuestas a diversas preguntas en lugares equivocados. Buscó en su presente, planeaba como encontrarlas a futuro, pero jamás se imaginó que las respuestas de la mayoría de sus preguntas se hallaban en su pasado, en un lugar donde hace muchos años todo había empezado, en un pueblo en medio de la nada, pero lleno de todo: Bienvenidos a Margarita, Bolívar, Colombia.


Colombia


Margarita es un pueblo ubicado en el Departamento de Bolívar, justo a la orilla del Río Magdalena. Desde su fundación en 1882, a Margarita se le conoce como “la tierra de las naranjas y las mujeres bonitas”. Con sólo 6,978 habitantes, Margarita es escenario de diversas historias protagonizadas por las familias que desde siempre han habitado el pueblo. Estar allí es como si todo el tiempo y espacio se desvanecieran y de repente se entrara a un capítulo de los libros escritos por Gabriel García Márquez, donde la tecnología y las selfies son aún inimaginables.

Esa es la primera sensación que los sentidos captan al entrar al pueblo; verdaderamente está perdido en el tiempo. ¿Será porque está a una hora de uno los pueblos más mágicos de Colombia, llamado Mompox? ¿O por ser un pueblo que ha sido fiel a sus costumbres de su fundación? ¿O tal vez porque tiene la bendición de ser bañado todas las mañanas por la brisa del Río Magdalena? Tal vez la respuesta a todas las preguntas es un sí.

Sin embargo, el toque final y más importante de este lugar son las personas que lo habitan. Aún el saludo y la sonrisa a las personas desconocidas hacen parte del presente, la invitación a pasar a la casa de un extraño por un refresco a cualquier hora del día sin duda te alegra el día.

El motivo de este viaje de18 horas por tierra fue encontrar la tumba de su tátara abuela y la casa donde la mayoría de sus antepasados habían nacido. Honrar a sus antepasados, recorrer sus pasos y entender que cualquier lágrima que había sido derramada, cualquier risa, cualquier error y acierto que había sido cometido en ese lugar, tenían que ser agradecidos, porque, sin duda, gracias a cada uno de esos momentos, buenos o malos, ella estaba en el lugar donde se encontraba hoy en día.

Pocos entendían un viaje así; sólo un alma parecida, pero que habitaba un cuerpo diferente, de nombre Catalina, pudo entender tan a profundidad los deseos de Alejandra de encontrar sus orígenes, que sin pensarlo dos veces dio el sí de acompañarla.

El 6 de octubre de este año, a eso de las 11:45 del día, sucedió: Tres generaciones se encontraban en un mismo espacio y tiempo abrazándose, no en cuerpo, sino en alma, y agradeciéndole a Dios por la existencia de la otra. Todo se resumió en la tumba de Ana Josefa Pedrozo López.

Ver su tumba, era hacer tangible todas las historias que algún día le contó su abuela. Ver su tumba, era decirle de la manera más cercana que la amaba y le agradecía haber criado tres generaciones de mujeres con valores y con ganas de salir adelante; ver su tumba, era entender que verdaderamente después de la tempestad llega la calma y que algún día todo iba a estar bien.

Ir a ese lugar, fue darse cuenta que sólo la fuerza del amor es capaz de romper las cadenas que se llevan en la familia; que el conocer las historias de nuestros antepasados hace que no se repitan en nuestro presente; que el amor trasciende la muerte y sana dolores insanables.

Imaginarte fue bueno, pero venirte fue mejor.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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