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Amar nos enriquece el corazón

 

Una de esas veces extraordinarias de la vida en las que mucho aprendí, fue cuando al año, apenas entrando al Seminario, me mandaron a un lugar muy especial, era una casa llamada “Juan Pablo II”, que estaba muy cerca de Fátima, en Portugal, donde estuve un periodo considerable trabajando en un verano. La casa era muy especial, tenía dentro de ella más o menos unas 20 casas pequeñas adicionales, en las que vivían unas 10-15 personas, todas ellas muy especiales, atendidas cada una de estas casas por unas cuatro señoras. A los que íbamos, que éramos unas 15, se nos asignó estar ahí, a veces uno en cada casa, o dos, según se necesitara.

Habían casas de compañeros que tenían hasta un poeta por ahí, alguien que escribía; y en mi casa, de los 12 que vivían en ella, sólo dos caminaban, y además de caminar, intentaban expresarse de alguna manera. Uno de ellos era muy fuerte. Cada vez que me veía, se lanzaba corriendo y me abrazaba; era tan fuerte su abrazo, que alguien tenía que ayudarme para separarme, porque era muy difícil de hacerlo. Era un hombre extraordinario.

Los otros 10 siempre estaban en su cama. Algunos interactuaban un poco, y había cuatro que, definitivamente, no se podía tener mucha interacción con ellos; eran hombres muy especiales, que por alguna razón la Providencia les dio una vida, así que para muchos sería una cosa muy difícil. Pero en este centro “Juan Pablo II”, fundado por un sacerdote hace mucho tiempo, se acogía a todas estas personas, que eran difíciles para su propia casa, pero que daban una alegría muy grande para los que ahí podíamos trabajar. No era fácil este primer encuentro con ellos.

Muchos años atrás, un hermano mío me había llevado a otro centro muy cercano, aquí en la Ciudad de México, a trabajar, recuerdo que había sido un impacto muy grande. Pero gracias a ello, cuando volví a este lugar estuve feliz porque es gente que se ama de una manera diferente, gente diferente para un amor diferente; y cuando uno no está dispuesto a cambiar sus estándares de amor, de entrega, por eso no es capaz de amar o de comprender estas situaciones. Cuando eres capaz de cambiar ese sencillo chip, encuentras que es gente amante, que es gente que, a veces… ¡Cómo recuerdo cómo en aquella casa volteaba y no podía hacer nada mas que sonreír; pero su sonrisa era de un amor tierno, de un amor muy profundo. Todavía me viene a la mente recordarlo y con mucha alegría saber de él. Todos los años les mando una carta y me llena de alegría saber que seguimos en esta relación, la distancia no me permite hacer más. Pero a gente diferente hay que amarla diferente; y no es que no se pueda, simplemente es que uno tiene que desear quererlo y entregarse a ellos. Cuando se reconoce aquello, las cosas cambian.

Pero nos decía el Papa Francisco que cuando no reconocemos en la realidad el valor de un pobre, de un embrión o de una persona con discapacidad, tampoco podremos encontrar el valor de la misma naturaleza que nos grita. Ahí es donde también debemos ser capaces de ver esos ángulos tan diferentes. Es cierto que para las familias que tienen una persona con discapacidad, su presencia genera un desafío muy grande; desbarata a veces el equilibrio, los deseos, las expectativas de su vida. Nos decía el Papa, aprender a amar diferente. Las personas con discapacidad incrementan nuestro corazón. Yo he amado y he comprendido a tantas personas que han crecido su corazón porque han sido capaces de preocuparse por ellos.

Es un hecho, y no podemos terminar nunca de comprender por qué este tipo de circunstancias se dan, no las desearíamos, evidentemente; pero el hecho es que están ahí, y hay gente que ha sido capaz de enriquecer su corazón sabiéndolas amar, y ellas siempre están dispuestas a amarnos, no hay duda. Nuestra presencia, nuestra alegría, es para ellas una dicha, un amor para los demás. Su modo de ser, en el fondo factiblemente, no lo comprenderemos nunca, porque incluso hay incapacidad de un dialogo más profundo, pero sí se ve en su rostro, en su paz, en sus intentos por comunicar esa gratitud y ese amor, que hay tranquilidad en muchísimos de ellos; y en los que no, pues será una razón para fortalecer más. Pero en el fondo, definitivamente ante una persona diferente, un amor diferente es el que nos permite edificar mucho la riqueza de que ese amor diferente es el vehículo que nos permite edificar mucho, con la riqueza de que ese amor diferente hará que tu corazón crezca, se expanda y se dé a querer a los demás, de una perspectiva mas rica, profunda y entregada a las almas.

Soy el Padre Álvaro Lozano, en este pequeño “Rincón del loco”. Sigamos teniendo el valor de amar diferente, de querer a los diferentes y de dejar con eso que nuestro corazón sea más pleno y más rico. Dios los bendiga.

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