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En las cosas duras de la vida, el saber dar amor lo supera todo

 

¿Quién de nosotros cuando era un niño no se cayó cientos de veces en la bicicleta? ¿Quién de nosotros cuando era un niño no jugaba futbol y terminaba con las rodillas pelonas y lo pantalones evidentemente rotos ¿Quién de nosotros no se descalabró alguna vez en la infancia o se rompió algún hueso? Eso nos pasó a todos. Pero, ¿quién de nosotros cuando eso nos pasaba no le gritaba inmediatamente a la madre, al padre, el hermano, para atenderlo y curarlo, incluso llevarlo al hospital cuando hacia falta y hacer que esas heridas sanaran?

Al niño, evidentemente, como a ti y como a mí, se les rompen todas la cosas, pero también se nos rompe el alma y las heridas, esas que tenemos en la infancia, necesitan como las heridas de la carne, ser atendidas, y cuando lo hacen inmediatamente, no pasa nada, se curan y se acabó. ¿Tuviste un mal ejemplo? ¡No pasa nada! Te atienden, te cuidan y se acabó. El problema está cuando esa herida se quedó y se quedó… y empeoró.

Y sucedió como una querida hermana, médico ella, que se dedica a atender heridas crónicas, tanto en un hospital de investigación como en una clínica, y van muchísimas personas que están a apunto de que les amputen la pierna por problemas de diabetes o de hipertensión; es muy difícil que cicatricen, y por la falta de atención muchas personas la pierden. Ella, con el grupo de médicos que trabaja, que son especialistas, se dedican a salvar piernas: gente que estaba a punto de perder su motricidad, al acercarse a este lugar y empezar un periodo largo de curación y de tratamiento, antes de lo que se imaginan están caminando como cualquier otro, porque han encontrado la medicina adecuada para que aquello que iba a costar la vida, terminara tan sólo siendo una experiencia, y se recuperan para salir adelante.

Lo mismo pasa con el alma. No podemos pensar que con la cartera llena de billetes uno va a ser feliz. Eso puede ser algo necesario, porque algo tendremos que comer. Pero lo que tiene que estar lleno es el corazón; y cuando ese corazón está dolido, el corazón no termina de latir lo necesario y hay algo raro. ¿No te ha pasado a ti en ocasiones que de repente dices: por qué esto no me emociona?, ¿por qué esto no me llena? O encuentras a gente en tu camino que dices: ¿y por qué esa cara tan triste? Incluso, esa sensación de amargura. Pues hay que entrar a esas almas o animarles a ellas mismas a entrar, porque ¡no pasa nada con que las cosas vayan difíciles! No sucede nada si algún día ves algo que no tenías que ver. El problema es que no lo cuides y que no lo trates. Y de ahí la importancia de saber afrontar esto desde la infancia. Estas heridas de la infancia nos hacen limitados. A veces ya nos han costado una pierna y nos hacen ir cojeando por el mundo, y necesitamos ayuda.

Por eso es que nos decía el Papa, con tranquilidad, a los sacerdotes que nuestra tarea pastoral más importante con respecto a las familias es fortalecer ese amor y ayudar a sanar esas heridas, de manera que podamos prevenir el avance de este drama de nuestra época.

Es comprensible que en las familias haya muchas crisis cuando uno de sus miembros no ha madurado su manera de relacionarse, porque no ha sanado heridas en alguna etapa de su vida.

Pues así, tú y yo en esta vida cotidiana no tenemos que asustarnos por los problemas; más bien, hay que asustarnos por no afrontarlos. No podemos tapar los ojos, hay que abrirlos para asumir las realidades y con ellas con una gran alegría sacarlas adelante.

¿Qué pasaba cuando te caías y te rompías todo, y llegaba tu madre y te veía llorar y te abrazaba y te decía esa frase: “sana, sana colita de rana”? Te estaba sanando el corazón; quizá el cuerpo te seguía doliendo, pero bastaban esas palabras de la madre para que todo cambiara.

Así pasa cuando suceden cosas duras en nuestro entorno. Hay que saber dar amor, y eso lo supera todo; y de ahí que, como decía Jesús, tenemos que cuidar de modo muy especial a los niños, porque ¡ay de aquel que los escandalice!, ¡ay de aquel que los rechace!, porque en ellos está la figura más grande del reino, y qué ilusión tan grande poder ayudar a que los niños crezcan rodeados de amor, de cariño, de ternura, que les ayude a romperse todo lo necesario porque hay que hacerlo, pero tener siempre cerca a alguien que ayude a superarlo.

Aprovechemos en cada acontecimiento de la vida, aunque sea doloroso, sembrar esas hermosas palabras y gestos del amor que ayuda aque los peores momentos siempre salgan adelante.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

 


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