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Tú puedes convertir la lujuria en castidad que sabe mirar a los ojos

 

 

Hace tan sólo unos días, en una excursión extraordinaria que hicimos a unas comunidades en Puebla, para ayudarles a reconstruir después del paso del huracán “Earl” que destrozó a muchas de ellas, veníamos de regreso y un joven me dice: “¿Verdad, padre, que el egoísmo es uno de los pecados capitales?” Yo le respondí: “No, propiamente no”. Otro chico le dijo: “¿Ya ves cómo te equivocaste?, el egoísmo no es tan malo”.

Pero hablando con ellos les hacia ver que detrás de todos los pecados capitales está el egoísmo; porque el egoísmo, aunque no esté en la lista, siempre es ese telón de fondo, porque es lo que hace la diferencia entre vivir la caridad, la virtud suprema de todo cristiano, o dedicarse al egoísmo, el vicio que también puede ser más grande.

Cuando nos consideramos cercanos a los pecados capitales, creo que el egoísmo no es algo que se debe de apartar, sino es algo que debe de iluminar. Porque, ¿qué pasa con la gula? Si un egoísmo en aquellos dones que tenemos delante, y más en un mundo donde sabemos que hay tanta gente que no tiene que comer, y preferimos quedarnos a veces con lo de los otros.

Y entrando a este tema que a todos llama la atención, como es la lujuria, ¿qué sucede con la lujuria? Pues lo mismo se debe de hacer. Es una lectura egoísta de nuestro propio cuerpo y una lectura egoísta del cuerpo de los demás. Y el daño que tiene detrás de esto es que hace bella a una cierta esclavitud, porque cuando usamos el cuerpo del otro, lo estamos esclavizando; y cuando no somos capaces de reconocer la dignidad del otro, lo estamos usando a nuestro favor, y eso, se vea por donde se quiera ver, es una esclavitud.

En una ocasión el Papa Juan Pablo II decía que debido a la concupiscencia, estas pasiones desordenadas del hombre, el cuerpo humano en su masculinidad y feminidad casi ha perdido la capacidad de expresar este amor en la cual la persona se hace un regalo. La concupiscencia lleva, por tanto, a la pérdida de la libertad interior, de ese don, de la capacidad de entrega.

Pero, ¿qué sucede? Que es la riqueza y no podemos quedarnos en lo negativo. Cuando somos capaces de vivir la caridad respecto al otro, vivir la caridad en el cuerpo mismo y ordenarla plenamente, ya no estamos hablando de la lujuria, sino incluso hablamos de la castidad, es decir, esa virtud que cambia el uso desordenado por el uso ordenado del cuerpo. Mientras en la lujuria uno vive ese egoísmo, en la castidad uno vive esa generosidad. La castidad, lo único que hace es meter la caridad, la entrega, la donación de sí en cada uno de los actos que tenemos delante.

Es un hecho que este mundo no nos ayuda mucho en este renglón. Algunos critican a la Iglesia por meterse demasiado en la defensa de este sexto mandamiento; pero creo que si vemos a nuestro alrededor, vemos el abuso profundo que se da de este nicho, de este entorno tan sagrado que debemos custodiar, es un hecho que nuestro entorno quiere prostituir nuestro cuerpo, factiblemente porque es una fuente económica muy grande.

Pero si le damos la vuelta, debemos de custodiar este entorno tan sagrado, porque el Verbo se hizo carne, Dios mismo se hizo carne, porque el cuerpo tiene un valor extraordinario.

Además, el cuerpo no se acaba en la simple genitalidad, ésta es una parte de él, el cuerpo va más allá. Ahí es donde se adquiere una perspectiva más rica de lo que tiene que ser el uso generoso de nuestro cuerpo; y la castidad, como virtud que ordena la generosidad en el uso del cuerpo, es la que tiene que estar más bien entrando a nuestra vida cotidiana, una castidad que es limpia, que puede ver a los ojos.

En una ocasión, una mujer le decía a un joven: “Dime qué haces tú, porque eres de las pocas personas, por no decir la única, que es capaz de mirarme a los ojos sin usarme y sin ver más”. Esta pobre mujer se sentía todo el tiempo utilizada, todo el tiempo vista, maltratada. Y cuando vio unos ojos puros, capaces de verla con cariño, ella inmediatamente reconoció que ahí estaba sucediendo algo diferente.

Pues ahí está la castidad, en donde ordenamos el uso de nuestro cuerpo hacia una generosidad más rica con los demás.

Este mundo reclama muchos cambios así, este cuerpo reclama que nosotros seamos valientes para también usar nuestro cuerpo en generosidad, y nuestro cuerpo no es sólo para el placer, sino para ayudar a los demás, no sólo para beneficiarse internamente, sino para edificar externamente.

De ahí que, por ejemplo, vuelvo a citar a los jóvenes que fueron ayudar a Puebla: Nuestro entorno sigue necesitando que tus manos, tus pies, tu corazón, se pongan al servicio del otro, y no sólo esperes sentir esa pasión, esa cosquillita, sino que esperes que, al entregarte a los demás, tu alma se sienta mucho más rica. Y entonces, ahí está la castidad. Porque la caridad exige castidad, es decir, capacidad de entregarte a los demás.

Sigamos edificando puentes y no murallas a través de la generosidad de nuestro corazón, que sabe convertir la simple lujuria en una castidad que es bella porque sabe mirar a los ojos con amor.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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