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Un profe de verdad

"Si tienen mucho tiempo, lea diarios; si tienen menos tiempo, lea revistas; y si les falta tiempo, lea libros". Con frases como esta solía iniciar sus cursos el profesor más brillante que he tenido, Francisco Gómez Antón.


Recordando a Góme Antón


La vida, debo dar las gracias, me ha dado profesores brillantes, tanto en la Universidad como en el Tecnológico de Monterrey como en el Instituto Panamericano de Alta Dirección de Empresa (IPADE), pero ninguno como este español.

Si nos atenemos al twittiometro, ha sido el más famoso de todos. De ningún profesor fallecido -y cada día son más- se han publicado tantos twitts como de Don Paco, desde España hasta Argentina y desde Gales hasta Venezuela, hubo memoria de él... cientos de twitts y rettuits sobre su persona.

Apenas 24 horas después de su muerte encontré más de 40 notas periodísticas sobre su vida. Qué orgullo para la Universidad Panamericana -@UPMexico- haber tenido un profesor de tal envergadura.

Conocí a Don Paco pocos años después de haberme graduado como licenciado en ciencias de la comunicación por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), era la primera generación y su futuro estaba más envuelto de misterio que la segunda fuga del Chapo.

Por aquellas fechas me calaban aun las palabras de mi padre cuando le dije que en vez de medicina estudiaría ciencias de la comunicación -“¿y de qué te vas a mantener?”-. Me calaban sobre todo porque muchos de mis profesores, que no eran comunicólogos, no me las pudieron quitar jamás de la cabeza.

Cuando en Monterrey, a finales de los setentas conocí a D. Francisco que lideraba una generación de profesionales de la comunicación de primer nivel (Giner, Soria…) despejé mi duda. Me di cuenta de que el periodismo era una profesión tan seria, necesaria y honorable como la medicina. Quizá fue por ello que le tomé tanto cariño.

Cientos de periodistas latinoamericanos lo recordamos con cariño porque entre 1972 y 1990 fue uno de los impulsores -y desde 1979 director- del Programa de Graduados Latino Americanos (PGLA), a la sombra del cual nos hemos formado más de cuatrocientos periodistas y profesionales de la comunicación de trece países.

La amistad y el cariño creció y un día, sin querer, a finales de los ochentas maté a D. Paco. Un domingo recibí una llamada de España en la que me pedían avisar a todos sus amigos de México su muerte. Hubo lágrimas, incluso uno pidió a la Virgen que, como señal de que D. Paco estaba en el cielo, apareciera blanca una de las doce rosas rojas que le había dejado.

Decidimos entre todos hacer una esquela en la prensa y mande un fax a Pamplona pidiendo su nombre completo y la fecha exacta de su muerte, cuando respondieron, entendí que el que había fallecido era su padre.

Creo que más mexicanos nos enteramos de esa falsa muerte que de la real. Se fue muy rápido sin despedirse. Muchos nos quedamos con las ganas de verle, rezarle y hasta abrazarle, pero todo fue muy rápido.

Solo un Parkinson como el que él tuvo pudo acabarlo de esa manera, aunque eso sí, el cariño, la sonrisa, el buen humor y el interés por los demás nunca lo perdió.

– Qué tal, Don Francisco; ¿cómo se encuentra? Le pregunté unos años antes de su muerte.

– Pues como el coliseo de Roma.

– ¿¿??

– Sí, hecho una ruina, pero muy visitado...

Siempre claro, siempre cercano, siempre accesible, siempre exigente. Siempre cerca de Dios, aunque no tanto como ahora. El mejor maestro que tuve.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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