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Ayotzinapa y la paz

Esta semana conviví con varios jóvenes en distintos ambientes: Un trabajador en una planta que separa basura para reciclables entre la inmundicia, con un gesto me demostró su alegría por la vida y sus sueños; otra, una estudiante que con su currículo en investigación antes de entrar al posgrado avivó mi esperanza; otros que estudiando y trabajando muestran la firmeza de sus aspiraciones de un mejor futuro y me contagian.


Urge resolver el caso de los desaparecidos de Iguala


También esta semana, miles de jóvenes han marchado y se han manifestado en todo el país, la gran mayoría de manera pacífica, y sin embargo, algunos han llamado la atención por sus expresiones de vandalismo, delincuencia y violencia. La indignación tiene muchas salidas, y, como siempre, la de la violencia o la venganza se presentan como las más fáciles. ¿Cómo conciliar la indignación y la paz? Sin duda la justicia es un camino.

No hay una sola de las versiones sobre lo que sucedió en Iguala, Cocula, Chilpancingo y otras partes de Guerrero, que no mueva a indignación y dolor: La connivencia de autoridades con el crimen organizado, grupos rivales de narcotraficantes, la pobreza de la mayoría, los grupos armados que optan por la guerrilla, la corrupción de los políticos, y la violencia y delincuencia amparadas en el “río revuelto”.

Los hechos son de tal magnitud que han detonado una reflexión en el país, particularmente entre los jóvenes, sobre lo que está pasando con la política, la justicia, la corrupción y la pobreza, entre otros temas. Los datos que se han podido conocer con certeza, más las distintas versiones sobre las que se especula, han sacudido una cierta apatía y conformismo que ha tolerado la corrupción y la impunidad a lo largo del país por mucho tiempo.

Las crisis presentan oportunidades de cambio, se dice incluso que en estas circunstancias puede aflorar lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. Así pues, es en este punto donde conviene plantearnos los caminos a seguir: los hay de la venganza y más violencia, y los hay también de justicia, reconciliación y paz ¿Será posible que esta situación nos mueva a arrepentimiento y conversión? ¿Podremos optar por sacar lo mejor de nosotros para caminar desde la indignación y el dolor hacia la justicia y la paz?

Quienes tenemos algún papel de autoridad, desde la familia, la escuela, el trabajo, la Iglesia, o los distintos ámbitos de gobierno, debemos hacer un examen de conciencia ¡a conciencia! ¿Qué hemos dejado de hacer, y qué hemos tolerado para que las consecuencias nos exploten en la cara de esta manera? Si no nos arrepentimos y nos convertimos –no necesariamente en sentido religioso exclusivamente–, difícilmente estaremos iniciando un camino de justicia y reconciliación.

La corrupción se empieza a combatir desde el lenguaje; el tono y la claridad de los conceptos se vuelven artículo de primera necesidad, hay que llamar a las cosas por su nombre, a lo que es bueno, bueno, y a lo que es malo, malo. La falta de claridad, la ambigüedad en los conceptos y el no comprometernos con la verdad, nos hace mucho daño y nos envuelve en un torbellino decadente.

Hay gente que minimiza el derecho a la vida, e incluso lo hace relativo como en el aborto, y las consecuencias se manifiestan en la brutalidad de lo que estamos viendo en asesinatos, torturas, secuestros y desaparecidos. Hay gente que antepone siempre sus libertades y derechos, volviéndose intolerante a las necesidades y libertades de los demás, y lo vemos en el desprecio de políticos que no les gusta ser molestados por aquellos que les reclaman su responsabilidad para el servicio de la sociedad.

Hay quienes persiguiendo el éxito a través del dinero o el poder, subordinan todo lo demás para lograrlo, sea la salud, la libertad, la pobreza o la vida ¡pero de los demás!; y, en lugar de buscar el éxito en el amor, el servicio y la solidaridad para los otros, para proteger a los más pequeños, a los marginados, a quienes no tienen trabajo o a su propia familia, siguen en el absurdo individualismo que hace que cada vez haya más injusticia, pobreza, inequidad y violencia.

Para los cristianos, el camino del arrepentimiento y la conversión, la denuncia de lo que está mal y la construcción del Reino a través del servicio a los demás, es clara: Hay que exigir justicia para tener paz, hay que denunciar lo que está mal, porque es la manera de empezar a corregirlo. Hay que optar por el camino de la oración, el perdón y la reconciliación, que además implica el trabajar por la justicia que nos puede dar la paz.

Es un momento especial para los jóvenes, y yo veo a muchísimos de ellos con esperanza, sueños y alegría, que pueden ayudar con su compromiso a transformar el país. No dejemos pasar este momento histórico que surge en medio de una dolorosa, irracional y violenta injusticia. Tomemos decisiones que nos alejen de mayor violencia, corrupción e individualismo, y en cambio nos lleven hacia una sociedad virtuosa, solidaria, de trabajo, justicia y paz.

Tomado del portal www.encuentra.com

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