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La atención a las viudas

Un funcionario de gobierno le pide a la viuda que le dé dinero para poderle aprobar su pago del programa del gobierno federal que apoya a los campesinos en México. Me viene a la memoria la cita de Isaías 10, 1-2:


Ayudar a los demás es una acción necesaria


“¡Ay de ustedes, que dictan leyes injustas y publican decretos intolerables, que no hacen justicia a los débiles ni reconocen los derechos de los pobres de mi pueblo, que explotan a las viudas y roban a los huérfanos!”

En México hay casi 3 millones de mujeres viudas, Sara, Blanca, Ofelia, Consuelo, Violeta, Josefina, Concepción, María Elena, María de la Luz, Aída, Catalina, Lorena, y poco más de 2 millones más, son además mayores de 60 años, según los datos del censo del INEGI del 2010.

Una de ellas está en espera de que Hacienda le regrese los impuestos que pagó dobles, por recomendación de un contador que la asesoró mal; ha estado dando vueltas y vueltas, y el poder recaudatorio federal no le ha podido regresar su dinero, o considerárselo como saldo a favor para pagos siguientes.

Las viudas en su gran mayoría son además madres y aun proveedoras de sus familias; muchas de las que conozco están activas sacando adelante sus familias, luchando por mantener su independencia; y otras, ya en edad muy avanzada, apoyadas por sus hijos. ¿De qué están hechas estas mujeres que demuestran con su vida una fe envidiable, inamovibles en la esperanza, y dando muestras de caridad como aquella del evangelio que entregó todo lo que tenía? (Ver Mc 12, 41-44).

Algunas de ellas acompañaron a sus esposos en sus últimos años en penosas y largas enfermedades que terminaron en la muerte. Y siguen adelante, dando apoyo moral e incluso económico a sus hijos e hijas, cuidando y enseñando a sus nietos, pero sobre todo, dando ejemplo de vida a las nuevas generaciones. Y a pesar de que es invaluable su trabajo y testimonio, no conozco aún cuáles son las políticas públicas que las apoyan, ni el monumento que reconozca su esfuerzo.

Casi siempre se valora a las mujeres por su condición de madre y su aparente incansable fuente de ternura y servicio a los demás; en el caso de las viudas, llevan además la carga en la soledad, de alguna manera se convierten en madres solas, condición que es un poco más reconocida por nuestra sociedad actual. Pero las viudas de edad mayor entran en esa condición de poca visibilidad en la que nuestra “cultura del descarte” le gusta ubicar a los ancianos.

Hay una mujer muy famosa que conocemos en su dimensión de madre pero que poco consideramos en su dimensión de viuda. La Virgen María que enviudó a la muerte de San José, y que incluso sobrevivió a su Hijo, a quien vio morir en la cruz. Su hijo tuvo compasión de ella y la entregó antes de morir a su amigo, el apóstol Juan, para que cuidara de ella.

Seguramente todos convivimos en nuestro entorno con algunas viudas y tenemos innumerables ocasiones de ayudarlas o acompañarlas, a pesar de que muchas de ellas no parecieran necesitar ayuda de nadie, aunque no debemos olvidar que el no cuidar a las viudas es uno de los crímenes que claman al cielo (ver Éxodo 22, 20-22), quizá con un poco de solidaridad y justicia podemos hacer la diferencia.

Tomado del portal: www.encuentra.com

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