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María, la Mujer del “¡sí!”

Esta semana coincidió la Fiesta de la Encarnación del Verbo, con la fiesta de Su Pasión y muerte. Cuando el Ángel visita a María, sucede el acto extraordinario que distingue a la religión cristiana católica de todas las demás: Dios se hace uno de nosotros para implicarse y asumir nuestra realidad en una dinámica de amor que se concreta en la entrega de sí mismo en la cruz.


Virgen de Guadalupe


Encontrarse con un Ángel debe ser una experiencia que a cualquiera haría sentir especial; además, si de la conversación se deriva que Dios, el Creador del Universo, viene a encarnarse en esa persona, el impacto sería aún mayor. Sin embargo, María no se detiene a meditar sobre su grandeza, reacciona inmediatamente para ir a ayudar a su prima Isabel que está embarazada. Es “un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos”.

Con esta imagen el Papa Francisco inicia su homilía en la Basílica de Guadalupe, y nos lleva a reflexionar entre otras cosas sobre: la necesaria humildad al sabernos llamados por Dios para ayudar a los demás, y la apertura a la esperanza y la misericordia de Dios que nos llevará a cumplir lo que Él nos pide a pesar de nuestros problemas y limitaciones.

En su primera homilía en México, SS Francisco nos recuerda la gracia especial que Dios a través de María ha manifestado a México: “Así como acompañó la gestación de Isabel, ha acompañado y acompaña la gestación de esta bendita tierra mexicana”.

Juan Diego representa a cualquiera que se sienta inútil, incapaz, sin recursos, sin relaciones, en fin, alguien a quien no se le puede pedir nada que se salga de la rutina de su vida. Y sin embargo, además de ser hoy venerado como santo, a regañadientes, casi obligado por la Virgen, se convirtió en el artífice del santuario religioso más visitado del mundo, en el intermediario para la impresión de la imagen de María en el ayate, que se convirtió en un códice que ayudó a la evangelización y unidad de la Nación Mexicana.

El Papa nos invita a imitar a María y a Juan Diego respondiendo al llamado de Dios en nuestra vida: “Sé mi embajador -nos dice- dando de comer al hambriento, de beber al sediento, da lugar al necesitado, viste al desnudo y visita al enfermo. Socorre al que está preso, no lo dejes solo, perdona al que te lastimó, consuela al que está triste, ten paciencia con los demás y, especialmente, pide y ruega a nuestro Dios”.

La manera que nos propone el Papa para iniciar esta tarea de Dios, es contemplando en silencio a la Virgen, contemplar cómo a pesar de su grandeza se comportó con absoluta humildad y pronta al servicio de los demás. Hay que visualizar en esa mirada la razón que Dios tuvo para enviar a su Madre a esta tierra y el poder que acompaña al envío. Ese poder sólo se manifiesta en la fe, no en los recursos o capacidades de cada quien, por eso los débiles pueden hacer tanto con fe.

El Papa nos hace observar la esperanza que el Creador despertó a través de la aparición de María de Guadalupe en Juan Diego: “Dios despertó y despierta la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de todos aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en estas tierras. En ese amanecer, Dios se acercó y se acerca al corazón sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos”.

Si tú crees que la situación de tu entorno te rebasa, que la corrupción, la apatía, la violencia, la pobreza y el dolor son superiores a tus fuerzas, y que por lo tanto no vale la pena intentar cambiarlo, voltea a ver a María, la que dijo “Sí” a Dios y a los demás, y recibe en la Pascua de Jesús resucitado la esperanza y misericordia que movió a San Juan Diego.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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