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De ida y de regreso

Esta semana tuve la oportunidad de dialogar con un par de personas que me hicieron favor de llevarme del aeropuerto a la universidad donde tenía que presentar una ponencia y viceversa. El trayecto era de poco más de dos horas en cada sentido. Uno de ellos era joven y el otro una persona mayor que, después de retirarse, decidió regresar y seguir trabajando como conductor.


Matrimonio


El primer chofer es un joven que apenas tiene seis meses brindando este servicio, y decidió tomar ese trabajo porque en la universidad les ofrecen la oportunidad de una beca para estudiar ahí al año de trabajar en la institución. Tiene nueve años viviendo con su esposa, pero se casó hace cuatro años a raíz del nacimiento del primero de sus dos hijos.

Me interesé en conocer la historia de su matrimonio, que él ubica desde que decidió “robarse” a la novia porque su familia se oponía a la relación. De hecho, no consideraba necesario el vínculo religioso a pesar de que cree en Dios; sin embargo, el nacimiento de su hijo y la expectativa de bautizarlo, más las presiones familiares, lo llevaron al altar.

Me hizo pensar en los millones de jóvenes que en la actualidad no consideran necesario el vínculo matrimonial sancionado por la autoridad civil o religiosa. Evidentemente, no está a discusión ni el amor a la pareja, ni la fe en Dios o en la familia, pero sí la ausencia de catequesis sobre el valor del sacramento o las bondades de la protección civil y la institución matrimonial.

Hablamos de las cosas importantes en la vida, de la mejor manera de educar a nuestros hijos, de las posibilidades que nos da la educación formal para buscar un mejor futuro para nuestras familias, y el viaje se nos fue sin sentir, incluso un poco lamentando que al llegar al destino se terminara nuestra conversación.

Mi otro compañero de viaje me platicó algunas de sus innumerables anécdotas en su carrera de más de 33 años como chofer, pero también de sus avatares, sinsabores y alegrías en su larga vida; de sus familiares, de sus luchas personales contra algún vicio, y de sus diferentes apostolados en cárceles y hospitales.

Las experiencias de sufrimiento personal y familiar le han dado una perspectiva que le permite agradecer cada día a Dios por todo lo que le sucede, y también le permite aconsejar, acompañar y compartir con otros de esa invaluable riqueza que la vida le ha dado y que le permite vivir la misericordia.

Un hombre que a su edad asiste a terapia para enfrentar algunas debilidades y para desarrollar otras que le permitan convivir mejor con las personas. Un alumno que a partir de reconocer y aceptar las limitaciones que vienen con la edad, las enfrenta con tranquilidad, confianza y agradecimiento a Dios por la vida que ha tenido.

Compartimos la comida, el camino y la alegría de vivir. Me hizo pensar en el apostolado callado de miles de personas que acompañan a otras en las circunstancias más difíciles, y me permitió asomarme por una ventana pequeña a ese mundo de solidaridad cristiana que sostiene a tantas personas agobiadas por el dolor, la pobreza, los vicios, la soledad, los conflictos familiares y sabe Dios cuántas cosas más.

La fe enraizada en la religiosidad popular de dos personas que me llevaron y me trajeron por paisajes desconocidos, y a quienes además del servicio, les agradezco que hayan compartido un pedacito de su vida con este peregrino que quiere caminar a través  del Año de la Misericordia.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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