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Si el grano de trigo no muere

Recientemente pude participar en las exequias de un entrañable gran amigo; compartir esas primeras horas de duelo con su esposa, hijos, hermanos y amigos fue -paradójicamente- una experiencia al mismo tiempo desgastante y edificante, triste y llena de alegría; una mezcla de emociones y encuentros con personas que hacía años que no veía, unidos por el amigo y la fe común.


Reflexión humana


Eran las primeras horas del día, esa mañana había podido compartir oración con uno de mis hijos y asistir a la eucaristía con otro de ellos, saliendo, recibí la noticia de que mi amigo -que convalecía de un largo y penoso tratamiento de cáncer- acababa de fallecer. Empecé mi caminata matutina con el tema de la muerte, y por ende, de la vida, de la recorrida y de la que queda por vivir.

Entre las muchas reflexiones que se agolparon al inicio del duelo compartido está la sorpresa suscitada por la presencia de tantos amigos, familiares y compañeros de trabajo, que generaba una alegría especial en medio de la tristeza de su partida, un deseo de comunidad, de reencuentro, de solidaridad. Alguien musitó como entre sueños: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto”. (Jn 12, 24)

A través de la historia los seres humanos hemos sido inspirados por otros hombres y mujeres que nos antecedieron y nos dieron ejemplo, inspiración, o algún tipo de legado. A los más sobresalientes entre ellos o a quienes han tenido influencia más general y perdurable, incluso los recordamos con iconos de diversa índole, o a través de sus escritos u obras que los trascienden.

La vida de cada persona se expresa de múltiples maneras, obras, palabras, sentimientos y acciones, de tal manera que nadie puede siquiera imaginar el impacto que tendrán en generaciones por venir, muchas veces pequeños gestos y expresiones tienen esa trascendencia a pesar de que ordinariamente limitamos la influencia a la descendencia inmediata.

Sin embargo, una vez que una vida termina, sus efectos se manifiestan por la aquiescencia y disposición de quienes aún vivimos, y que de alguna manera fuimos “tocados” directa o indirectamente por algún momento o producto de esa vida. Una simiente que sembrada ya puede ser cultivada y cuidada hasta dar nuevo fruto.

La trama humana tiene hondas raíces y se va tejiendo día a día, cada quien va aportando en la medida de sus posibilidades, con sus talentos y actitudes parte de las fibras de la presente humanidad y al mismo tiempo, de la que viene ¿En qué medida? está siempre por definirse. Pero la evidencia histórica de la trascendencia humana más allá de la muerte, está en la naturaleza de la comunidad humana intergeneracional.

La superioridad del tiempo sobre el espacio que explica el Papa Francisco en el número 223 de Evangelii gaudium nos ayuda a tener una mejor perspectiva: “Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad”.

Para los cristianos la promesa de la resurrección resuelve la aspiración trascendente y el encuentro con el Creador. 

Y además, en el ámbito histórico, siempre existe la posibilidad de que los frutos del amigo que muere se manifiesten abundantes, si cultivamos con cariño el grano que cayó en la tierra.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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