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Kenia 147+

La matanza de por lo menos 147 estudiantes universitarios cristianos en Kenia a manos de un comando de terroristas que se dicen islámicos, empieza a trascender las fronteras normalmente inexpugnables de la indiferencia de los medios de comunicación, y de los gobiernos y organismos internacionales, cuando sucede una masacre en África o Asia en un contexto sin aparentes beneficios geopolíticos o económicos.


Libertad religiosa


No es la primera atrocidad que responde a una lógica de terroristas islámicos, asesinando impunemente a cristianos e incluso a otros musulmanes, ya sea en Pakistán, Nigeria, Egipto, Libia, Siria e Irak, donde además se exhiben en redes sociales las ejecuciones, decapitaciones y matanzas como medio de propaganda.

A pesar de que las connotaciones religiosas de la catástrofe son explícitas, es importante detenernos a reflexionar también sobre el fondo de estos actos brutales que podemos encontrar, además, en la lucha por el poder, el dinero y el desprecio de la dignidad humana.

El Estado Islámico (EI) está construyendo un poder emergente y salvaje a través de las armas, y su motivación explícita es una versión del Islam condenada por la mayoría de los musulmanes; sin embargo, su expresión se da en el ejercicio y conquista violenta del poder político y económico, donde la tarea espiritual no tiene cabida, y por eso la solución para los infieles es la muerte.

Las “razones” del ataque en Kenia que se han ventilado, tienen que ver con presionar al gobierno de ese país para que no participe en fuerzas internacionales de paz en el vecino país de Somalia, donde los terroristas buscan obtener el poder y constituirlo como un gobierno islámico, pero también para “atacar la educación”, y por supuesto matar y atemorizar a los cristianos.

¿Cómo evitar que estas persecuciones se conviertan en conflictos religiosos? La respuesta está en la actuación de los gobiernos y los organismos internacionales que deben detener a los distintos grupos terroristas, y que hasta hoy no lo han hecho. Y por otra parte, como señala un líder keniano, es necesario que las comunidades musulmanas hagan un esfuerzo educativo que evite que sus jóvenes y niños caigan víctima de los extremistas.

El Viernes Santo el Papa Francisco oró a Dios: “En Ti, divino amor, vemos aún hoy a nuestros hermanos perseguidos, decapitados y crucificados por su fe en Ti, ante nuestros ojos o con frecuencia con nuestro silencio cómplice”.

Durante el Viacrucis (Camino de la Cruz) celebrado en el Coliseo Romano, mudo testigo de la muerte de muchísimos mártires en los inicios del cristianismo, representantes de las comunidades que hoy sufren persecución en el mundo fueron los encargados de cargar la cruz en cada estación.

Esta tragedia nos permite ver la Pasión de Jesús de manera especial, y la sangre de tantos sufrientes, perseguidos y muertos, nos puede ayudar a entender el misterio de la muerte y resurrección de Cristo.

El Dios que se abaja hasta entregarse a una muerte cruenta en la cruz por amor a los hombres, da la medida de la dignidad de las personas; y la actitud de quienes por dinero, poder o egoísmo son capaces de hacer sufrir, perseguir y matar a otros, cuestiona nuestro compromiso con la dignidad de las personas, nuestras prioridades y nuestra manera de vivir.

En esta Pascua, ¿seremos capaces de seguir a Cristo Resucitado en su invitación a evangelizar con el amor, el servicio y la ayuda a los demás? ¿Estamos listos para prevenir la violencia contra cualquier persona, incluyendo a los no nacidos? ¿Estamos dispuestos a consolar y ayudar a tantas víctimas de persecuciones e injusticias? ¿Estamos en camino al encuentro del Señor?

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