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Whiplash

Al terminar la película, sentía la adrenalina generada por la tensión acumulada por el ritmo, la trama y las actuaciones de esta extraordinaria película, quizá el hecho de que el director haya escrito el guion basado en sus experiencias de juventud, la intensidad de la música, o la increíble fuerza de la actuación de J.K. Simmons, que le valió el Óscar como mejor actor secundario, hizo que en esta ocasión la epinefrina fluyera más que en muchas películas de acción.


El cine también educa


Aparte de recomendar que vean la película por la música y las actuaciones, también resulta importante considerar la metáfora sobre la excelencia a partir del esfuerzo y constancia en la práctica de cualquier trabajo, en este caso de un instrumento musical, aunque por supuesto hay quienes consideran que además se requiere “algo más” que la simple práctica para ser considerado un genio musical o de cualquier otro tipo.

Sin embargo, la reflexión que les quiero plantear se deriva sólo indirectamente de la película: es sobre el contenido del discurso de agradecimiento por su premio del actor que encarnó al abusivo villano instructor de música en Whiplash ante millones de televidentes.

Es un discurso que le tomó escasos y valiosos 82 segundos. Este señor actor, además de agradecer a la academia y a sus compañeros de trabajo, tuvo palabras de reconocimiento para su esposa, para sus hijos y sus padres; y por su contenido, sencillez y precisión, se convirtió por mucho en el mejor discurso de la noche y quizá de muchas otras ceremonias. Ojalá puedan ver el video o leer el texto.

En el último año me tocó escuchar en distintas ocasiones al filósofo español Tomás Melendo, y entre muchas de sus contundentes y felices expresiones sobre el amor y la familia, sobresale una que repite con una convicción que refuerza la lógica de su contenido: Si quieres hacer algo importante para transformar al mundo, ama más a tu cónyuge; y ese concepto lo vimos expresado en la entrega de los Premios de la Academia en su edición del 2015.

La idea central es que el amor de los esposos hace mejores personas, y esto a su vez es un prerrequisito para que haya mejores hijos que con el ejemplo de amor pueden desarrollar ellos mismos su capacidad de amar. Y de manera especial el papel de las madres, que con su servicio, paciencia y ejemplo, logran que sus hijos reflejen posteriormente las virtudes de las que recibieron ejemplo.

J. K. Simmons terminó su discurso haciendo una recomendación magistral para todos: llamen a sus padres, (o en su caso a sus abuelos) si es que aún los tienen vivos, escúchenlos, y previno que no les enviáramos mensajes de texto o correos electrónicos, sino que les llamáramos, y aun mejor, si podemos visitarlos personalmente.

Recientemente el Papa Francisco hizo una catequesis donde expresó que no visitar a los padres ancianos implica pecado mortal.

A veces nos sentimos tan abrumados por el tamaño de las crisis morales, económicas, sociales y políticas, que olvidamos la manera concreta como podemos cambiar el mundo: amando más al cónyuge, a los hijos, a los padres, al hermano, al prójimo, no como discurso, sino como práctica virtuosa, con gestos tan pequeños como dedicar tiempo a ellos, escucharlos o atenderlos en sus necesidades y enfermedades. Es así como podemos transformar nuestro mundo para bien y construir las bases para afrontar y revertir los graves problemas de nuestro entorno.

@OFIbanez

@yoinfluyo


 

 

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