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Sin leer el tiempo

En estos últimos días del año, cuando se reparten abrazos, besos y buenos deseos para el año siguiente, es indiscutible que todos nos estamos refiriendo al tiempo. Al tiempo pasado y al tiempo futuro, a una nueva oportunidad para hacer mejor las cosas, en una palabra, a la oportunidad de un nuevo tiempo para superarnos. Lo que a veces no se nos ocurre pensar es la lectura del tiempo, ¿quién nos otorga ese tiempo? O ¿quién pudiera dominar al tiempo para que éste nos sirva, y lo utilicemos para bien o para mal y que, además, perdure?


Tiempo 


Voy a referirme a las palabras de una gran persona, quien entre otros títulos que posee, es un gran historiador y médico (Pbro. Rubén Rodríguez), quien escribe algo que a veces se nos olvida:

Parte de las palabras de San Pablo, quien en la Epístola de los Gálatas se refiere así al Nacimiento del Hijo de Dios:

“Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a Su Hijo, nacido de mujer”.

Juan Pablo II explica a qué se refiere lo anterior: “Dios, con la Encarnación, se ha introducido en la historia del hombre. La eternidad ha entrado en el tiempo: ¿qué cumplimiento es mayor que este? ¿qué otro cumplimiento sería posible?... Gracias a la venida de Dios a la tierra, el tiempo humano, iniciado en la creación, ha alcanzado su plenitud.” 

En efecto, la “plenitud de los tiempos” es sólo la eternidad, mejor aún, Aquel que es eterno, es decir Dios.” (J.P.II Tertio Milenio Adveniente. Ref, S. Justino, Apología 2, 10)

El autor al que me refiero siguió diciendo: “El Creador no nos olvidó a nosotros los humanos, pues consideró nuestro propio tiempo y al inaugurar Dios la “plenitud de los tiempos”, con su Encarnación, dio al hombre de un modo definitivo la posibilidad de rebasar los límites del tiempo para encontrar su plenitud en la eternidad de Dios.” 

La irrenunciable aspiración humana a vivir para siempre pudo al fin realizarse, al tener al alcance de la historia personal y colectiva nada menos que al mismo Dios hecho hombre: al poder ver, oír, tocar, conocer y amar a Jesucristo. Ya no puede el hombre aspirar a más: a través del trato con Jesús, todo hombre y mujer que convivió con Él pudo ‘tocar’ la eternidad sin abandonar su historia cotidiana.

Y fue tal el impacto histórico de Jesús, que veinte siglos después todos podemos continuar oyéndolo, viéndolo, tocándolo, conociéndolo y amándolo, a través de su doctrina, de su Iglesia, de sus Sacramentos. Y así también nosotros podemos ‘tocar’ la eternidad sin abandonar nuestra historia; es más, podemos y debemos alcanzar la eternidad justamente a través del encuentro con Jesús en nuestra historia de cada día.”

Hoy, en el Concilio Vaticano II  y después de más de 20 siglos, habría que contestar a la pregunta, “¿Cómo callar ante la indiferencia religiosa que lleva a muchos hombres y mujeres a vivir ‘como si Dios no existiera’ o a conformarse con una religión vaga, incapaz de enfrentarse con el problema de la verdad y con el deber de la coherencia?

A esto habría que añadir aún la extendida pérdida del sentido trascendente de la vida humana y el extravío en el campo ético, incluso en los valores fundamentales del respeto a la vida y a la familia.

El Concilio se extiende más pues se dirige a los hijos de la Iglesia, y pregunta: “¿En qué medida están también ellos afectados por la atmósfera del secularismo y relativismo ético? y ¿qué parte de responsabilidad deben reconocer también ellos, frente a la desbordante irreligiosidad, por no haber manifestado el genuino Rostro de Dios, --a causa de los defectos de su vida religiosa, moral y social?”— (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 19)

Finalmente, me permito trasmitir palabras de otro autor, esta vez anónimo, quien quizá las escribió para nuestra reflexión:

Sin tiempo

Me hinqué a rezar

pero no por mucho tiempo

tenía muchas cosas qué hacer

eso no es para mi

no puedo perder el tiempo.

 

Me tengo que apurar

pues muchas cosas hay que terminar

mientras decía una oración apurada

salí corriendo.

 

Mi deber cristiano estaba hecho

mi alma tranquila, podía estar

pues el domingo había ido a misa ya,

 

Demasiadas cosas qué hacer

era mi exclamación constante

no tengo tiempo…no tengo tiempo.

 

No tengo tiempo para formarme

no tengo tiempo para darme a los demás

y sin darme cuenta…

se me acaba el tiempo.

 

Me llegó el tiempo de morir

y cuando ante el señor me presenté

en su mano un libro tenía

era el libro de la vida.

 

Miró con tristeza en él y me dijo

tu nombre no puedo encontrar

alguna vez lo iba a escribir, pero…

 

“Nunca tuve tiempo”

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com

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