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Ser joven y sentir el impulso

¿Qué es lo que impulsa a un joven a ir lejos hasta un país desconocido?



Partiendo del hecho de que el ser humano es alguien capaz de amar y ser amado, de que es un ser inmerso en la aventura de crecer, un sujeto capaz de soñar, de formar mitos, de incursionar en los misterios, el joven se lanza a la aventura de ir a un encuentro, a un encuentro tanto consigo mismo, como con el Ser Supremo que lo espera.

Dios espera, abraza, comprende, guía a quienes se dejen guiar por Él, esto lo saben muchos jóvenes. San Juan Pablo II que lo sabía muy bien, desde hace 30 años, instituyó un ‘encuentro’ juvenil llamándolo simplemente ‘jornada mundial’, pues decía que “el cristiano se desarrolla no sólo por las facultades naturales –entendimiento, voluntad, sensibilidad--, sino también por las nuevas capacidades adquiridas mediante la gracia. Ellas dan a la inteligencia la capacidad de adherirse a Dios – Verdad mediante la fe; al corazón, la posibilidad de amarlo mediante la caridad…y a todas las potencias del alma, y de algún modo también al cuerpo, la posibilidad de participar en la nueva vida con actos dignos de la condición de hombres elevados a la participación de la naturaleza y de la vida de Dios mediante la gracia…” (Audiencia, 3-IV-1991).

Los jóvenes hacen un alto en su vida diaria y se concentran con curiosidad en seguir a Alguien que les ama, a todos y a todas, sean quienes sean, del país que provengan, de la lengua que hablen, de la raza que fueren. Van con la ilusión de ver, convivir y vivir de cerca las palabras del representante de Cristo en la tierra, del mensaje que les dará, con el cual proseguirán después su camino.

Los Padres de la Iglesia llaman al ser humano “viviente capaz de ser divinizado”.  Un sacerdote (Padre Sada) nos dice que, como corolario de esto, y por acción del Espíritu Santo en él, el ser humano recibe la participación de la naturaleza de Dios.

Cueste lo que cueste en esfuerzo, los jóvenes se dirigen al encuentro porque saben que allí pueden llegar a contestarse las preguntas típicas de la juventud en ese camino aún no definido de su vida, entre éstas: ¿cómo llegar a la plenitud de mí mismo?

Y como todo lo creado participa de la Verdad, de la Bondad y la Belleza de Dios, los jóvenes intentan y vuelven a intentar captar todos los misterios presentes en toda la realidad, pero a través de una renovación de su propio espíritu. Y oran con el Santo Padre:

“Gracias Señor que me has colmado durante este largo día de amistad y de belleza. Dame un corazón que escuche, un corazón de paz, un corazón sabio, para vivir intensamente estos días futuros de tu presencia amorosa. Sana mi alma, estoy sediento de paz…de Tu Paz”.

Ante la dispersión que ofrecen actualmente a la juventud los medios tecnológicos de comunicación (videos, juegos electrónicos, etc.), ante el frenesí (de la vida diaria, de las obligaciones impuestas, de la supresión de oportunidades factibles); de la creciente productividad (que apresura a la juventud hacia caminos inciertos), la necesidad de Dios que los comprenda, que los acoja y los ame, se hace inminente y posible desde un encuentro en donde todos se identifican con el Señor.

El Papa Francisco les comunica su sentir hacia ellos diciéndoles que es estimulante escucharlos, compartir sus sueños, sus interrogantes y sus ganas de rebelarse contra todos aquellos que dicen que las cosas no pueden cambiar, a éstos los llama “los quietistas”. Y les dice: “¿Las cosas pueden cambiar?”  Todos contestan con entusiasmo: “SI”. Y continúa diciéndoles que “…la Misericordia del Padre tiene un rostro siempre joven y no deja de invitarnos a ser parte de Su Reino que es un Reino de alegría, es un reino Siempre de felicidad, es un Reino que siempre nos lleva adelante, es un Reino capaz de darnos la fuerza de cambiar las cosas”.

Juan Pablo II había diseñado la Jornada Mundial de la Juventud para buscar y encontrarse con jóvenes de todo el mundo. Y el amor, con amor se paga: a partir de entonces, miles de jóvenes se reunieron con él, con su afecto y su oración.

Benedicto XVI en su primera misa como Papa también se dirigió a los jóvenes a quienes dijo: “Queridos jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad, seguiré dialogando y escuchando vuestras esperanzas para ayudaros a encontrar cada vez con mayor profundidad a Cristo viviente, eternamente joven”.

Los encuentros multitudinarios se han convertido en “laboratorios de fe”, encuentros inolvidables con Dios. La Fe es implicación personal y viva para abrazar a Dios que es amor, y la atmósfera para respirar adecuadamente ese clima de encuentro personal con Él es la oración.

En su Carta “Queridos Amigos” (n.10), Juan Pablo II escribía dirigiéndose a los jóvenes del mundo con ocasión del Año Internacional de la Juventud, 1985:

“La juventud es el periodo en el que el gran tema del ‘yo’ personal invade de forma experimental y creadora el alma del cuerpo de cada muchacho o muchacha, y se manifiesta en el interior de la joven conciencia junto con el descubrimiento fundamental del propio ‘yo’ en toda su múltiple potencialidad. Entonces también en el horizonte de un corazón joven se perfila una experiencia nueva: la experiencia del amor, que desde el primer instante pide ser esculpido en aquel proyecto de vida, que la juventud crea y forma espontáneamente”.

La juventud es momento crucial en la vida, es allí en donde se descubre el propio ‘yo’ humano. Es momento de búsqueda de realización personal, es cuando surgen las preguntas cruciales: ¿Qué significa la vida? ¿Cómo afrontar el futuro viendo tantos problemas y limitaciones? ¿Dónde encajaré?

“Tú Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud” (Salmo 70,5).

Un joven entrevistado dijo que es agradable encontrar en esta gran reunión a católicos de la calle que buscan un auténtico trato con Dios sin creerse perfectos, ni sobradamente preparados.

El Papa Francisco por su parte les dice:

El futuro: esperanza. El pasado: memoria. El presente: valentía, coraje.

Valentía para la acción, a pesar de dificultades y críticas que se puedan recibir.  “¡No tengáis miedo!” (J.P.II) 

Y otro sacerdote co-partícipe de la JMJ, completa lo anterior diciéndoles: No tengamos miedo, ¡abramos las puertas de la Misericordia de Dios! Esta actitud nos conduce a volver al bien si lo hemos perdido y genera nuevos deseos de amor.

“Si hacemos en estos días [de la JMJ] una escuela de Misericordia, cada peregrino volverá a su lugar de origen con la mochila cargada de esperanza, capaz de repartir a manos llenas el tesoro inagotable que guarda un alma que se ha dejado abrazar por el Señor.” (Mons. J. Echevarría, 2016)

Muriendo y resucitando en Su juventud, Cristo nos muestra a todos cómo seremos tras nuestra resurrección: eternamente jóvenes.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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