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La última respuesta

En este momento, son conmovedores los últimos acontecimientos en Francia que se han extendido por toda Europa y en el mundo entero. ¿Habrá alguien que no se conmueva ante las muertes violentas? ¿Nos hemos vuelto tan insensibles que ya no nos conmueven las personas que a diario mueren violentamente en éste y otros países?


No a la intolerancia


Todo esto nos conduce a reflexionar que la realidad es que comenzamos este año 2015 conociendo más y más de anti-valores: la tragedia, la discriminación, el desprecio por la vida humana, la denigración de los símbolos religiosos, el terrorismo, la violencia, el sufrimiento y la muerte.

Se nos ha olvidado que, a medida que la historia avanza, las naciones tienen que aprender que la civilización debería también avanzar y que no podemos retroceder hasta las primeras eras, cuando el hombre se comportaba de manera similar a los animales salvajes.

Muchas han sido las definiciones que a través de la historia se han dado del hombre: animal racional, animal político, animal social, animal de trabajo, animal lingüista, animal simbólico, animal estructural, animal proletario, animal técnico, entre otras.

Se ha comparado siempre al hombre con el animal para, por su diferencia específica, definirlo. Lo que se aprecia es que ni una diferencia sola, ni todas juntas, dan razón todavía de quién sea el ser humano. El ser humano es más que todas ellas. Cristo, aludiendo a su Padre, se refiere a una definición del hombre, seguramente la más arriesgada y profunda que jamás haya sido dada en la historia: “Sois dioses” (Jn 10, 32-34).

Todo hombre, siempre y en cualquier circunstancia, condición o etapa de su vida, es persona. Lo que puede ocurrir es que no se comporte como persona, que no actúe de acuerdo con su ser personal. De allí que se hable de “buenas personas” o “malas personas” para referirse al cumplimiento de la norma moral, presuponiéndose por tanto que todos los hombres y mujeres son personas, pero que hay unos que obran bien y otros mal.

Refiriéndonos concretamente a los hechos ocurridos en París, Francia, hace unos días, la masacre de periodistas y los extremistas asesinos que creyeron poseer la última respuesta, Jacques Maritain, filósofo del siglo XIX, parece referirse a ellos con estas palabras:

“El hombre no será verdaderamente persona sino en la medida que su comportamiento ético traduzca en acción la realidad metafísica del espíritu, no será verdaderamente persona sino en la medida en que la vida de la razón y de la libertad domine en él la de los sentidos y de las pasiones; sin esto, seguirá siendo como el animal, un simple individuo, esclavo de los acontecimientos, de las circunstancias, siempre remolcado, incapaz de dirigirse a sí mismo”.

Si esto lo situamos en el contexto social:

“Todos los conflictos bélicos son la manifestación más clara de la ‘cultura del descarte’, pues en ellos las vidas son deliberadamente pisoteadas por quien ostenta la fuerza” (Papa Francisco, 12 enero, 2014); y efectivamente, las armas bélicas constituyen una ostentación de fuerza y provocan violencia.

Veamos por un momento la otra cara de la moneda acerca del semanario Charlie Hebdo (Charlie Weekly) del que poco sabemos desde aquí, pero se dice que es una publicación satírica, de extrema izquierda y totalmente anti-institucional; hace burla de políticos, de la cultura y de figuras de autoridad, además de que se apasiona en burlarse de las religiones, en especial del islamismo y del cristianismo.

Los editores habían recibido demandas legales en contra de sus escritos. En 2011 elaboraron una edición especialmente provocativa del Profeta Mahoma, y sus oficinas fueron incendiadas. En 2012 la policía francesa solicitó al semanario que permanecieran callados cuando salió una película en contra del Islam que instigó protestas mundiales, y a pesar de esto, el semanario publicó caricaturas provocativas.

El resultado ha sido la unión de gobiernos en el mundo a favor de la “libertad de expresión” (free speech) y en contra del terrorismo. Pero, aunque parezca obvio, debe decirse que la observación y práctica de la libre expresión debe estar unida a la responsabilidad de anteponer alguna consideración y respeto por los demás y sus creencias.

Para mucha gente, un insulto a su fe es mayor que una observación con insulto a su propia madre. Las heridas emocionales y espirituales pueden llegar a sentirse con más profundidad que el dolor físico de un ataque corporal. Esto es algo que una persona secular a menudo olvida.

Por mucho que nos atrevamos a analizar un terrible acto de violencia, no podremos llegar a una sola conclusión, pero lo que debe decirse en todo caso es que no debería tolerarse la clase de intolerancia que provocó esa reacción violenta.

No podemos solidarizarnos, tomar una pluma y volvernos todos como Charlie, que fue solamente un ofensivo y trivial caricaturista.

Pero tampoco podemos de ninguna manera pensar que la solución es la cultura de la muerte, que para algunos extremistas es la ÚLTIMA RESPUESTA.

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