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A propósito de las benditas Ánimas

Día de muertos


Una vez más, y como ocurre todos los años al llegar estas fechas, nos hallamos en vísperas de la festividad de los Fieles Difuntos.

Ha llegado el Otoño, de los árboles caen las hojas y un viento fresco –al menos en las regiones del Hemisferio Norte– se siente cuando llegan las primeras sombras de la noche, como si todos esos elementos climatológicos se propusieran recordarnos que, junto con el año que pronto morirá, también nosotros algún día habremos de morir.

La festividad de los Fieles Difuntos –en México “El día de los muertos”– pretenden opacarla con el “Halloween”, costumbre importada desde Yanquilandia.

Dejando para otra ocasión el análisis de lo que hay detrás de esa costumbre en que los protagonistas son brujas, vampiros y demás seres infernales, hoy preferimos hablar acerca del significado de la muerte.

La muerte puede ser vista con el terror propio de quien, por no tener fe, ve en ella el final absoluto.

Mas sin embargo, cosa muy curiosa, esos incrédulos que rechazan creer en otra vida más allá del sepulcro y que con tanto pavor ven el final de la terrena existencia, son los primeros en caer en una serie de prácticas supersticiosas, así como en darle todo el crédito posible a esas historias terroríficas que tanto éxito tienen en las pantallas.

Aquí vemos cómo se cumple a la perfección aquel refrán mexicano según el cual “quien no cree en Dios, ante cualquier nopal se arrodilla”.

No ocurre lo mismo con quienes tienen clara conciencia de lo que le espera al alma una vez que se ha separado del cuerpo.

Quien tiene fe, sabe muy bien –y esto lo recuerda el Nuevo Catecismo de la Iglesia– que en el momento en que se produce la muerte, el alma se somete a juicio y, según hayan sido sus obras, se decidirá cuál es su destino eterno.

“El destino del cuerpo ya lo ves, el del alma, según obres”, reza un viejo proverbio.

Habrá quienes se condenen y habrá quienes entren de inmediato en el coro de los bienaventurados.

Mas sin embargo, habrá también –quizás la gran mayoría– quienes, habiéndose salvado, tengan cuentas pendientes y para saldarlas sea necesario pasar un tiempo en un lugar de purificación que se llama Purgatorio.

Es en ese lugar donde el alma se irá liberando de toda impureza y de ahí no saldrá hasta hallarse completamente limpia.

Dicho con otras palabras: el Purgatorio sería algo así como un salón de belleza donde se prepara el alma para presentarse decorosamente a participar de la gran fiesta de la eternidad.

Sin embargo, según opinión de los más afamados teólogos, el Purgatorio es un lugar de sufrimiento y las almas que allí se encuentran no pueden hacer nada para aliviar sus dolores.

Es entonces, insisten los teólogos, cuando desde aquí podemos ayudarlas, ya sea pagándoles Misas, dando limosnas, ofreciendo sacrificios e incluso rezando una pequeña jaculatoria.

Es a partir de esa doctrina donde se fundamenta una piadosa tradición del catolicismo: La devoción por las ánimas benditas del Purgatorio.

Una devoción muy extendida a todo lo largo del mundo cristiano, que ha pasado de padres a hijos y  que se manifiesta por medio del arte popular, ya sea –valgan los ejemplos– en los tradicionales petos de ánimas en Galicia o en las pinturas que admiramos en diversos templos y que representan personas entre las llamas extendiendo sus brazos hacia un escapulario que les ofrece la Virgen del Carmen.

La doctrina tradicional de la Iglesia afirma que no solamente es una práctica piadosa, sino incluso un gravísimo deber de conciencia, pedir por aquellas almas que se encuentran pagando cuentas pendientes.

¿A cuántas de ellas le deben su privilegiada posición económica muchos de quienes están leyendo este artículo? ¿Cuántas de ellas lo estarán pasando fatal en el Purgatorio debido a que, cuando pecaron, lo hicieron por causa nuestra?

Ni duda cabe que es un gravísimo deber de conciencia pedir por todas ellas.

No olvidemos que no está lejano el día en que pudiéramos nosotros hallarnos en su misma situación y, en ese caso… ¿quién se acordará de aliviar nuestros sufrimientos?

Concluimos citando una frase que en cierta ocasión leímos en un viejo templo virreinal y que está al pie de la imagen de una calavera: “Como te ves, me vi; como me ves, te verás”.

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