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Cosas de locos

Iniciaremos este comentario hablando acerca de un loco; sí, un portugués de nombre Juan Ciudad, que nació en 1495 en Montemayor el Nuevo (diócesis de Evora) y que murió en Granada en 1550.


El ejemplo arrastra


A este personaje la gente que vivía en Granada lo creía loco, tanto así que lo encerró en un manicomio y fue allí donde se dio cuenta del error que se cometía cuando se pretendía curar con torturas las enfermedades mentales.

A Juan Ciudad lo sacan del manicomio, funda un hospital y, al entregarse en cuerpo y alma a los enfermos, la gente cambia de opinión, al darse cuenta de que no se trata de un loco, sino más bien de un santo. Y fue así como, en lo sucesivo, le cambiaron el nombre para llamarle Juan de Dios.

Al principio, sus contemporáneos pensaban que Juan de Dios era un loco y al hacerlo pasaban por alto que son incompatibles los héroes y los burgueses, los que están dispuestos a dar la vida por los demás y quienes viven cómodamente.

Juan de Dios era un loco, ciertamente, pero un loco que, encendido de amor al prójimo, lo dejó todo para servir a los demás.

El caso es que Granada, la ciudad que antes había visto cómo lo perseguían y apedreaban por las calles, vio cómo allí mismo una muchedumbre seguía su ataúd proclamándole santo.

La Iglesia reconoció oficialmente sus virtudes, siendo canonizado en 1690. Su fiesta se celebra el 8 de Marzo.

La Orden Hospitalaria, fundada por San Juan de Dios, cuenta actualmente con más de 1,500 religiosos, así como con más de 200 casas en todo el mundo.

Pues bien, así como sus contemporáneos creían que San Juan de Dios estaba loco, es muy probable que piensen lo mismo de quienes pertenecen a la orden religiosa por él fundada; concretamente de los sacerdotes Miguel Pajares y Manuel García Viejo.

Y es que, según los criterios de una sociedad burguesa y acomodaticia, se necesita estar loco para meterse en las selvas y calores de África y enfrentarse allí con enfermedades como la malaria, la tuberculosis o el sida; y no digamos problemas de todos los días como son las guerras, las hambrunas y la miseria.

¡Vaya que se necesita estar loco para meterse en sitios de continuo peligro! ¡Con lo bien que se está en casa!

Sin embargo, tanto a Miguel Pajares como a Manuel García Viejo no les importó que la sociedad creyese que estaban locos.

A fin de cuentas también creyeron que estaba loco su santo fundador.

Estaban locos, claro que estaban locos; pero locos de amor por esos infelices muertos de hambre, asolados por la guerra y aquejados por enfermedades mortales como el ébola.

Y así como durante más de 500 años miles y miles de misioneros salieron de España llevando al Nuevo Mundo la Fe y la Cultura, de igual manera Miguel Pajares y Manuel García Viejo decidieron seguir los mismos pasos solamente que siguiendo rutas africanas.

Quienes conocieron a estos dos héroes del siglo XXI coinciden en un rasgo que ambos tenían en común: Eran felices dándose a los demás.

Siempre que iban a España a pasar unas breves vacaciones en sus pequeños pueblos, aprovechaban para pedirle a sus vecinos ayuda para la gente que sufría en África.

Y ocurría siempre lo mismo: Llegaban con las maletas vacías para llevárselas llenas.

Tal era el sentimiento de caridad que tanto Miguel como Manuel contagiaban a sus coterráneos.

Como seres humanos que eran, sentían la angustia natural que se padece en sitios que parecen dejados de la mano de Dios.

¿Cuántas veces habrán tenido la tentación de salir corriendo de aquel infierno, regresar a su patria y pedirle a sus superiores una misión más cómoda?

Estamos seguros que dicha tentación la habrán sentido varias veces al día.

Mas sin embargo, como hombres entregados a una causa tan noble, comprendieron que no era justo dejar abandonados a su triste suerte a gente que solamente los tenía a ellos.

Decidieron quedarse, se contagiaron de ébola. No hay duda, estaban locos.

Ni duda cabe que si abundasen más locos como esos el mundo, paradójicamente, sería mucho más cuerdo.

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