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¿Por qué le va bien a los malos?

En este mundo tan convulso que (a pesar de los prodigiosos avances de la técnica) todo se nos presenta cada vez más complicado, es muy fácil que nos invada el pesimismo al ver cómo todos nuestros esfuerzos no dan los resultados que esperamos.


Los buenos son siempre más


Y, dentro de lo mismo, si vemos cómo a elementos sin escrúpulos les sonríe la fortuna, es propio de la “humana natura” que muchos se cuestionen acerca de la utilidad de las buenas obras.

¿Vale la pena portarse bien? ¿Acaso no será mejor comportarnos con el cinismo propio de tipejos carentes de toda moral?

Y cuando vemos cómo una serie de infortunios (económicos, familiares y de salud) parecen ensañarse con la gente buena, en tanto que a sujetos canallescos todo les sale a pedir de boca, es como para desesperarse.

¿Dónde está Dios que permite que los malos prosperen, en tanto que los buenos son ultrajados por todos?

Ni duda cabe que dicha pregunta se nos antoja blasfema, puesto que nos incita a dudar de la justicia divina.

Intentaremos desenredar la madeja.

Empezaremos diciendo que existen muchísimas excepciones, ya que, si analizamos cada caso con detalle, veremos cómo, si bien son más los buenos que prosperan, también son muchos los malos que se arruinan.

Y si estos últimos caen en desgracia, eso ocurre porque acaban cosechando lo que antes sembraron; si durante cierto tiempo parecía que tenían el viento a favor, ocurrió que (por causa de sus propias locuras) cada quien acabó recibiendo su merecido.

No obstante, la prosperidad de los malos, así como la evidente ruina de los buenos (de algunos). tienen la mayoría de las ocasiones una clara explicación natural.

Y ello se debe a que existen personas muy buenas (quizás tan piadosas que sean de comunión diaria), pero que carecen de las dotes necesarias para prosperar en un negocio; quizás les falte visión mercantil, constancia, previsión, don de gentes, capacidad de trabajo, sentido del ahorro, etc.

En cambio, es muy probable que tipos agnósticos e incluso enemigos de la fe tengan dichas dotes en grado superior.

Es decir, que si a los malos les va bien, no es por ser malos, sino porque poseen una serie de cualidades que son básicas en el mundo de los negocios.

En cambio, si a los buenos les va mal, no es por ser buenos, sino por ser torpes.

Ahora bien, situándonos en un plano sobrenatural, diremos que la prosperidad de que gozan los malos y los sufrimientos de los buenos tampoco se oponen a la Divina Providencia, por dos razones:

1) Porque la justicia divina no se cumple definitivamente en esta vida, sino en la otra. Muchas veces los que aquí gozan habrán de sufrir allá. Recordemos la parábola de Lázaro y del rico epulón.

2) Porque el sufrimiento, más que ser una señal del abandono de Dios, es más bien señal de su predilección, quizás por aquello de que el bueno vaya pagando su purgatorio en esta vida.

Por otra parte, el teólogo fray Antonio Royo Marín, O.P. nos dice que Dios suele retribuirle a los malos con bienes temporales las obras buenas que pudieran haber hecho, por la sencilla razón de que, una vez condenados, ya no podrá premiarlos en la vida eterna.

Así pues, una cuestión que puede provocar dudas contra la Fe al poner en entredicho la justicia divina, se resuelve como lo hemos explicado: Con una respuesta natural y con una respuesta teológica.

Si no es con ambas respuestas, nada se entiende, y al parecernos tan ilógico e injusto lo que está ocurriendo, es fácil que seamos víctimas del peor de los pesimismos.

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