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El Caso Galileo

Uno de los temas favoritos de quienes buscan cuanta oportunidad se presenta para atacar a la Iglesia Católica es el llamado “Caso Galileo”, el cual se muestra siempre como una trágica experiencia en la cual la Iglesia no solamente cometió una gravísima injusticia, sino que causó que la Ciencia sufriera un atraso de siglos.


Inquisición contra la cultura


Según cuenta la historieta redactada al gusto de los anticlericales, Galileo fue un ilustre científico del siglo XVII al cual la Inquisición mandó a la hoguera por atreverse a decir que la tierra giraba alrededor del sol.

Y, según los cuentistas, una vez que Galileo fue quemado vivo, las autoridades eclesiásticas ordenaron, bajo pena de excomunión, que nadie leyera las obras del infortunado científico.

Por supuesto que, apoyándose en toda esa historieta, sectores interesados aprovechan para atacar la infalibilidad de la Iglesia.

Desde luego que, al escuchar esta paparrucha tal y como nos la cuentan, queda uno pasmado tanto de la mezcla de ignominia y mala fe de quienes la inventaron, como de la ingenuidad de quienes la aceptan sin ponerse a investigar.

Diremos qué fue lo que en realidad ocurrió.

Empezaremos diciendo que pretender que la Iglesia de hace cuatro siglos pensara como hoy en temas que no son dogmáticos, es algo ridículo.

A mediados del siglo XVII el geocentrismo, o sea, creer que era el sol el que giraba alrededor de la tierra, era el modo de pensar de aquel tiempo; aún es hoy el día en que con frecuencia utilizamos frases como “salió el sol” o “el sol se pone”.

Asimismo, es muy importante advertir que la condena de Galileo fue obra de una Congregación Romana y no del Papa hablando “ex cathedra”, como cuando Pio IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción; solamente cuando el Vicario de Cristo habla de ese modo es cuando podemos hablar de infalibilidad.

En otros temas como son políticos, literarios, deportivos o científicos, el Papa puede equivocarse como cualquier hijo de vecino, y  no por eso habremos de decir que pierde su infalibilidad.

¿Qué pasó en realidad con Galileo?

Quienes han estudiado sus argumentos afirman que, a pesar de que tenía razón cuando dijo que es la tierra la que gira alrededor del sol, en realidad no logró probar su hipótesis, motivo por el cual no convenció al jurado que le examinó.

El error de Galileo fue entrar en un campo que no era el suyo; olvidó que el tema de la interpretación de las Sagradas Escrituras es un tema reservado a los especialistas.

Si Galileo se hubiera limitado a exponer sus ideas de un modo hipotético y no absoluto, no habría tenido ningún problema.

Ahora bien, otro punto que debemos aclarar es que la Inquisición jamás envió a Galileo a la hoguera; a lo más que fue condenado fue a una especie de reclusión domiciliaria que jamás firmó el Papa de aquel entonces.

Una vez terminado el proceso, pudo retirarse de los departamentos del Santo Oficio al palacio de su amigo el Duque de Toscana, en donde continuó trabajando y donde gozó hasta la muerte de la pensión que le señalaron los Papas.

Galileo murió el 8 de Enero de 1642 en su casa de Arcetri, cerca de Florencia, y, según amigos que le acompañaron durante su última enfermedad, murió con firmeza filosófica y cristiana; murió como había vivido, como un buen creyente.

Y en lo referente a que, tras la condena de Galileo, la Ciencia sufrió un golpe brutal, diremos que dicha afirmación también es falsa.

La Congregación que llevó el caso permitió que la teoría expuesta por Galileo se siguiera estudiando, pero a modo de hipótesis.

Un siglo después, cuando se contaban ya con las pruebas científicas que nuestro personaje no había podido aportar, el Papa Benedicto XIV autorizó la publicación de las obras de Galileo en las que defendía la teoría heliocéntrica.

Esa, y no otra, es la verdad en el “Caso Galileo”; lo demás son calumnias propias para servir de argumento a novelas del estilo “Código Da Vinci”.

Una cosa es la literatura fantástica y otra muy diferente la ciencia histórica.

Conviene separar el trigo de la paja, poner cada cosa en su lugar y restituirle a cada quien la fama perdida.

Esa, y no otra, debe ser la misión de periodistas e historiadores.

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