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Jerome Lejeune, un científico valiente

Pobre mundo el que nos ha tocado vivir; existe tal pereza mental que lo más común es ver cómo la gente no piensa y cuando actúa lo hace obedeciendo consignas que son del dominio público.



Y es así como esos tipos amorfos, sin detenerse a reflexionar si una afirmación es falsa o verdadera, creen sin titubeos estribillos tales como “la familia pequeña vive mejor”, “antes de una relación usa el condón”, “el feto no es un ser humano”, etc., etc., etc.

Viene ocurriendo lo mismo que ocurría en la Alemania de los nazis, cuando Goebbels decía que una mentira mil veces repetida acababa transformándose en una verdad.

Tal es el poder seductor de los medios.

Por tal motivo, cuando alguien tiene el valor de nadar contra corriente, primero causa extrañeza y más tarde produce admiración.

Tal es el caso de uno de los más brillantes investigadores que tuvo la Medicina durante el pasado siglo XX: El doctor Jerome Lejeune, catedrático de Genética de la Universidad de la Sorbona de París.

Un científico de renombre universal que jamás temió las condenas de la opinión pública.

Verdades científicas

Para el doctor Lejeune, la Ciencia es algo tan serio como afirmar que el sol alumbra la Tierra; y, al adherirse a la verdad científica, sacó una serie de conclusiones que deseamos compartir con nuestros amigos lectores:

“Aceptar que después de la concepción un nuevo ser humano ha empezado a existir, no es ya cuestión de gusto o de opinión, sino una evidencia experimental”.

“Si el embrión no es desde el primer momento un miembro de nuestra especie, no llegaría a serlo nunca. Decir que no es un hombre, es lo mismo que decían los nazis: Un prisionero no es un hombre”.

“Todos los responsables de la salud saben perfectamente que los preservativos no pueden parar la epidemia del SIDA”.

“La anticoncepción es hacer el amor sin hacer el niño. La fecundación ‘in vitro’ es hacer el niño sin hacer el amor. El aborto es deshacer al niño. Y la pornografía es deshacer el amor”.

Anécdota sobre Beethoven

Una anécdota muy comentada de nuestro personaje es la referente a un debate que tuvo en la televisión francesa; en el curso del mismo, el doctor Lejeune le preguntó a su oponente:

-Un padre sifilítico y una madre tuberculosa tuvieron cuatro hijos: el primero nació ciego, el segundo murió al nacer, el tercero nació sordomudo, y el cuarto es tuberculoso. La madre queda embarazada de un quinto hijo. ¿Qué haría usted?

-Yo interrumpiría ese embarazo.

-Tengamos un minuto de silencio. Usted le ha quitado la vida a Beethoven.

Lejeune, siempre fiel a la verdad

En todas estas intervenciones, este catedrático de La Sorbona jamás titubeó en nadar contra corriente defendiendo las evidencias científicas.

Y al defender las evidencias científicas no hizo más que defender la Verdad y la Justicia.

Un hombre que, por defender la vida en todas sus etapas, fue hostilizado de mil distintas maneras. Se le inscribió en una especie de lista negra y esto influyó para que jamás le concedieran el Premio Nobel de Medicina.

Es triste comprobar cómo, a pesar de los descubrimientos de la Ciencia, muchos países se empeñan en legalizar crímenes como el aborto o aberraciones como los mal llamados matrimonios de homosexuales.

Con ello, desorientan a la opinión pública la cual, inerme ante los medios, no reflexiona, y piensa que algo que está permitido por la Ley, tan sólo por eso, se convierte en algo bueno.

Algo tan absurdo como creer que, si se legislara como lícita la calumnia, tan sólo por eso dejaría de ser una injusticia.

Jerome Lejeune, científico católico de nuestra época, comprendió muy bien todo eso y, fiel a la verdad que la Ciencia nos demuestra, se portó siempre con una coherencia y valentía que a todos nos asombra.

No le importó nadar contra corriente, quizás porque él, mejor que nadie, sabía que nadar contra corriente es la mejor prueba de que aún se está vivo.

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