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Calderón de la Barca. Un pensador siempre actual.

Quien esto escribe ha tenido siempre la convicción de que las grandes crisis que afectan a una generación, en gran parte, tienen su causa en que dicha generación carece que pensadores que la orienten.


Calderón de la Barca


Entendemos por pensador aquella persona que, deseando resolver un problema, lo analiza remontándose a sus antecedentes, estudia a fondo las circunstancias de su entorno y –fruto de análisis y reflexión- es capaz de predecir las consecuencias.

Quien eso hace, aparte de pensador, es un humanista puesto que conoce a fondo la naturaleza humana y cuanto la condiciona.

Quizás por ello fue que, allá en mis lejanos años de universitario, un estimado maestro mío, el Padre Jorge López Moctezuma, S.J. llegó a decir que el mundo actual, más que técnicos, necesitaba humanistas.

Y ponía como ejemplo a ese genio que fue Don Vasco de Quiroga quien, interpretando fielmente a un gran pensador, Santo Tomás Moro, supo llevar las bondades de la civilización occidental a los indios que habitaban las riberas del Lago de Pátzcuaro.

Partiendo de lo anterior, en esta ocasión deseamos hablar de otro gran humanista del mundo hispánico quien, a pesar de haber vivido en el siglo XVII, nos dejó un mensaje que nunca pasa de moda.

Nos referimos al dramaturgo español don Pedro Calderón de la Barca quien ganara renombre universal gracias a sus famosos “Autos Sacramentales”.

Y así como Velázquez da su mensaje por medio de la pintura, Beethoven por medio de la música y Miguel Ángel por medio de la escultura; Calderón de la Barca lo hace por medio del teatro.

Y decimos “lo hace” porque su mensaje es siempre actual.

Dos de sus obras son las que han llamado de modo muy especial nuestra atención: “LA VIDA ES SUEÑO” y “EL GRAN TEATRO DEL MUNDO”

Por medio de la primera, Calderón de la Barca nos dice que nada es permanente y que las glorias de hoy pueden ser miserias el día de mañana.

Por medio de la segunda, el mismo autor nos dice que, en esta vida, todos estamos llamados a desempeñar un papel y que al terminar la función el pago que recibiremos dependerá no tanto del personaje que hayamos representado sino más bien de cómo lo hemos representado.

Quien asista a la representación de alguna de estas dos obras o, al menos, pueda deleitarse leyendo su bellísima versificación quedará convencido de que –efectivamente- nada es definitivo, que todo pasa, que no importa la posición social o económica y que lo único que realmente tiene valor son las buenas obras que hayamos hecho.

Pues bien, el caso es que, a pesar de que esto lo dijo Calderón de la Barca hace cuatro siglos, el mensaje que nos comunica no  ha perdido actualidad.

Y es que vale la pena meditar: ¿De qué sirve engreírse de poseer fama y fortuna si podemos perderlas en el momento menos pensado? ¿De qué sirve ocupar un alto puesto en la escala social si realmente lo que importa es el bien que podamos hacer desde dicha posición?

Eso lo dijo Calderón de la Barca hace cuatro siglos.

En su época el pueblo y los gobernantes que aplaudían sus obras asimilaban el mensaje y el resultado fue un clima envidiable de paz social como pocas veces se ha visto a lo largo de la historia.

Lamentablemente, en nuestros días, cuando al común de la gente se le menciona el nombre de Calderón de la Barca muchos se encogen de hombros quizás porque ignoren quien fue o quizás porque piensen que se trata de un autor anticuado.

Gravísimo error porque las ideas no se clasifican en antiguas y modernas sino más bien en falsas y  verdaderas.

Muy diferente andarían las cosas y  otra sería nuestra situación si la gente de nuestra época no solamente conociera el mensaje de este gran pensador sino que –lo más importante- se decidiera a llevarlo a la práctica.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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