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Aquellos tiempos de la “dictadura perfecta”

Fue a finales de agosto del ya lejano 1990 cuando el afamado escritor Mario Vargas Llosa –a quien le darían el Premio Nobel de Literatura veinte años después– visitó México e hizo una declaración que provocó el enojo de la clase política.


México; dictadura perfecta


Según el novelista peruano, nuestro país era gobernado por un sistema que él definió como “la dictadura perfecta”. La respuesta del Sistema no se hizo esperar, ya que, a las pocas horas, fue expulsado del país. Era así como se resolvían las controversias en aquellos tiempos del PRI-Gobierno.

A diferencia de gran número de sistemas dictatoriales en los que todo gira en torno a una persona –por eso es que se llaman dictaduras personales–, aquí en México todo giraba en torno a un partido.

Las dictaduras personales suelen desaparecer con la muerte o derrocamiento del dictador, como serían los casos de Trujillo, en la República Dominicana, o de Somoza, en Nicaragua.

En cambio, cuando se trata de una dictadura de partido en la cual los integrantes de la casta política se van turnando, todo resulta más difícil.

Eso fue lo que ocurrió en México durante más de siete décadas.

El partido único fue fundado por Plutarco Elías Calles en marzo de 1929, quien, de ese modo, pretendió acabar con el caudillismo atrayendo a los diferentes grupos, repartiéndoles parte del botín y con ello evitar aquel mal endémico que eran las rebeliones militares.

Una vez consolidado, el Sistema controló todos los resortes del poder: En un principio pertenecían al partido gobernante más del 90% de los diputados, la totalidad de los senadores y gobernadores y la inmensa mayoría de los presidentes municipales.

El Poder Judicial estaba controlado por el Poder Ejecutivo, puesto que era el presidente en turno quien designaba a jueces y magistrados.

Los sindicatos obreros estaban afiliados a la CTM y los campesinos a la CNC que a su vez formaban parte del Partido. Y por si eso no bastase, existía la CNOP que aglutinaba a los restantes sectores.

Los partidos de oposición padecían una vida raquítica limitándose a protestar cuando se daba algún fraude en alguna perdida alcaldía del interior del país.

El ejército fue siempre incondicional del Sistema, razón por la cual, en cuanto el presidente se lo ordenaba, reprimía de modo sangriento a los opositores.

La libertad de prensa no existía, puesto que los periódicos eran controlados por medio de la PIPSA que tenía el monopolio del papel que se le vendía solamente a diarios incondicionales. La PIPSA dependía de la Secretaría de Gobernación.

En este afán por manipular la información, jugó un papel decisivo Jacobo Zabludovsky, quien durante décadas se convirtió en la voz oficial del Sistema. Lo que Jacobo decía constituía un auténtico dogma de fe y quienes disentían eran ridiculizados o, en el mejor de los casos, ignorados. Fue así como se logró el control total de las conciencias.

Los líderes de las cámaras empresariales, entre ellas COPARMEX, CONCANACO, CONCAMIN y demás, al ver cómo se las gastaba el gobierno, competían entre sí para ver quién adulaba mejor al todopoderoso Señor de Los Pinos.

El Zócalo era utilizado para concentraciones multitudinarias en las que se rendía un culto idolátrico a la persona del Primer Mandatario; concentraciones que mucho recordaban a las de la Plaza Roja en Moscú.

Ahora bien, por muy malo que fuese el gobernante, existía el consuelillo de que su poder no iría más allá de un sexenio, con lo cual el pueblo se resignaba creyendo que el que llegaba no iba a ser tan malo como el que se iba.

Entretanto, y para mayor engaño, secretarios de estado y altos funcionarios del sexenio que terminaba eran cambiados de lugar, con lo cual se daba la falsa imagen de una renovación.

Sin embargo, aquel sistema dictatorial tenía la ventaja de controlar parcialmente a la delincuencia, impedir las manifestaciones callejeras y dar la apariencia de que éste era un país pacífico.

Por otra parte –a pesar de ser un sistema dictatorial–, en un principio los presidentes respetaron a la libre empresa, lo cual propició el llamado “Desarrollo Estabilizador” que abarcó de 1940 a 1970 y que hizo crecer la economía nacional.

Estudiando a fondo todo ello en el mismo lugar de los hechos, fue que Vargas Llosa definió a dicho sistema con una frase afortunada que nadie antes había pronunciado: “Dictadura Perfecta”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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