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Dos empresarios y una reina

No suele ser muy común que se mezclen la trayectoria de un hombre de empresa con la de un Jefe de Estado. A menos, claro está, cuando los frutos económicos de la actividad empresarial o las decisiones políticas de la máxima autoridad de la Nación tengan un punto de contacto ya sea de aceptación o de rechazo.


México; Pablo Diez, Antonino Fernández


Sin embargo, los dos empresarios que hoy traemos a tema, así como la reina en cuestión, jamás se conocieron, puesto que entre ellos y ella media una distancia de más de cuatro siglos.

Nos referimos tanto a dos exitosos industriales españoles, Don Pablo Diez y Don Antonino Fernández, como a la Reina de España, Doña Isabel la Católica.

Distantes en el tiempo y en el espacio. Ella en España, ellos en México; si acaso como punto de contacto el que los tres vieron la luz primera en tierras de la península ibérica.

Sin embargo, hay un punto que los une de manera muy especial: La gran admiración que Don Antonino y Don Pablo sentían por Isabel la Católica, admiración que fue de tales dimensiones, que impulsó a éstos dos caballeros a convertirse, en tierras de México, en los principales abanderados de la causa de beatificación de la Reina de Castilla.

Aparte de administrar –con éxito notorio– sus numerosas empresas, Don Antonino y Don Pablo, como literalmente se dice, “removieron Roma con Santiago” para que la vida y obra de la Gran Reina fuera estudiada por peritos expertos en llevar santos a los altares.

Y fue así como, gracias al patrocinio de Don Pablo Diez, se logró que el Vaticano diese luz verde y que, en noviembre de 1972, la causa fuera introducida en Roma.

Cosas que tiene la vida, fue por esos días cuando Don Pablo pasó a mejor vida.

Tomó la estafeta isabelina su pariente y sucesor Don Antonino Fernández, quien, desde México y moviendo contactos en Roma, apoyó a quienes en Valladolid llevaban a cuestas la causa de la Gran Reina.

La conducta de tan ejemplares hombres de empresa nos hace reflexionar.

Aparte de ser hombres de amplia visión mercantil, que cada vez que fundaban un negocio creaban riqueza, fuentes de trabajo y pagaban impuestos, fueron más allá…

Aparte de que –como acabamos de señalar– movieron la economía nacional haciéndola más próspera, supieron tener esa altura de miras que no suele ser común en los hombres de negocios.

En vez de utilizar su tiempo libre contando billetes –como lo haría cualquier avaro de las novelas de Charles Dickens–, Don Antonino y Don Pablo tenían cabal conciencia de que el hombre es algo más que un tipo que produce dinero porque solamente sirve para comprar mercancías.

Ambos comprendieron que el hombre es un ser portador de valores eternos, que tiene alma y que es hermano nuestro. Eso explica el espíritu de fraternidad cristiana con que trataron siempre a sus empleados y más cercanos colaboradores.

Y al tratarlos con espíritu de fraternidad cristiana, no les costó mucho elevar la mirada y ver cómo, poco después del Descubrimiento de América, en España vivía una Reina que en su Testamento ordenó que a sus vasallos del Nuevo Mundo se les reconociese la dignidad propia de los hijos de Dios.

Ese espíritu de fraternidad cristiana fue lo que tuvieron en común Don Antonino, Don Pablo y Doña Isabel la Católica.

Por eso fue que, deseando que los gobernantes actuales imitasen el ejemplo de la Gran Reina, invirtieron su tiempo y su dinero para que la causa de beatificación fuera adelante. Algo que muchos ignoran porque solamente se quedan con la faceta exitosa de los dos empresarios.

Dos caballeros ejemplares que, al promover que Isabel la Católica fuese canonizada, le estaban rindiendo un gran favor a esa verdad histórica que nos hace reconocerle sus méritos a quien los tiene sin importar quién es, cuánto tiene y de dónde viene.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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