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¿Qué es el hombre?

Sin lugar a dudas, una de las definiciones de las que, en muy gran parte, depende la buena marcha de la humanidad es la relativa al concepto que define al hombre mismo. Dicho de un modo más sencillo: ¿Qué es el hombre?


México; el Hombre, valores


Apasionante cuestión que han tratado de resolver las teorías más opuestas: Desde un extremo, Thomas Hobbes, al definirlo como un lobo para sus congéneres; y, desde el otro, Juan Jacobo Rousseau, al decir que se trata de un ser inocente que fue corrompido por la sociedad.

Ambas teorías son erróneas y su aplicación es fuente de regímenes despóticos o anárquicos, que impiden el desarrollo integral de la persona humana.

¿Qué es el hombre?

El hombre es el Rey de la Creación, es un ser hecho a imagen y semejanza de Dios y –por ello– portador de valores eternos.

El hombre posee un alma inmortal que un buen día habrá de someterse ante el juicio divino para dar cuenta de sus actos y de sus omisiones.

El hombre es un ser privilegiado, ya que en torno a él gira el universo entero y por él se derramó la Sangre del Hijo de Dios.

Sin embargo, el hombre tiene su Talón de Aquiles: A partir del Pecado Original, quedó lastrado por la concupiscencia, pasó a detentar una naturaleza caída que lo arrastra hacia el abismo.

Será Ovidio, uno de los clásicos latinos, quien lo exprese con singular elegancia: “Video melliora proboque, deteriora sequor” (“Veo lo mejor y lo apruebo; sin embargo, sigo lo peor”).

O San Pablo, de un modo más coloquial y cercano a nosotros: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”.

Ante dicho obstáculo, el hombre se ve precisado a solicitar una ayuda exterior superior a sus fuerzas –lo que nosotros llamamos Gracia– para salir de tan penosa situación.

Y es así como la vida del hombre se transforma en una auténtica milicia sobre la tierra: Deberá luchar consigo mismo, tratando de dominar sus bajas pasiones y orientar todos sus actos hacia el Bien Supremo. Esa lucha del hombre consigo mismo, ese afán continuo por levantarse después de múltiples caídas, es lo que da vida a las más gloriosas páginas de la Historia.

Así pues, quedan sin fundamento las teorías de Hobbes y de Rousseau, cuyos postulados nos llevarían a consecuencias funestas.

Si le hiciéramos caso a Hobbes, quedarían legitimados regímenes como los del sátrapa de Corea del Norte o dictadores como los hermanos Castro en Cuba. Todos estos sistemas de gobierno solamente ven en sus pueblos manadas de fieras a las cuales habrá que mantener enjauladas y sometidas mediante el terror.

Y si le hiciéramos caso a Rousseau, se caería en el absurdo de que no sería necesario ningún tipo de autoridad. Todos harían lo que les viniera en gana y el caos sería mucho peor que el de una gran ciudad sin semáforos, pero, eso sí, con embotellamientos de tráfico y bajo un aguacero torrencial.

La verdad es bien diferente: El hombre es un ser racional, portador de valores eternos, pero que –por su propia debilidad– necesita de gobernantes justos que lo lleven hacia el Bien Común.

Ese Bien Común que, según Santo Tomás de Aquino, es la “vida virtuosa de una multitud”, y que nosotros definimos como el conjunto de condiciones necesarias para que una comunidad alcance su pleno desarrollo.

Ni fiera, ni ángel.

El hombre es eso, simplemente un hombre. Con sus miserias y con sus grandezas, pero, por vocación divina, llamado a las más grandes empresas, siendo la más importante la salvación de su alma.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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