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Una película con mala estrella

Dentro del variado acontecer humano, que muestra la vida de los más extraños personajes, de algunos suele decirse que nacen con buena estrella en tanto que otros nacen estrellados.


México; La sombra del caudillo


La frase anterior puede interpretarse en el sentido de que hay quienes –desde la cuna hasta el sepulcro- reciben todo lo bueno que la vida podría darles, que el éxito les sonríe las veinticuatro horas y que, al final, acaban siendo eso, “gente con buena estrella”.

En cambio, existen otra clase de personas quienes –también desde la cuna hasta el sepulcro– tal parece que un hado maléfico les rodea siendo su vida un rosario interminable de fracasos.

En éstos últimos se cumple a la perfección aquel viejo refrán mexicano según el cual “cuando Dios dice a fregar, del cielo caen las escobetas”.

Lo anterior viene a cuento porque –así como hay gente con buena o mala estrella– lo mismo puede decirse de algunas películas del cine nacional. Tal sería el caso de “La sombra del Caudillo” que, por la serie de tropiezos que le impidieron avanzar, se convirtió en la película maldita del cine mexicano.

Dicha película fue dirigida por Julio Bracho quien terminó de filmarla en 1960 y que se inspira en la novela del mismo nombre, cuyo autor es Martín Luis Guzmán. La novela la publicó su autor por vez primera en Madrid en 1929 y durante muchos años estuvo prohibida en México.

El argumento gira en torno a tres personajes: El general Ignacio Aguirre, secretario de Guerra; el general Hilario Jiménez, secretario de Gobernación y –por supuesto– el todopoderoso Caudillo.

La trama tiene lugar durante aquellos tiempos tormentosos de los años veinte del siglo pasado, en la cual las distintas facciones se disputaban el poder no con votos sino con balas.

El secretario de Guerra, Ignacio Aguirre, observa cómo, a diario, numerosas personalidades y jefes de zonas militares acuden a brindarle su apoyo ante una eventual candidatura presidencial. Y lo curioso del caso es que quienes visitan al general Aguirre hacen lo mismo con el secretario de Gobernación, Hilario Jiménez.

Deseando salir de la incertidumbre y saber si pisa terreno firme, el general Aguirre se presenta ante el Caudillo para pedirle que sea él quien decida y que, de ese modo, se aclare la situación.

Con las mañas propias de aquellos viejos zorros que dieron vida al Sistema que se impuso en México durante más de siete décadas, el Caudillo responde de un modo tan enigmático y sibilino que el general sale de allí aún con mayores dudas que cuando entró.

No tiene caso –el espacio no lo permite– intentar resumir la novela. Baste decir que, al final, el general Aguirre, traicionado por quienes le dieron alas, fue muerto a tiros –junto con sus más fieles colaboradores– en un áspero paraje en las afueras de Toluca.

Una crítica acerba de cómo se resolvían los problemas con la oposición en tiempos de Calles y de Obregón.

Julio Bracho decide llevar la novela al cine, pide permiso a los poderosos personajes de aquel entonces, se lo conceden, lleva a cabo las filmaciones y, cuando está a punto de estrenar, los mismos poderosos personajes que lo animaron lo paran en seco... Lo mismo que hizo el Caudillo con Ignacio Aguirre.

Desde entonces la película permaneció enlatada o sea custodiada en algún oscuro y húmedo archivo de la Secretaría de Gobernación.

Pasaron bastantes años, intentaron proyectarla pero –por si lo habían olvidado-–en 1976 volvieron a prohibirla.

Amargado por su fracaso, el productor Julio Bracho falleció en 1978.

Fue hasta 1990 cuando, deseando romper viejos moldes, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari autorizó su proyección. Se estrenó el 25 de octubre de aquel año pero con copias de tan mala calidad que hasta un inexperto se daba cuenta de que la cinta había sido mutilada.

Una película con mala estrella.

No podía ser de otro modo puesto que se trataba de la película maldita del cine mexicano. Una película que –como antes dijimos– retrataba de cuerpo entero toda la brutalidad sangrienta de un régimen autoritario que eliminaba sin piedad a sus opositores.

Y la prueba de que dicho régimen se mantuvo durante décadas fue que, a más de cuarenta años de haberse publicado la novela, aún dentro del Sistema, había gente interesada en que no se exhibiera.

No hay duda: La verdad no peca, pero incomoda…

Y ya que no podemos ver la película, conformémonos con leer la novela. Vale la pena.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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