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Un espía llamado Humboldt

Dentro del género literario de la novela, durante muchos años atrajeron la atención de los lectores las novelas de espías en las cuales el principal protagonista es un individuo que suele disfrazarse a la perfección en el momento de infiltrarse en el campo enemigo con la finalidad de proporcionarle información de gran importancia al gobierno que lo contrató.


México; Humboldt, espía


Auténticos maestros del disimulo y de la observación que, en ocasiones, han logrado cambiar el curso de una guerra y, por ende, el destino de una nación.

Esa es la razón por la cual no nos extraña que, lo que a continuación vamos a contar, haya tenido como protagonista a un espía muy singular.

Todos sabemos que el barón Alejandro de Humboldt fue un destacado científico que recorrió parte del continente americano haciendo una serie de investigaciones que fueron de gran utilidad.

Empezaremos recordando lo que ocurrió en 1803.

En aquel año se inauguró en el Zócalo de la Ciudad de México una estatua ecuestre del rey Carlos IV –el famoso “Caballito”- magnífica obra de arte cuyo autor es Manuel Tolsá.

Pues bien, dicha inauguración tuvo como invitado de honor al citado Humboldt quien –gracias a recomendaciones llegadas desde Madrid- en la Nueva España recibió no solamente honores sino todas las facilidades posibles para la misión que se le había encomendado.

A pesar de que venía de visitar Cuba, Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, fue en México donde este personaje realizó sus investigaciones más exhaustivas.

Un hombre incansable que lo mismo pasaba días enteros hurgando entre polvorientos volúmenes de los archivos que bajando a las minas de los Andes o de la Nueva España.

Un hombre incansable que tenía tal prisa por investigar que daba la impresión de que el tiempo se le iba como agua entre las manos.

Fruto de esos trabajos de investigación y análisis de la realidad novohispana fue su conocido “Ensayo político sobre el reino de la Nueva España”.

Ante los ojos asombrados de la Vieja Europa, sus estudios mostraron una América nueva y distinta debido a que este científico elaboró los mapas más exactos de la época.

Todo esto no sería más que una simple referencia cultural de no haber sido por lo que vino después.

Una vez concluidos sus trabajos, Humboldt abandona México, llega a La Habana y de ahí se dirige a Filadelfia donde lo está esperando el presidente Thomas Jefferson.

Y es precisamente a raíz de su estancia de dos meses en dicho país cuando surgen una serie de conjeturas que han dado lugar a que se diga que, al igual que la luna, también Humboldt tiene su cara oculta.

Empezaremos diciendo que había nacido en Berlín en 1769 y, gracias a sus contactos en la corte española,, logró del rey Carlos IV lo que nunca antes había logrado algún europeo no católico: Que se le diera permiso para visitar los dominios españoles del Nuevo Mundo.

Y es que durante la dinastía de los Austrias, España se había mantenido renuente a permitir la llegada de extranjeros a sus territorios de ultramar y máxime en el caso de Humboldt que era luterano y cuyo hermano Guillermo estaba afiliado a la Masonería.

Como antes dijimos, durante el tiempo que estuvo en tierras españolas de América, este personaje recabó una extensa información en la parte científica, política e incluso militar.

Humboldt se entrevista con Jefferson y le entrega todos los mapas que había elaborado en la Nueva España.

Al presidente norteamericano le interesó de manera muy especial la información que el científico alemán le proporcionó sobre las Montañas Rocosas ya que, gracias a esto, sacó por conclusión que, hacia el poniente, en tierras de la Alta California, es muy probable que hubiese oro.

No deja de ser curioso que pocos años después se desatase la llamada “fiebre del oro” y que la misma provocase una gran emigración hacia el Oeste.

Ni duda cabe que esta continua emigración acarreó que allí aumentase la población anglosajona y que este desequilibrio demográfico resultase adverso a México durante la guerra de 1847.

Gracias a una carta enviada el 28 de enero de 1848 por el diplomático norteamericano Jorge Bacroft al presidente Polk fue posible saber que Humboldt no solamente estuvo a favor de los yanquis sino que incluso consideró justo el despojo por parte de los Estados Unidos.

Los liberales mexicanos lo adoraban, tanto así que su obra sirvió como libro de cabecera a los militantes de dicho partido e incluso no deja de ser significativo lo dicho por Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, en el sentido de que había que “humboldtizar” a México o sea imponer el Liberalismo no tanto por la fuerza de las armas, sino más bien por la vía científica y educativa.

Desde luego que Humboldt merecía un premio por los servicios prestados y eso explica que fuera Benito Juárez, masón y acérrimo perseguidor de la Iglesia, quien le concediese el título de “Benemérito de la Patria”.

Hace ya bastantes años, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso de la Ciudad de México, se llevó a cabo una exposición en honor de este personaje y, en las pantallas, cada cinco minutos se podían leer frases que hacían alusión al marcado anti-catolicismo de tan ilustre científico.

Ante todo lo anterior…¿Qué opinan nuestros amigos lectores?

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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