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¿Dónde están los novelistas católicos?

Qué lejanos están aquellos tiempos –hace más de seis décadas– cuando, con motivo de recibir la primera comunión, los niños recibían también como regalo novelas de carácter religioso. Y es así como llegaban a sus manos versiones infantiles de novelas como “Ben Hur”, “Fabiola” o “Quo vadis?”.


México; novelistas católicos


Ahora bien, si se trataba de muchachos que estaban ya en la pubertad, se les agasajaba con las obras del Padre Luis Coloma, S.J., entre las que, de manera especial, destacan “Pequeñeces” y “Jeromín”.

Tratándose de un amigo adulto, mucho nos agradecía alguna de las novelas de José María Pereda, entre las que destaca “Peñas arriba”.

Todas estas lecturas –incluyendo las que se obsequiaban a los adultos– se consideraban como un buen complemento de la formación religiosa. Una formación que se basaba en el tradicional Catecismo de Ripalda que muchos aprendían de memoria pero que –a pesar de su sencillez– podía resultar un poco árido, especialmente a las mentes infantiles.

Por eso es que se prefería presentar de un modo agradable los temas religiosos por medio de narraciones que capturasen la atención del lector y no lo soltasen hasta que éste hubiese llegado al punto final de la última página.

En el caso de las tres primeras novelas mencionadas, la imaginación de niños y jóvenes volaba hasta la Antigua Roma, emocionándose allí con la carrera de cuadrigas de Ben Hur, sufriendo en carne viva las angustias de los primeros cristianos que se refugiaban en las catacumbas o sintiendo la misma emoción que sintió San Pedro cuando –después de encontrarse con el Señor cargando su Cruz– rechazó la tentación de abandonar a sus fieles y regresó para dar testimonio de su fe.

O también la emoción que supone estar al lado de don Juan de Austria en plena batalla de Lepanto o viendo como la piel se nos eriza al ver cómo un gigantesco oso está a punto de destrozar al explorador que tuvo la osadía de desafiarlo en su madriguera.

Asimismo, como glorias de la Literatura Mexicana, podemos mencionar “Héctor”, de Jorge Gram, y “Entre las patas de los caballos”, de Luis Rivero del Val, donde, con belleza y realismo, se cantan las glorias de esa gran epopeya que fue la Cristiada.

Novelas que emocionan, deleitan e instruyen al mismo tiempo. Novelas que –debido al estilo literario de sus autores– nos ayudan a que aumente nuestro léxico, a que mejoremos la ortografía y a que sepamos expresarnos con elegancia.

Desgraciadamente, aquella época dorada parece haber pasado a la historia, puesto que –salvo honrosas excepciones– no encontramos autores que se decidan narrar un hecho histórico de manera formativa y elegante.

Y decimos, “salvo honrosas excepciones”, porque en España, en este género de la novela histórica, destacan actualmente autores como José Javier Esparza y Jesús Sánchez Adalid. A estos dos autores los ponemos como ejemplo de auténticos defensores de la verdad histórica, la cual, deseando presentarla de un modo ágil a los lectores, la ofrecen por medio del género novelesco.

Ahora bien, aquí en México, el género de novela histórica, especialmente dentro de los escritores católicos, es algo que se echa de menos.

Una propaganda machacona y asfixiante nos habla de autores como Zutano, Mengano y Perengano (omitimos dar sus nombres para no hacerles publicidad) presentándolos como lo máximo en ese terreno y como si fueran autoridades indiscutibles en temas históricos.

Casi todos faltan a la verdad porque calumnian y distorsionan los hechos; y esto lo hacen con relativa facilidad porque hasta el momento no ha habido quien se les ponga enfrente rebatiendo sus falsedades.

¿Dónde están nos novelistas católicos? ¿Por qué razón no los vemos dentro de un pueblo profundamente guadalupano que asombró al mundo con los mártires de la guerra cristera? Tan sólo tomando como argumentos el guadalupanismo y la guerra cristera habría mucha tela de donde cortar.

Eso sin tomar en cuenta las tradiciones populares –eminentemente religiosas– que existen hasta en el más apartado rincón del país.

Mucho podrían hacer en defensa de la fe, de la cultura, de la familia, de la verdad histórica y de la sociedad los escritores que se decidieran a tomar la pluma para dar vida a novelas históricas que –dada la riqueza espiritual de nuestro pueblo– podrían admirar al mundo entero.

Aquí en México, la novela histórica parece ser terreno inexplorado por escritores católicos que, hasta el momento, no aparecen por ningún lado.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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