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Un desconocido Fidel Castro

A pesar de que, durante su larga dictadura, el fallecido Fidel Castro Ruz se mostró siempre como ateo militante, las honras fúnebres que le rindieron tienen mucho de ceremonia religiosa.



Por lo pronto, ante una enorme fotografía que lo presentaba en sus mejores tiempos de guerrillero, al desaparecido Fidel se le tributó el culto propio de una deidad ante la cual, con sus encendidos discursos, inclinaban la cabeza los más conocidos jefes de Estado.

Posteriormente, y como si se tratase de un novenario en honor del santo patrono de la parroquia, durante nueve días se le vuelve a rendir veneración en el largo trayecto que recorrieron sus cenizas desde La Habana hasta Santiago de Cuba, en donde fueron inhumados en el viejo panteón de Santa Ifigenia, muy cerca de la tumba de José Martí.

Cuando, a raíz del frustrado ataque al cuartel Moncada en 1953, Fidel fue juzgado, pronunció una frase que se hizo célebre: “Condénenme, no importa: La Historia me absolverá”.

Debido a que aún es prematuro el juicio de la Historia, ni duda cabe que existen datos más que suficientes para suponer que la verdadera Historia –no la oficial del sistema cubano– será sumamente rigurosa con el desaparecido.

Empezaremos diciendo que, aunque son evidentes sus logros en materia sanitaria, así como el que haya logrado erradicar el analfabetismo y conquistar muchas medallas en competencias internacionales deportivas, la triste realidad es que Fidel Castro fue un dictador de tiempo completo.

¿De qué sirve que en la isla los marcapasos se le regalen a los pacientes o se rompa el récord en la zafra de azúcar, si no existen las libertades más elementales?

Porque algo que nadie niega –excepto quienes viven del presupuesto cubano– es que allí existe un Estado policíaco en el cual se vigilan unos a otros; en que, para mantenerse en el poder, Fidel ha fusilado a más de siete mil opositores; en que, debido a que desapareció la propiedad privada, la economía acabó derrumbándose; en que, durante más de medio siglo, más de un millón de cubanos hayan abandonado la isla; en que, debido al adoctrinamiento socialista, el número de católicos haya disminuido a la mitad, etc.

Todos estos elementos combinados –los más importantes: miseria y carencia de valores– inducen a que muchas mujeres se prostituyan para sobrevivir, con la consecuencia inmediata de que se produzcan embarazos que terminan en abortos o que se propaguen enfermedades venéreas.

Sin embargo, las muchedumbres aclamaron la procesión de cenizas a lo largo del novenario…

Esto puede interpretarse de dos maneras:

*Por una parte, el hecho de que tanto el intenso adoctrinamiento durante más de medio siglo como la falta de comunicación con el exterior han deformado los criterios. La mayoría de los cubanos no han visto otro mundo.

*Y por la otra, el hecho de sentirse vigilados y ver cómo podrían ser delatados si no salían a las calles para aplaudir al paso de las cenizas del viejo Fidel.

Por todo ello, y mucho más, dudamos que la Historia haya absuelto al anciano dictador.

Ahora bien, y en otro orden de ideas: ¿Lo habrá perdonado Dios?

Desde luego que la misericordia de Dios es infinita; y si, en el gran momento de nuestra vida que es la muerte, hacemos un perfecto acto de contrición, podemos tener la certeza de que Cristo Juez sabrá perdonarnos hasta el peor de los crímenes.

¿Qué habrá ocurrido con Fidel?

Imposible saberlo, aunque de lo que sí tenemos noticia es que, durante los decisivos años de su infancia y juventud fue educado por lasallistas y jesuitas.

Un inolvidable amigo mío, el sacerdote nicaragüense Manuel Ignacio Pérez Alonso, S.J., me contaba que cuando daba clases en el Colegio Belén de La Habana, allí conoció al joven Fidel y que le constaba que era un asiduo asistente a la adoración del Santísimo Sacramento.

Por otra parte, cuando, a raíz de su fracasada rebelión, estuvo a punto de ser condenado a muerte, quien le salvó la vida fue monseñor Enrique Pérez Serrantes, arzobispo de Santiago, quien era un gallego nacido en Tuy.

Otro gran amigo suyo fue el jesuita español, Armando Llorente, S.J., a quien Fidel salvó de ahogarse en un río. Una vez que su maestro estuvo a salvo, Fidel exclamó: “¡Padre! Esto ha sido un milagro, vamos a rezarle tres Avemarías a la Virgen”.

Precisamente, aprovechando su última visita a Cuba, el Papa Francisco le obsequió a Fidel Castro un libro del Padre Llorente en el que constan orientaciones espirituales del viejo amigo y maestro del fallecido dictador.

Al entregarle dicho obsequio… ¿Procedía el Papa Francisco con la proverbial habilidad jesuita? ¿Acaso confiaba en que Fidel pudiera sacar de las enseñanzas de su antiguo mentor los frutos necesarios para la salvación de su alma?

No lo sabemos. La muerte es un misterio.

Sin embargo, y como dijimos al principio, una cosa es segura: La Historia jamás lo absolverá.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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