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Los patronos de la niñez mexicana

Será el cada vez más cercano domingo 16 de octubre de este Año Santo de la Misericordia de 2016 cuando allá, en la Ciudad Eterna, tras habérsele probado un milagro realizado gracias a su intercesión, el beato José Sánchez del Río será canonizado por el Papa Francisco.



Aun no cumplía quince años de edad, cuando este valiente joven que continuamente repetía que “nunca había sido tan fácil ganarse el Cielo” desafiaba a su verdugo al negarse a blasfemar y proferir en cambio el sonoro grito de “¡Viva Cristo Rey!”.

El “Niño Mártir de Sahuayo” es así como le conocen tanto sus biógrafos como quienes narran los pormenores de la Cristiada.

Pues bien, el hecho de que un joven mexicano –casi un niño– sea elevado a los altares, trae a nuestra memoria el testimonio también heroico de otros niños mexicanos que, por mantenerse fieles a la Fe recibida en el Bautismo, son considerados los protomártires de América.

Se trata de Cristobalito, Antonio y Juan, los famosos “Niños Mártires de Tlaxcala”, quienes, entre 1527 y 1529, fueron cruelmente martirizados.

Cristobalito era hijo del poderoso cacique Axotécatl, y al haberle recriminado a su padre su vicio por el pulque y por las mujeres aquel, le arrojó al fuego.

–Sábete, padre mío, que no estoy enojado contigo. Estoy muy contento porque me has dado más honra que la que vale tu señorío.

Dos años después, los también niños Antonio y Juan salieron de sus casas y, en una misión organizada por los frailes dominicos, empezaron a destruir ídolos. Esto fue más que suficiente para que, al igual que Cristobalito, recibieran también el martirio.

El tiempo pasó y estos primeros frutos de la Evangelización hubieran caído en el olvido, de no haber sido porque fray Toribio de Benavente, “Motolinia” –uno de los primeros doce misioneros franciscanos–-  registró lo ocurrido en su libro “Historia de los indios de la Nueva España”.

Con el correr de los siglos, en tierras tlaxcaltecas permanecía el recuerdo de aquellos tres niños que, al dar su vida por Cristo, quizás hayan influido –según opinión de Salvador Abascal– para que la Virgen de Guadalupe se apareciera a San Juan Diego en diciembre de 1531.

Roma estudió el caso con detenimiento y, como el tiempo pone a cada quien en su lugar, no podía ocurrir de otro modo en esta ocasión.

Fue así como, en solemne ceremonia realizada en la Basílica de Guadalupe, el domingo 6 de mayo de 1990, San Juan Pablo II beatificó a los Niños Mártires de Tlaxcala. En aquella ocasión fueron también beatificados Juan Diego y el Padre José María del Yermo y Parres.

Pues bien, en este Año Santo de la Misericordia, desde Roma –a petición del Venerable Episcopado Mexicano– ha llegado un estupendo regalo para los católicos de este país. Los beatos Cristobalito, Antonio y Juan acaban de ser declarados “Patronos de la Niñez Mexicana”, lo cual es todo un acontecimiento.

Según la doctrina católica, el hecho de encomendarnos a un santo patrón trae consigo una serie de ventajas, entre ellas el que dicho santo vele de un modo especial por quienes a él dirigen sus oraciones. Y así como San Luis Rey de Francia es el santo patrono de los gobernantes; San Isidro Labrador, de los campesinos; Santa Zita, de las sirvientas, y Santo Tomás Moro, de los políticos; también, desde ahora, la niñez mexicana tiene a quien encomendarse: Los Niños Mártires de Tlaxcala.

Y vaya que le hace falta a nuestra niñez tener quien la proteja desde el Cielo. Nunca como en nuestros días nuestros niños habían estado expuestos a tantos peligros: Si no son asesinados antes de nacer por medio del aborto, muchas son las desgracias que les amenazan antes de llegar a la edad adulta.

Entre esos peligros se encuentran el hecho de verse desamparados por haber quedado huérfanos o porque sus padres se divorciaron; porque los explotan gente sin escrúpulos; porque sujetos degenerados abusan sexualmente de ellos; porque quienes se dedican al narcomenudeo los incitan a drogarse; porque la corrupción les hace perder el buen criterio…

Muchos, muchísimos peligros son a los que nuestros niños están expuestos. Caminan tropezando en medio de la oscuridad y sin ver la luz al final del túnel. Ante ello, el hecho de que, desde lo Alto, pueda llegar esa luz que les indique el buen camino, es algo alentador.

Una petición oportuna la de nuestros obispos. Una decisión plausible la que tomaron en Roma. Así calificamos el hecho de que Cristobalito, Antonio y Juan hayan sido declarados “Patronos de la Niñez Mexicana”.

AD MAIOREM DEI GLORIAM (Para mayor gloria de Dios, como bien dice San Ignacio).

 

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

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