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El mártir de Normandía

Más de sesenta años llevaba ejerciendo su sacerdocio el buen Padre Jacques Hamel. Toda una vida dedicada a oficiar Misas e impartir sacramentos y bendiciones en pequeñas comunidades de la región francesa de Normandía.


Sociedad; cosas pequeñas, carácter


A sus 85 años de edad, habiendo renunciado a su responsabilidad como cura, dedicaba su jubilación a prestarle toda la ayuda posible al párroco de Saint-Etienne-du-Rouvray.

Todo hacía suponer que la vida de este anciano sacerdote se apagaría del mismo modo que se apaga una vela que ha consumido lo último que le queda de cera.

Por supuesto que nada hacía suponer que alcanzaría la palma del martirio, algo que con relativa facilidad suelen alcanzar misioneros que predican el Evangelio en tierras de África o de Asia, o, en los últimos tiempos, sacerdotes que ejercen su ministerio en Siria o en Irak.

Sin embargo, contra toda lógica, ocurrió lo ilógico: El Padre Hamel fue martirizado en una pequeña parroquia del noroeste de Francia que, observando el mapa, se encuentra lejos, muy lejos, del mundo islámico.

Una vez más se comprobó como para los fanáticos seguidores de Mahoma no existen las distancias y cómo, con tal de llevar la Guerra Santa hasta los últimos confines del orbe, son capaces de viajar hasta las antípodas.

¿Qué daño podía hacerles un anciano sacerdote que, según noticias recibidas, formaba parte de un comité interconfesional integrado por católicos y musulmanes? Un pacífico sacerdote que incluso había cedido un terreno parroquial para que los musulmanes construyesen una mezquita.

Ante crimen tan pavoroso, un personaje muy importante a nivel mundial exclamó diciendo que “el mundo está en guerra”.

Ciertamente lo está debido a estos fanáticos que matan, incendian, violan y saquean con el mismo furor con que lo hiciera Almanzor a fines del siglo X.

“El mundo está en guerra”, de acuerdo; pero no se trata de una guerra económica, sino más bien de una guerra religiosa –la terrible “Guerra Santa” – que exige Mahoma en las páginas de “El Corán”.

Quienes muestran todo su furor en los atentados de París, en la discoteca de Orlando (Florida), en Niza, en Baviera y ahora en una parroquia rural francesa, no lo hacen impulsados por las leyes que marcan los financieros de Wall Street, sino más bien por la consigna de Mahoma que se reduce a lo siguiente: “Cree o muere”.

Quienes derribaron las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 y quienes masacraron a infinidad de madrileños en la Estación de Atocha el 11 de marzo de 2004 no obedecían las leyes de la oferta y de la demanda, sino más bien se movían bajo el impulso de un odio multisecular.

Ante tan dramáticos acontecimientos, por desgracia cada vez más frecuentes, solamente nos resta exclamar: ¡Pobre Europa! ¡Pobre Occidente! Parecen estar condenados a ser degollados por el capricho de un ejército de asesinos.

¡Cómo cambian los tiempos! Cuando los musulmanes invadieron Francia en el ya lejano siglo VIII, fue Carlos Martel quien los detuvo en la batalla de Poitiers en 732. Si hoy en día Francia contase con un jefe al estilo de Carlos Martel, no hubieran ocurrido los atentados de París en noviembre del año pasado, el de Niza hace algunos días y tampoco el martirio del Padre Hamel.

Asimismo, en España cuánto deben echar de menos la entrega de valientes y piadosos personajes como don Pelayo, El Cid, San Fernando e Isabel la Católica. Todos ellos –apoyados por su pueblo–, no solamente libraron a España del furor islámico, sino que, al hacerlo, salvaron también a Europa.

Desgraciadamente aquellas hazañas forman parte de la Historia y ahora el escenario lo ocupan tipejos como un José Luis Rodríguez Zapatero, quien, el pregonar la llamada “Alianza de Civilizaciones”, lo que ha hecho es contribuir al desarme moral de todo un pueblo.

Y rematamos diciendo: Quien afirme que todos estos crímenes son consecuencia de una guerra económica, no ha entendido nada, puesto que las raíces son mucho más profundas.

Por supuesto que el degollamiento del Padre Jacques Hamel reúne las condiciones propias de todo mártir de Cristo: Fue sacrificado por odio a la Fe, aceptó la muerte con resignación y, con toda seguridad, murió perdonando a sus verdugos.

Un mártir sacrificado por el Islam en la lejana Normandía. Un mártir que algún día será venerado en los altares. Dios lo quiera.

 

 

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