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José Luis Ezquerra, un caballero como los de antaño

Cuando por mi mente desfilan aquellos intrépidos españoles de pasadas centurias que, desafiando las iras del Mar Tenebroso, vinieron a tierras del Nuevo Mundo trayendo la Fe, la Cultura y la Civilización, de inmediato y por asociación de ideas pienso en José Luis Ezquerra de la Colina.


México; José Luis Ezquerra


Y es que dicho caballero tenía la estampa propia del recio conquistador español del siglo XVI: Alto, ojos azules, férrea personalidad y una barba dorada que el tiempo y la experiencia fueron cubriendo de canas.

José Luis Ezquerra, a pesar de haber nacido el 2 de febrero de 1934 en Boo de Guarnizo (Santander, España), era tan mexicano como el que más. Residió en México desde los 12 años de edad, aquí se graduó de arquitecto en la Universidad Nacional Autónoma de México, aquí contrajo matrimonio (en marzo de 1961) con esa gran dama llamada Josefina Borobia y Souza, aquí nacieron sus seis hijos y aquí dio vida a las mayores creaciones arquitectónicas.

¿Se le puede pedir algo más, para ser mexicano, a un caballero de tan singular fina estampa que amaba a México con todas las fuerzas de su alma?

José Luis Ezquerra fue un enamorado de esa cultura hispano católica que, junto con la devoción guadalupana, integran el alma popular mexicana y que se manifiesta a plenitud en nuestro Barroco Virreinal.

Mucho, muchísimo se podría decir de la gigantesca obra arquitectónica de este personaje, misma que se encuentra reflejada en las páginas de su libro “Ezquerra y la Arquitectura lejanista” (Ediciones UPAEP. 1994) y cuya lectura recomendamos vivamente a quienes sientan gusto por el buen arte.

Más bien, lo que aquí nos interesa resaltar es el apoyo que nuestro personaje le dio a la cultura mexicana en un momento muy especial.

Fue en el ya lejano 1985 cuando nació la Fundación Cultural para la difusión del Medio Milenio en América (FUNDICE), cuya misión sería conmemorar los quinientos años del Descubrimiento e Inicio de la Evangelización de América.

Pues bien, considerando la gran trayectoria cultural de quien hoy ocupa estas páginas, Ezquerra fue elegido por unanimidad como su primer presidente. A partir de ese momento, un torbellino de actividad sacudió los más prestigiosos centros culturales mexicanos, puesto que –gracias a FUNDICE– se logró aglutinar a intelectuales de fe católica y probado amor a México que antes se hallaban aislados, dispersos y padeciendo la frustración propia de quienes sienten que sus ideas son voces que claman en el desierto.

A partir de ese momento –repetimos– esos intelectuales rescatados del menosprecio oficial unieron sus esfuerzos y, fruto de ello, fueron congresos, exposiciones, conferencias, obras teatrales, edición de libros y un sinfín de eventos culturales que contribuyeron a revitalizar el alma de México que, debido a la cultura oficial, estaba en riesgo de perderse.

Gran mérito tuvo en ello don José Luis Ezquerra de la Colina, quien siempre contó con el apoyo noble y desinteresado de toda una legión de intelectuales de la pluma y de la palabra.

José Luis Ezquerra se ha ido de entre nosotros en los primeros días de este mes de julio del Año de la Misericordia de 2016.

De él jamás podrá decirse “el desaparecido arquitecto Ezquerra”, como vulgarmente suele calificarse a quienes han terminado ya su ciclo en esta vida. Y jamás podrá decirse eso porque las obras que José Luis Ezquerra nos deja como herencia son un testimonio permanente de como SÍ es posible unificar cultura, visión trascendente de la vida y sentido práctico adornado de belleza.

Asimismo, quienes tuvimos el honor de contarnos entre sus amigos, jamás diremos que “ha desaparecido”, sino más bien, que permanece entre nosotros porque en personajes como Ezquerra sus obras, conforme el tiempo pasa, confirman una hombría de bien transformada en Arte.

Deseo concluir con dos pensamientos:

* En primer lugar, aprovecho para darle todo mi apoyo espiritual por la pena que los embarga a sus hijos José Luis, Victoria, Íñigo Pedro, María Pía y María Luz. Todos ellos de dignísima alcurnia y frutos del amor y generosidad que siempre se profesaron Josse y José Luis.

* Y, por último, dondequiera que se encuentre –con toda seguridad en medio del coro de los bienaventurados– a José Luis le expreso mi gratitud: Gracias, mi buen amigo, por la amistad que me brindaste incondicionalmente y que empezó a manifestarse allá por 1976, cuando, siendo tú todo un señor de reconocido prestigio –a pesar de ser yo un ilustre desconocido– accediste a ilustrar las páginas de mi primer libro: “La Cruzada que forjó una Patria”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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