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La Iglesia y la esclavitud

Desde la más remota antigüedad, la esclavitud fue vista como algo de lo más natural, dándose el caso de que un ilustre filósofo como lo fue Aristóteles afirmase que dicha práctica era conforme a la naturaleza del hombre.


Esclavitud; orbe, mundo islámico


Ante ello, no nos extraña que la legislación más avanzada del mundo antiguo, el Derecho Romano, la regulase, considerando que era un derecho natural.

Tenía que entrar en escena el Cristianismo para que todo diese un giro de 180 grados y se acabase erradicando una de las prácticas más inhumanas que han existido desde que el hombre vive en la Tierra.

Efectivamente, en el momento en que el Cristianismo prevaleció sobre el paganismo antiguo, tuvo lugar un fenómeno de grandes consecuencias en la historia de la humanidad: La desaparición de la esclavitud al menos durante el milenio que abarcó la Edad Media.

Y todo porque la doctrina del Nazareno afirmó que para Cristo tanto valían las almas de quienes dentro de la sociedad civil eran libres o esclavos.

Ya San Pablo, en su Carta a Filemón, recomendaba que a su esclavo Onésimo se le tratase con el mayor cariño y respeto.

Por su parte, ese gran pensador que fue Santo Tomás de Aquino estimó que así como el vestido no existía en el estado de inocencia, de igual manera tampoco podía existir la servidumbre. La conclusión que sacaba Santo Tomás era que la servidumbre no había sido impuesta por la naturaleza, sino más bien por el egoísmo propio de quienes pretendían sacar un provecho egoísta a la vida humana.

Esto trajo consigo –como antes dijimos– que en la Europa cristiana medieval la esclavitud declinase hasta casi desaparecer en muchas leyes.

Esta mentalidad antiesclavista era la que traían consigo los conquistadores y religiosos españoles que llegaron al Nuevo Mundo en el siglo XVI. Una mentalidad que refleja Miguel de Cervantes en “El Quijote” en el momento en que el Caballero de la Mancha decide liberar a los galeotes “porque me parece duro hacer esclavos a los que Dios y la naturaleza hicieron libres”.

Ahora bien, a raíz del cisma protestante, y de que se implantase aquella doctrina calvinista según la cual el éxito económico era signo de predestinación, la situación empezó a cambiar. Eso explica que los bucaneros de nacionalidad inglesa y holandesa capturasen negros en las costas de África para venderlos como esclavos en varios lugares de América.

El fenómeno esclavista fue el que prevaleció en el mundo anglo-protestante; en cambio, aunque llegaban esclavos negros a los dominios españoles de ultramar, allí se miró cómo la suerte de aquellos infelices era mucho más benévola que en otras partes. Prueba de ello es la grandiosa figura del jesuita español San Pedro Claver, quien se santificó dedicándose por entero a mejorar la suerte de los negros.

En tierras hispánicas de América el problema de conciencia no era tanto el tener esclavos, sino más bien el trato bueno o malo que se les daba.

La conciencia renacentista –influida por el cisma protestante– era menos cristiana que la conciencia medieval; fue por ello que toleró la esclavitud del mismo modo que en nuestros días las conciencias de muchos cristianos han tolerado las matanzas comunistas o que se haya legalizado el aborto.

Por su parte, Sumos Pontífices de la Iglesia Católica como lo fueron Pío II (1462), Pablo III (1537), Urbano VIII (1639) y Benedicto XIV (1741) condenaron la esclavitud e incluso fue famosa una Encíclica que en el mismo sentido publicó el Papa Gregorio XVI en 1837.

Más recientemente, cuando San Juan Pablo II visitó en febrero de 1992 la isla senegalesa de Gore allí, lamentó que personas bautizadas hubieran tomado parte en el escandaloso comercio de la esclavitud.

Así pues, no nos cansaremos de insistir en una idea que hemos repetido hasta el cansancio: Si existe una institución que en el mundo desde siempre se ha preocupado por la liberación del hombre y por el progreso de los pueblos, ésa es la Iglesia Católica.

Y en el tema que hoy comentamos, la Iglesia fue la primera en elevar su voz condenando la esclavitud. Práctica nefanda que aún hoy se mantiene en vastas regiones del orbe, especialmente dentro del mundo islámico.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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