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El machismo y la moral cristiana

Anda circulando por ahí una tesis errónea y tendenciosa que afirma que la sumisión de la mujer mexicana ante el varón se debe al hecho de que obedeció ciegamente los consejos de los misioneros en el sentido de mostrar siempre una actitud conformista, pasiva y tolerante.


Machismo


Si se aceptase dicha tesis, la conclusión podría ser que la Evangelización del Nuevo Mundo, aparte de la Fe, trajo consigo los fundamentos de la explotación femenina.

Esto es falto, puesto que, ya desde los primeros siglos de nuestra Era, fue precisamente el Cristianismo el que hizo que a la mujer se le reconociera la misma dignidad que al varón.

Prudente será citar al Apóstol San Pablo:

“Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por Ella para santificarla, purificándola con el agua y la palabra, pues Él quería presentársela a sí mismo toda resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada.

“Así, los maridos deben amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado su propio cuerpo, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su Cuerpo” (Efesios 5, 21-33).

Eran aquellos los tiempos en que –a pesar de la influencia civilizadora del Derecho Romano– la mujer era vista como un ser inferior y propiedad de quien la adquiría para utilizarla como objeto de placer.

A partir de la aparición del Cristianismo, tanto al hombre como a la mujer se les reconoce la misma dignidad.

La Fe de Cristo se extiende por todo el Imperio Romano y, al proclamarse la santidad del Matrimonio, no solamente se decreta la abolición del divorcio y de la poligamia, sino que se condena con toda energía el poder arbitrario del esposo.

A partir de entonces, la mujer se transforma en la fiel compañera del hombre, pasando a ocupar un sitio de honor dentro del hogar, en donde Ella habrá de reinar por medio de la virtud y Él por medio de la autoridad.

Fue así como, gracias al Evangelio, la mujer experimentó la primera de sus grandes liberaciones en toda la historia de la humanidad.

Los frailes que en el siglo XVI llegan al Nuevo Mundo vienen imbuidos de estas ideas y es así que vuelve a repetirse en estas tierras lo que antaño había ocurrido en los dominios de Roma.

El primer obstáculo con que se encontraron los misioneros fue el de la poligamia, razón por la cual se dedicaron noche y día, no solamente a erradicarla, sino a convencer a los varones indígenas de que la mujer valía tanto como ellos.

El primer matrimonio de indios celebrado en México tuvo lugar en Texcoco el 14 de Octubre de 1526.

Poco a poco la mentalidad de los conversos fue cambiando y, a la vuelta de dos generaciones, la poligamia casi había desaparecido.

De este modo fue como la Familia –constituida en torno al Sacramento del Matrimonio– habría de convertirse en uno de los pilares más sólidos de la Nación que se estaba forjando.

Debido a los prudentes consejos de los misioneros, las mujeres supieron adoptar una actitud de cristiano respeto hacia la autoridad de sus maridos. Al mismo tiempo, los frailes aconsejaban a los maridos que respetasen a sus esposas, que les guardasen fidelidad, que les diesen lo necesario para sostener decorosamente el hogar y que no malgastasen en juego, borracheras o mujerzuelas un dinero que –a pesar de haberlo ganado el varón– era parte del patrimonio familiar.

Una labor continua y permanente a través de los siglos.

Entonces, ¿cuáles son las causas reales del machismo?

Habrá que encontrarlas en el ángulo opuesto, o sea, en el hecho de que, a raíz de que la Iglesia perdió influencia sobre la sociedad, los pueblos empezaron a menospreciar los consejos de los sacerdotes. Dicho desprecio ocasionó que las más bajas pasiones del hombre –agravadas por la miseria, el alcohol, la lujuria y el juego– brotasen con toda agresividad encontrando blanco fácil en el sexo débil.

Ya para entonces –debido a que el Liberalismo controlaba los resortes del poder– era muy poco lo que podían hacer los frailes. Los estratos más humildes e incultos de la sociedad se quedaron sin brújula y lo más natural fue que perdiesen el rumbo. A la vuelta de unos cuantos años, en estas tierras se dio un auténtico retorno a la barbarie.

Y si a todo lo anterior le agregamos la pornografía que presenta a la mujer como instrumento de placer al servicio del macho; ni duda cabe que el machismo resultó fortalecido.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com

 

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