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Respetuosa petición a los Obispos mexicanos

Será durante la primera semana de abril –concretamente del 4 al 8 de dicho mes– cuando los miembros del Venerable Episcopado Mexicano se reúnan en Lago de Guadalupe (Cuautitlán) para tener la primera de las dos reuniones que se llevarán a cabo en 2016.


Obispos en México


Una semana de encuentro, estudio y reflexión, durante la cual se analizarán problemas comunes, se ofrecerán alternativas y se pondrán en vigor una serie de disposiciones que mucho habrán de ayudar a la buena marcha de la Iglesia en México.

Con motivo de la ya muy próxima reunión episcopal, consideramos prudente tratar un tema de gran interés.

Los expertos en causas de beatificación saben muy bien que, basándose en una disposición dada por Benedicto XIV en el siglo XVIII, es posible canonizar a un beato sin que sea necesario comprobar un milagro.

Se trata de las llamadas “canonizaciones equivalentes” y para lograrlas basta con que se den tres requisitos:

1) Que el beato haya recibido un culto constante desde mucho tiempo atrás.

2) Que se dé el común testimonio de historiadores dignos de fe acerca de las virtudes o martirio del beato.

3) Que exista la fama ininterrumpida de prodigios obrados por intercesión del beato.

Basándose en estos tres requisitos fue que el Papa Francisco decidió canonizar, sin necesidad de un milagro, a San Juan XXIII, San José de Anchieta, San Francisco de Laval y San Junípero Serra.

En este sentido, consideramos que esos tres requisitos los reúne a plenitud el franciscano Sebastián de Aparicio, quien fuera beatificado por Pío VI en 1789 y que realizó un gran apostolado entre los indígenas.

El beato Sebastián de Aparicio (cuyo cuerpo incorrupto se conserva en el templo de San Francisco de Puebla) fue un inmigrante gallego que llegó a la Nueva España en el siglo XVI, que tuvo haciendas, que en sus años de madurez se hizo fraile, que trazó el primer camino de México a Zacatecas, que construyó la primera carreta y de quien se cuenta que aún en vida hizo muchos milagros. Murió en 1600 a los 98 años de edad.

Un hombre excepcional cuya vida tiene muchas facetas, dando en cada una de ellas ejemplo viviente de cómo deben hacerse las cosas.

Un hombre excepcional cuyo proceso de canonización se detuvo desde que fue beatificado, a pesar de que durante más de cuatro siglos el pueblo no ha dejado de venerarlo.

Dentro de algunos meses, antes de que termine el año, el beato José Luis Sánchez del Río, el niño mártir de Sahuayo que conmovió a medio mundo hasta las lágrimas en la película “Cristiada”, será canonizado gracias a que, después de haber sido beatificado en 2005, se le comprobó un milagro.

En este caso, como en la mayoría, se siguió el proceso normal que conduce a los altares.

Considerando que el Papa Francisco, deseando elevar el fervor popular, se ha decidido por las canonizaciones equivalentes para canonizar a varios beatos, ¡que mejor oportunidad que aplicar este procedimiento en el caso de Sebastián de Aparicio!

Ni duda cabe que este inmigrante español nacido en La Gudiña (provincia de Orense), primero transformado en hacendado y luego convertido en fraile, reúne con creces los tres requisitos: Posesión de culto antiguo y constante, testimonio de historiadores fidedignos acerca de sus virtudes y fama ininterrumpida de prodigios por parte de tan venerado beato.

Seguramente se preguntarán los amigos lectores que lean este artículo: ¿Y qué tiene que ver todo esto con el hecho de que los obispos mexicanos se reúnan entre el 4 y el 8 de abril?

Mucho, muchísimo, por la sencilla razón de que Roma ya está al tanto del caso del beato Sebastián de Aparicio y lo único que falta para una solemne declaración pontificia es que a Roma se lo pida el Venerable Episcopado Mexicano.

Y si para lograr que un beato que recibe tanta veneración desde hace más de cuatro siglos sea canonizado basta con que lo pidan los obispos… ¿qué esperan nuestros pastores para hacerlo?

Es aquí donde dirigimos una respetuosa petición, tanto al Cardenal don José Francisco Robles Ortega, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, como al secretario general, Monseñor Eugenio Lira Rugarcía: Que hagan todo lo que esté de su parte para convencer a sus hermanos obispos, considerando que es muy cierto aquello que “de Roma viene lo que a Roma va”.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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