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El rostro desconocido del Japón

Uno de los modelos que con mayor fuerza inspiran a los pueblos que desean salir adelante es el modelo japonés.


Análisis Internacional


Tienen parte de razón puesto que un pueblo que fue uno de los derrotados en la II Guerra Mundial (sufriendo incluso dos bombazos atómicos) es actualmente una de las mayores potencias económicas a nivel internacional.

Todos se hacen lenguas hablando de lo que se conoce como “milagro japonés” y, al parecer, en aquel país no existe la pobreza, pues, según nos dicen, la gran mayoría nada en la abundancia.

Sin embargo, la realidad es muy diferente puesto que, a pesar de que el Japón es una potencia económica, la mayoría de sus habitantes pertenecen a la clase media baja. Tanto así, que la ´propiedad privada, debido a sus altísimos precios, está fuera del alcance de la mayoría; por otra parte la vida es tan cara, que es de lo más normal que las japonesas alquilen el traje de novia que habrán de lucir el día de su boda.

Y no hablemos de los congestionamientos de tráfico, los cuales, en Tokio, son mucho peores que en la Ciudad de México.

Ante todo lo anterior, que a nadie le extrañe que –a pesar de vivir en medio de una aparente prosperidad– la mayoría de los japoneses sean unos frustrados a quienes lo único que les interesa es el dinero.

* Para el japonés el trabajo es un fin en sí mismo y no un medio para poder vivir mejor.

* Lo primero que una japonesa espera de su futuro marido es que tenga una buena posición económica; en cambio, no le interesa tanto ver si es posible que ambos congenien.

* En caso de divorcio, lo primero que importan son las propiedades y cuentas bancarias, después vendrán los hijos…

Y ya que hablamos de hijos, según censo realizado en julio de 2014, la población supera los 127 millones de habitantes. Sin embargo, la tasa de natalidad continúa en descenso: De 2.14 hijos por mujer en 1961, según el mismo censo, actualmente apenas se llega al 1.4, con lo cual no se alcanza el relevo generacional.

Algo muy significativo dentro de la mentalidad japonesa es el hecho de que, cuando allá se tiene una decepción amorosa, la pena no se ahoga a la mexicana bebiendo un trago en la cantina o cantando con los mariachis en Garibaldi, sino que, por desgracia, el japonés prefiere hacerse el “harakiri” (suicidio).

Después de proporcionar todos estos datos, ni duda cabe que una profunda decepción invade a quienes pensaban que el Japón era un ejemplo a seguir. Nada de eso. A pesar de su pujanza económica (más aparente que real, puesto que la mayoría sufre estrecheces), lo cierto es que el pueblo vive presa de una terrible angustia. La angustia de trabajar como autómatas, o sea, como si fueran simples engranajes de una enorme maquinaria.

La angustia de que –a pesar de vivir solamente para trabajar– les resulte imposible comprarse un coche o una casa. La angustia de buscar como compañero de vida, no a una persona virtuosa, sino más bien a un tipo que sería un magnífico gerente dentro de una empresa mercantil.

Es aquí donde nos preguntamos: ¿Vale la pena aspirar a este tipo de vida? ¿Vale la pena trabajar tan solo para producir? ¿Vale la pena encerrarse dentro de una simple moral utilitaria? En fin, ¿vale la pena vivir en medio de una continua amargura?

Desde luego que si el “milagro japonés” es el modelo de vida que nos proponen, lo rechazamos sin pensarlo cinco segundos. Y lo rechazamos por tratarse de un modelo inhumano, incapaz de reconocer que el hombre es algo más que un pedazo de materia productiva.

El hombre –aunque algunos lo nieguen y otros lo ignoren– es un ser portador de valores eternos. Un ser creado a imagen y semejanza de un Dios que, por Amor, mereció que ese Dios se hiciera hombre para salvar a toda la humanidad.

Lástima que allá en el Japón desconozcan algo tan elemental. Si lo supieran, su vida sería muy, pero muy diferente…

@yoinfluyo

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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