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Las cosas pasaron de otro modo

Este comentario debió de haberse publicado hace más de un mes, concretamente a los pocos días de que -tras la canonización de San Junípero Serra- un grupo de vándalos hiciera destrozos en la tumba del Santo, que se encuentra en la Misión de San Carlos, en Monterrey (California).


Vida de un santo


Sin embargo, el hecho de que por esos días se celebrara en Roma el Sínodo de los Obispos, hizo que le diésemos preferencia a una asamblea que estaba estudiando los problemas a que se enfrenta la Familia en el momento actual.

Consideramos que el tema que hoy comentamos podría posponerse, máxime tomando en cuenta que se trata de un tema histórico que jamás pierde actualidad.

A las pocas horas de que un puñado de vándalos profanara la tumba de San Junípero, una activista (omitimos decir su nombre para no crearle una fama que no se merece) afirmó que lo ocurrido era la justa reacción de todo un pueblo que condenaba la canonización de un personaje que había contribuido al exterminio de los indios de la Alta California.

¿”Reacción de todo un pueblo”, desconocida activista? ¿Se le puede llamar “todo un pueblo” a media docena de energúmenos? ¿No se ha enterado que la canonización fue aplaudida por millones que suelen rezar ante la tumba del nuevo Santo pidiéndole favores?

Desde luego que no vamos a repetir lo que ya hemos dicho acerca de la vida y virtudes de San Junípero Serra así como de la gran labor social que realizó en aquellas lejanas latitudes en donde cada vez que se fundaba una misión, a los pocos días nacía un nuevo poblado.

Ahora bien, en lo referente a la afirmación de esa pobre mujer que busca hacerse famosa a como dé lugar acusando a San Junípero de haber cometido un genocidio, ésa es una calumnia que la Justicia nos exige rebatir.

Cuando San Junípero fallece en agosto de 1784, California era una provincia próspera y virtuosa. Todo un emporio que era la envidia de muchas provincias de la Nueva España.

Todo empezó a cambiar a partir de que, en 1821, México logra la independencia y, como consecuencia inmediata, las misiones franciscanas quedaron abandonadas a su triste suerte.

Una vez que las misiones son abandonadas, los indígenas quedan desamparados y, al no tener quien los educara y protegiese, muchos de ellos volvieron a la barbarie.

Pocos años antes de la guerra de 1847 (en la que Estados Unidos nos robó más de la mitad de nuestro territorio) se desata la llamada “fiebre del oro”, que impulsó a miles de gambusinos a viajar hasta California para enriquecerse de un modo fácil y rápido. La gran mayoría de las películas del Oeste (también llamadas “Westerns”) tienen como argumento repetitivo las aventuras de apuestos vaqueros que se dedican a balacear a cuanto indio se les pone enfrente.

A fin de cuentas, aquellos rubios vaqueros del Oeste eran descendientes directos de los protestantes ingleses que llegaron a las costas del Atlántico a principios del Siglo XVII y que se apoyaban en tres resoluciones aprobadas en 1640 por la Asamblea de Nueva Inglaterra:

1) La tierra es del Señor y también toda su riqueza.

2) El Señor puede dársela a su pueblo elegido.

3) Nosotros somos pueblo elegido del Señor.

Ni duda cabe que, interpretando la Biblia a su manera, los anglo-protestantes no tuvieron ningún escrúpulo para viajar hacia el Oeste y quitarles sus tierras a quienes las habitaban. El caso es que los indios fueron retirándose poco a poco, cediendo ante los violentos invasores; primero huyendo de las costas a las montañas, luego hacia regiones áridas no cultivables y así hasta quedar reducidos a su mínima expresión.

Solamente sobrevivió una mísera parte de las numerosas tribus, y esas se encuentran confinadas en las reservas, en donde se les exhibe como si fuesen animales dentro de un zoológico.

Se calcula que, entre 1850 y 1880 -debido a la mencionada “fiebre del oro”- la población indígena de California se redujo de 120 mil a tan solo 20 mil. Cien mil indios desaparecieron en menos de treinta años y -muy importante- ese genocidio ocurrió un siglo después de que San Junípero había pasado a mejor vida.

Es decir, San Junípero Serra dejó una California próspera y civilizada, razón por la cual ninguna culpa tuvo del exterminio racial que los invasores protestantes cometieron un siglo después.

Desde luego que todo esto lo sabe muy bien la desconocida activista que llamó genocida a San Junípero, razón por la cual la acusamos de proceder con absoluta mala fe.

Tanto a ella como al grupo que la apoya… ¿Cuántos son? Les molesta que se reconozca universalmente la gran labor realizada por España y por la Iglesia en tierras de América.

Y lo que más les duele: Que haya sido precisamente Washington, capital de los Estados Unidos, el escenario donde, presidido por el Vicario de Cristo, se llevó a cabo este reconocimiento universal que fue la canonización.

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen necesariamente la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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