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¿Deben casarse los curas?

Hay temas que durante un cierto tiempo se discutieron acaloradamente, posteriormente se enfriaron los ánimos para caer en el olvido y luego renacen con la virulencia de antaño.


Cultura Católica


Uno de esos temas es el del celibato sacerdotal, tantas veces debatido hasta el cansancio, olvidado en apariencia y que renace cuando menos se espera.

Los defensores de que los curas se casen arguyen que, de ese modo, compensaría la Iglesia la baja de vocaciones al sacerdocio, a la vez que –según tipos carentes de lógica– se evitarían casos vergonzosos como el de la pederastia.

En un principio, el celibato no era obligatorio; empezó a serlo a partir del Concilio de Nicea, que lo impuso en el año 325.

Así pues, la obligación de que los sacerdotes sean célibes no es porque el sacerdocio así lo exija, sino porque lo impone una ley eclesiástica.

Esto tiene su explicación en el hecho de que la Iglesia quiere que los candidatos al sacerdocio abracen libremente el celibato por dos grandes razones: Por amor a Dios y por servicio a los hombres.

Todo sacerdote, si en verdad desea ser un sacerdote ejemplar, debe ser un “hombre para todos” y sin que lo aten vínculos de ninguna especie.

La Iglesia quiere célibes a sus sacerdotes para que puedan dedicarse de tiempo completo al bien de las almas y sin las limitaciones propias de quien debe sacar adelante una familia.

El sacerdote debe estar libre para dedicarse, al ciento por ciento, al cuidado de las almas que le han sido encomendadas.

No dudamos que casos podrá haber en que una esposa podría ayudarle; mas sin embargo, no menos cierto es que esa familia podría absorberle gran parte de su tiempo al exigirle mayores atenciones.

Y no digamos si hay hijos de por medio, a los que hay que educar, ayudarles en sus tareas, curarlos de sus enfermedades, aconsejarlos, etc.

Y es que atender como Dios manda las obligaciones familiares requiere un tiempo que, necesariamente, habrá de quitarle el sacerdote al apostolado.

Un apostolado que se vería entorpecido por sus problemas matrimoniales y familiares.

Sus hijos le exigirían al sacerdote casado unas mejores oportunidades de vida, así como unos ingresos económicos más elevados para atender los gastos familiares.

Hace algunos meses, el mundo entero se conmovió por la proeza de dos religiosos españoles de la Orden de San Juan de Dios: Los sacerdotes Miguel Pajares y Manuel García Viejo.

Estos dos modernos héroes del Cristianismo se contagiaron de ébola por atender en África a enfermos que padecían la mortal enfermedad.

¿Hubieran podido atender a sus enfermos en caso de haber estado casados?¿Qué tanta oposición encontrarían por parte de sus esposas y de sus hijos?

A principios del siglo pasado, cuando aquí en México arreciaba la persecución religiosa, el gobernador de Tabasco, Tomás Garrido Canabal, sacó una ley según la cual todo sacerdote que deseara ejercer en su estado debería de estar casado.

Inspirándose en tan dramática realidad, el novelista inglés Graham Greene escribió una de las mejores novelas de todos los tiempos “EL PODER Y LA GLORIA”, en la cual describe a un cura casado que realmente produce lástima, pues son tantas sus preocupaciones, miserias y presiones conyugales que, más que un cura, resulta una caricatura.

La Iglesia quiere hombres de tiempo completo que sirvan al prójimo sin limitaciones; esa y no otra es la explicación por la cual es muy difícil que desaparezca una ley milenaria como es la del celibato.

Y nada mejor para concluir que citando a San Pablo: “Deseo que estéis libres de preocupaciones. Mientras el soltero está en situación de preocuparse de las cosas del Señor y de cómo agradar a Dios, el casado debe preocuparse de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, razón por la cual está dividido” (I Corintios 7, 32-34).

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* Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen de manera alguna la posición oficial de yoinfluyo.com


 

 

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