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¿Cuál es el mejor sistema de gobierno?

La pregunta que da título al presente comentario es una pregunta que se ha hecho la humanidad a lo largo de los siglos y que, por haberse interpretado de los modos más diversos, ha sido causa de discusiones e incluso enfrentamientos armados.


Análisis Político


Por una parte, hay quienes dicen que la Monarquía es un vestigio del pasado y que la integran elementos holgazanes que viven a costa del sudor del pueblo.

Y por la otra, hay quienes dicen que el sistema republicano es una especie de revolución permanente que lo único que hace es alterar la paz social, porque lo integran elementos que quieren llegar al poder para satisfacer sus ambiciones.

Reducir la cuestión a esas dos posibilidades, es dar una visión simplista de la realidad. Una visión no solamente simplista, sino incluso anticuada, muy anticuada, ya que ambas teorías fueron defendidas a fines del siglo XVIII.

Actualmente, ya bien entrados en el siglo XXI, casi nadie plantea de un modo tan simplista el problema de las formas de gobierno tomando como punto de referencias las dos tesis expuestas.

Y es que, más que fijarnos en la forma, lo que realmente nos importa es el contenido.

Hay Repúblicas execrables, como la cubana o la venezolana. Hay Monarquías rechazables, como algunas del Tercer Mundo, especialmente las de cualquier reyezuelo caníbal de África o las de algún fanático musulmán.

En cambio, existen Repúblicas excelentes, como la suiza o la alemana, y Monarquías admirables, como la inglesa u holandesa.

Realmente hay que fijarnos en si Repúblicas o Monarquías cumplen con su objetivo; o sea, ver si logran adaptarse a la mentalidad popular, pero buscando siempre el Bien común de los gobernados. Un Bien común que consiste en crear las condiciones necesarias para que los gobernados alcancen su pleno desarrollo, lo que, según Santo Tomás de Aquino, no es más que “la vida virtuosa de una multitud”.

Dentro de tan importante cuestión, la Iglesia ha fijado claramente su postura; ya a fines del siglo XIX fue el Papa León XIII quien dijo que “nada impide que la Iglesia apruebe el gobierno de uno o de varios, con tal que sea justo y aplicado al Bien común. Por lo cual salva la justicia, no está vedado a los pueblos darse aquella forma política que mejor se adapte  a su genio, tradiciones y costumbres” (Encíclica “Diuturnum illud”)

Siglos atrás, en pleno siglo XIII, el ya citado Santo Tomás de Aquino sugiere como mejor régimen para la mayoría de los pueblos una forma mixta que incluya la unidad de la monarquía, la competencia de la aristocracia y la participación popular propia de la democracia.

Dicho en otras palabras: Que el pueblo elija a sus representantes, que los mejores aconsejen al Jefe de Estado, pero que sea éste quien tome la decisión final.

Si un sistema de gobierno (sea Monarquía, sea República) procura el Bien común, respeta el orden natural y la idiosincrasia popular; en ese caso estamos ante un gobierno legítimo.

Ahora bien, si el gobernante utiliza el poder en provecho propio lesionando los derechos de sus gobernados; en ese caso se convierte en un gobierno ilegítimo.

Y al ser ilegítimo, el pueblo no solamente puede sino que incluso debe derrocarlo.

Una cuestión difícil pero apasionante, ya que jamás ha perdido actualidad.

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