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Fue crucificado y resucitó al tercer día…

Siempre que llega la Semana Santa es preciso hacer un alto en la marcha, dejando atrás temas –por desgracia cotidianos–, como son las ejecuciones realizadas por los yihadistas, la violencia del crimen organizado, el interminable caso Ayotzinapa, etc.


Semana Santa 2015


En estos días santos, en que los católicos –y en general todo el mundo cristiano– sentimos nuestra fe con mayor profundidad, nada mejor que reflexionar acerca de lo que para el mundo entero significó la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

La humanidad vagaba perdida entre las sombras porque sentía que algo le faltaba…

No deja de ser curioso que las tradiciones de las más diferentes religiones hablen –aunque sea de un modo confuso– de una gran falta acometida muy al principio por alguien que se atrevió a violar un mandato divino.

Y según la tradición de muchas confesiones religiosas, se insinúa que habría de venir un ser excepcional tanto a reparar dicha falta como a restaurar la amistad perdida.

Quienes tenemos la dicha de profesar la fe católica, sabemos muy bien que falta tan terrible (el pecado original) tuvo lugar cuando nuestros Primeros Padres decidieron probar la fruta del árbol prohibido.

Mas he aquí cómo, a pesar de ello, Dios que es Amor, compadecido del extravío de los hombres, decidió enviar un Ser excepcional que habría de restaurar la amistad de la humanidad con su Creador.

Pasó mucho tiempo y, al fin, llegó ese Alguien, nada menos que el mismísimo Hijo del Dios ofendido, dispuesto a reparar tan grave ofensa.

El Dios hecho hombre, Jesús de Nazaret, nace en Belén de Judá, predica por toda Palestina una doctrina de amor, en la cual la idea clave consiste en que veamos el rostro de Dios en cada uno de nuestros semejantes.

Una doctrina renovadora que vino a cambiar el rumbo de la humanidad, puesto que, al ser todos hijos del mismo Dios, no cabían ya esas miserias humanas que nos incitan a cometer los peores desvaríos.

Cristo es traicionado, calumniado, azotado, humillado y –finalmente– crucificado.

Él, por ser quien era, podía haber impedido todo eso, tan sólo con desearlo.

Sin embargo, quiso beber hasta la última gota de la copa del dolor.

De ese modo, pagaba la gran deuda y borraba el pecado original de una manera desproporcionada, pues le hubiera bastado con decir: “Yo te perdono”.

Al verlo muerto, sus enemigos se frotaron las manos de gusto, pues todo hacía suponer que personaje tan singular había fracasado.

Y no era para menos, puesto que, mientras agonizaba, a su lado estaban solamente su madre, otras dos mujeres y uno de sus discípulos que, por su poca edad, era apenas un jovenzuelo.

Al que había dejado como Jefe, lo había negado; al que administraba sus escasos dineros, lo había traicionado, y todos los demás habían huido.

Panorama francamente desolador. Máxime cuando aquel Viernes, a la hora nona, las tinieblas lo cubrían todo mientras la tierra temblaba.

Mas he aquí que la historia habría de escribirse de muy distinta manera…

Cuando todo mundo daba por hecho que aquel visionario que multiplicaba panes, curaba enfermos, expulsaba demonios e incluso resucitaba muertos era un fracasado, ocurrió un acontecimiento que Él mismo había anunciado.

Al tercer día de su crucifixión, resucitó de entre los muertos, se paseó tan campante durante cuarenta días por toda Galilea, volvió a reunir a los suyos y, al final, subió triunfalmente a los cielos.

En estos días, en que se recuerdan la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, ¡qué gran oportunidad para meditar en aquel gran Misterio de Amor!

Sí, porque solamente alguien que ama hasta el delirio es capaz de entregarse a quienes le darían las peores humillaciones, dolores y muerte infame, con tal de salvar al ser amado.

Podía haber bastado –como antes dijimos– que Dios expresara, aunque fuera mentalmente, su intención de perdonar.

Sin embargo, y aquí se encuentra el meollo del Misterio de la Redención: ¿Por qué permitió que se ensañaran tanto con Él?

Ésa es la razón por la cual los más afamados teólogos dicen que los frutos de la Redención son sobreabundantes.

Vino después la Resurrección, con lo cual se confirma que el Sacrificado no era un galileo común y corriente.

Y vuelven a decir los teólogos algo que escuchamos durante los oficios de la Vigilia Pascual: La Muerte y Resurrección de Cristo es algo mucho más importante que la Creación de todo el universo.

Finalizamos con una pregunta que encontramos en uno de los Salmos: “¿Qué es el hombre para que te preocupes tanto por él?”

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