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La misión del Cardenal

El cada vez más próximo 14 de febrero, allá en la Ciudad Eterna, se escribirá una de las páginas más gloriosas de la historia, no solamente de Michoacán, sino de todo México.


Cambios en la jerarquía


Junto con otros ilustres personajes, Don Alberto Suárez Inda, Arzobispo de Morelia, recibirá de Su Santidad el  Papa Francisco la birreta cardenalicia.

Fue el 11 de agosto de 1536 cuando, por disposición del Papa Paulo III, se erigió la Diócesis de Michoacán, nombrándose como primer obispo al inmortal Don Vasco de Quiroga. Sería el 26 de enero de 1863 cuando a dicha diócesis se le cambiase el nombre original por el que tiene actualmente: Morelia.

Morelia fue la cuarta diócesis que se erigió en México. Anteriores a ella fueron Puebla, México y Oaxaca.

Si atendemos a la antigüedad, noble prosapia de la ciudad y gran piedad del clero, ni duda cabe que hace ya mucho tiempo que Morelia, junto con Puebla y Oaxaca, deberían de haber tenido cardenales.

Máxime que, aparte de Don Vasco de Quiroga, ha tenido pastores ilustres, como un Clemente de Jesús Munguía o un Juan Cayetano de Portugal y Solís, este último nombrado Cardenal por Pío IX, pero que nunca llegó a serlo porque su nombramiento llegó semanas después de que había muerto.

Así pues, el hecho de que Morelia cuente ahora con un Cardenal pudieran interpretarlo algunos como el pago de una vieja deuda histórica.

Sin embargo,  parece que no es esa la intención del Papa Francisco.

Este Papa suele dar muchas sorpresas en su estilo de gobernar y una de ellas es que actúa con absoluta libertad sin permitir que lo presionen ni los intereses creados ni las reglas del protocolo.

La intención del Papa Francisco al nombrar Cardenal a Don Alberto Suárez Inda no es otra que la de dar voz a quienes no tienen voz. Explicaremos esto.

Es del dominio público la tragedia que desde hace muchos años flagela al pueblo michoacano: Hambre, desempleo, narcotráfico, crimen organizado…

Los habitantes de aquella región –por cierto, una de las más católicas de todo México– viven en tal estado de zozobra que, cuando todo parece perdido, solamente en la Iglesia encuentran alivio a sus pesares.

Eso explica que muchos párrocos permitan que gentes sin hogar pasen las noches en los templos o que imágenes de gran devoción sean sacadas en procesión por las calles.

Los michoacanos ven en su clero y en sus obispos amigos que jamás habrán de fallarles.

Por esa razón, deseando aliviar el dolor de esa gente que tanto sufre, que los altivos desprecian y que no tienen a quién acudir, fue que el Papa Francisco decidió darle una tribuna muy especial a uno de sus pastores.

Porque no es lo mismo que, ante cualquier tipo de injusticia, proteste un desconocido obispo que habita en las serranías, a que lo haga todo un Señor Cardenal que tiene por sede una de las más bellas ciudades de la geografía mexicana.

De aquí en adelante, la voz de Don Alberto pidiendo justicia para sus fieles no será escuchada solamente en Morelia, quizás en el resto de Michoacán y, si la suerte ayuda, en otras partes de México.

Nada de eso. La voz de Don Alberto clamando por la justicia, condenando los crímenes de los sicarios y exigiendo una vida mejor para sus fieles –por ser ahora todo un Señor Cardenal- habrá de ser escuchada en el mundo entero.

Morelia se viste de gala: Dentro de muy pocos días recibirá al primer Cardenal que, con todos los honores, cruzará la puerta central de su bellísima catedral.

Un acontecimiento fuera de serie que, quienes tengan el privilegio de presenciarlo, habrán de contárselo con nostalgia a sus nietos cuando ya sus cabellos se tiñan de blanco.

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