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Agresión no es libertad de expresión

Antes de tratar el presente tema, preciso será empezar por el principio.


Libertad de expresión


Y el principio básico en que se apoya el comentario respecto a la tragedia sufrida por quienes trabajaban en la revista “Charlie Hebdo” se resume de la siguiente manera: La religión es un vínculo de amor que une al hombre con su Creador; por lo tanto, no es lícito matar en nombre de una religión ni mucho menos imponer una creencia por medio de la fuerza.

Quienes cometieron la masacre en las oficinas de dicha publicación son peores que bestias irracionales (y que me perdonen las bestias, ya que, al menos, ellas carecen de libre albedrío), puesto que, a traición, ejecutaron a quienes no podían defenderse.

Condenable el atentado desde cualquier punto que se mire.

La Fe es un don gratuito. No se puede imponer; por lo tanto, los asesinos no tienen disculpa.

Quien a hierro mata, a hierro muere. Acabaron recogiendo la cosecha de odio que habían sembrado.

Ahora bien, echando un vistazo a la trayectoria seguida por “Charlie Hebdo”, diremos que su trayectoria deja mucho que desear.

Se trata de una publicación de corte satírico que no deja títere con cabeza, que arremete contra todos; y así como hoy ridiculiza a Mahoma, lo hará mañana con el Papa, para luego burlarse de los judíos que rezan ante el Muro de las Lamentaciones.

Hace algunos meses causó un gran escándalo aquella portada en la cual “Charlie Hebdo” presentaba a las tres personas de la Santísima Trinidad sodomizándose entre sí.

Ante dichos antecedentes, no nos extraña que haya pasado lo que pasó. El atentado lo cometieron fanáticos musulmanes, pero también pudieron haberlo cometido algún comando judío o algún nazi de esos que llevan una cresta de gallo sobre la cabeza rapada.

Quienes dirigen dicha publicación olvidan una serie de normas que siempre debe tener presente todo buen periodista.

El periodista suele ser el único conocedor del hecho y de sus circunstancias, lo cual le da la posibilidad de juzgarlo con seriedad y conocimiento de causa.

En cambio, la inmensa mayoría de los lectores, al no tener otra instrucción o formación que la del periódico, no pueden averiguar ni juzgar los hechos por sí mismos.

La mayoría de los lectores leen con los ojos y con el corazón, jamás analizan con el cerebro. Esto los hace irreflexivos y que no sepan sacar consecuencias profundas.

Ante todo lo anterior, el periodista emite una serie de juicios que acatan “a pie juntillas” sus lectores.

Consideramos que la revista “Charlie Hebdo” se ha mostrado superficial al presentar los hechos sin analizarlos con seriedad; se ha mostrado irrespetuosa al burlarse de esas creencias que son lo más sagrado que tiene una persona; ha fomentado el morbo con sus comentarios y caricaturas…

Y en el momento en que alguien –sea un locutor, artista o director de una publicación– se muestra morboso, superficial e irrespetuoso, lo que hace es corromper a la sociedad.

No olvidemos –antes lo dijimos– que la inmensa mayoría del público no juzga, sino que acepta ciegamente lo que les presentan los líderes de opinión.

Qué lejos está “Charlie Hebdo” de poseer una serie de dotes intelectuales que le harían ganar el respeto de la sociedad.

Algunas de esas dotes serían: Respeto a las creencias del público, cultura literaria, cultura histórica, veracidad y rectitud de intención.

Al ver cómo carece de cualidades y abundan sus defectos, nada nos extraña que, por desgracia, haya ocurrido lo que ocurrió.

No fue un atentado a la libertad de expresión. Fue una venganza.

Una autentica salvajada –insistimos– que jamás dejaremos de condenar.

Y con respecto a la amenaza islámica contra Occidente –tema en el que se ha insistido en los últimos días– preferimos hablar de ella la próxima semana.

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