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La evangelización de Filipinas

Con motivo de la presencia del Papa Francisco en el país asiático que cuenta con el mayor porcentaje de católicos, prometimos hablar acerca de cómo fue posible que la Fe de Cristo llegara hasta el lejano archipiélago.


La evangelización de la Nao


Una vez que Juan Sebastián Elcano realiza la proeza de dar por primera vez la vuelta al mundo, desde varios puertos de la Nueva España salen expediciones con rumbo al Poniente.

Todas naufragan al encontrar vientos en contra.

Fue por eso que se llegó a decir que, aunque era fácil llegar a las Islas del Poniente, su regreso era poco menos que imposible.

Fue entonces cuando el Rey Felipe II ordena una nueva expedición, la cual se pone bajo el mando de Miguel López de Legazpi, quien estaría auxiliado por el fraile agustino Andrés de Urdaneta, antiguo navegante por aquellos mares.

La expedición sale del Puerto de Navidad a fines de 1564 y llega a las Filipinas a principios del siguiente año.

Muy pronto se consuma la conquista de las principales islas del archipiélago.

Sin embargo, quedaba pendiente la ruta de regreso…

Y es que de nada servía que el archipiélago fuese conquistado, evangelizado y colonizado, si no se hallaba una ruta de regreso que comunicase a las Filipinas con el resto del Mundo Hispánico.

Solamente de esa manera se podría garantizar que los primeros españoles llegados hasta aquel rincón del mundo no quedasen aislados, sino que, detrás de ellos, llegasen más soldados, frailes y todo lo necesario para edificar sobre bases firmes una nueva nacionalidad.

Legazpi le encomienda al Padre Urdaneta que encuentre esa ruta de regreso a la Nueva España.

Urdaneta sostenía una curiosa teoría náutica: Si las corrientes de vientos cerca del Ecuador iban de Este a Oeste, en el Norte y en el Sur debería de haber otras que fuesen en sentido contrario.

El fracaso de las expediciones anteriores se había debido a que, al regresar siguiendo la misma latitud, habían navegado contra el viento. Era necesario ir más hacia el Norte y aprovechar vientos de popa.

Urdaneta, aparte de Cebú el 1 de junio de 1565, se dirige hacia el paralelo 40 latitud norte y, tras varios meses de ver tan sólo mar y cielo, el 26 de septiembre avistan las costas de la Alta California. Desembarcan en Acapulco el 8 de octubre.

El regreso había durado más de cuatro meses. Hazaña consumada: Sí era posible la evangelización y colonización de las Filipinas.

Se había encontrado un camino duradero que durante 250 años uniría a Filipinas tanto con la Nueva como con la Vieja España. En lo sucesivo, estarían unidas Europa y Asia teniendo a México como punto de contacto.

Muy pronto empiezan a llegar colonos y misioneros. En 1572 los agustinos habían edificado en Manila su primer convento, cinco años después llegarían los franciscanos.

En 1579 Manila se erige en sede episcopal y se nombra como primer obispo al dominico Fray Domingo de Salazar.

De 1575 a 1595, o sea, en veinte años, salieron de España, pasando por México, un total de 454 misioneros repartidos de la siguiente manera: 178 franciscanos, 145 dominicos, 106 agustinos y 25 jesuitas.

Hubo quien le propuso a Felipe II abandonar el archipiélago porque su colonización era un pésimo negocio, a lo cual respondió el monarca: “Con tal de mantener una ermita, si más no hubiese, que conservase el nombre y veneración de Jesucristo, porque aquellas islas no habrán de quedar sin que se les predique la Fe aunque no tengan ni oro ni plata”.

A mediados del siglo XVII había en Filipinas alrededor de dos millones de cristianos.

Como antes dijimos, durante un cuarto de milenio, México y Filipinas estuvieron unidos por medio de la famosa “Nao de la China”, también llamada “Galeón de Acapulco”, la cual, además de llevar misioneros hasta el Oriente, desde el Oriente traía telas, especies y figuras de marfil.

Por todo lo anterior y como conclusión: Si Filipinas es el país que cuenta en Asia con el mayor número de católicos, en gran parte se debe tanto a España como a México, pueblos que desempeñaron un papel decisivo en su evangelización.

La semilla cayó en tierra fértil y prueba de ello es la predilección que los últimos Papas han manifestado por aquel pueblo hermano.

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